Eventos de networking que dan vergüenza ajena
El networking forzado en eventos de emprendedores es uno de los rituales más incómodos que existen. Y aun así, seguimos yendo.
Llegas al evento. Hay un cartel mal impreso con el nombre de la jornada. Hay una mesa con vasos de plástico y café de máquina. Hay cuarenta personas con tarjeta de visita en la mano que llevan escritas en la cara las ganas de hablar con alguien que les vaya a resolver la vida.
Y tú estás ahí con tu tarjeta también. O sin ella, porque olvidaste pedirlas a tiempo, que es lo más probable si tienes TDAH.
El organizador dice unas palabras de bienvenida que duran demasiado. Luego dice la frase que lo arruina todo: "Ahora os damos un momento para hacer networking". Y empieza el circo.
¿Por qué el networking de evento huele a desesperación?
Porque lo es.
El formato de "presentación rápida de un minuto" es un mecanismo de tortura diseñado para que cuentes quién eres en menos tiempo del que tardarías en pedir un café. Y la mayoría de la gente lo convierte en un spot publicitario. "Soy fulanito, tengo una empresa de X y ayudo a Y a conseguir Z."
Nadie escucha a nadie porque todos están pensando en lo que van a decir cuando les toque.
Y luego el momento libre. Los que se conocen se agrupan inmediatamente. Los que no conocen a nadie quedan a la deriva mirando el café de máquina como si fuera lo más interesante de la sala. El que tiene más descaro va directo al que parece más importante de la habitación y empieza su pitch antes de que la otra persona sepa ni cómo se llama.
Para alguien con TDAH, este entorno es especialmente caótico. El ruido, las conversaciones paralelas, la expectativa social de ser brillante en cuarenta y cinco segundos. La soledad del emprendedor es real, pero hay momentos en que estar solo es preferible a este tipo de compañía.
¿Qué tipo de persona va a estos eventos?
Básicamente tres perfiles.
El primero es el que lleva años vendiendo el mismo proyecto que nunca termina de arrancar y que espera que en este evento aparezca alguien que le cambie la vida. Va a todos los eventos. Conoce a todos. Y siempre está "a punto de" lanzar algo grande.
El segundo es el que va a vender. Sin disimulo. El que convierte cada conversación en un funnel. Que en el primer minuto ya te ha preguntado si tienes equipo, cuánto facturas y si has pensado en externalizar determinada función con su empresa.
El tercero es el que va porque pensó que debería ir. Que leyó en algún sitio que el networking es importante y que decidió hacer el esfuerzo. Ese es el más honesto de los tres. También el que suele marcharse antes de que acabe.
¿Existe el networking que funciona de verdad?
Sí. Pero no tiene casi nada que ver con los eventos.
El networking que funciona es el que ocurre como subproducto de hacer cosas. De publicar lo que sabes y que alguien te escriba porque resonó con algo. De compartir un problema en voz alta y que alguien con el mismo problema te encuentre. De colaborar en un proyecto y conocer a la otra persona mientras trabajáis juntos en algo real.
Ese tipo de conexión no necesita tarjetas de visita ni vasos de plástico. Y es infinitamente más duradera que la que fabricas en un evento.
¿Por qué seguimos yendo a los eventos si sabemos que no funcionan?
Porque el FOMO y la culpa son más fuertes que la evidencia.
Alguien que admiras menciona que fue a un evento y conoció a la persona que cambió su negocio. Tu cerebro registra eso como "los eventos funcionan". No registra los cientos de eventos a los que fue antes de que eso ocurriera.
Hay que ir a algunos eventos. No por el networking en sí. Sino para entender quién está en tu sector, qué conversaciones existen, qué problemas tiene la gente. Eso tiene valor. El ritual de intercambio de tarjetas, no.
La próxima vez que vayas a uno, ve con un objetivo concreto y pequeño. No "hacer networking". Sino "hablar con tres personas de un tema específico". Eso es manejable. Lo otro es performance.
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