El día que dije mi precio en voz alta y quise que el suelo me tragara
Hablar de dinero en público es el tabú más grande del emprendedor. Por qué nos cuesta tanto decir lo que cobramos y qué pasa cuando por fin lo haces.
La primera vez que dije mi precio en voz alta en un grupo de emprendedores, me arrepentí antes de terminar la frase.
No es que el número fuera escandaloso. Era razonable. Defensible. Incluso conservador para lo que ofrecía. Pero verlo escrito en una pantalla y pronunciarlo delante de diez personas que te están mirando son dos experiencias completamente distintas.
Uno de los del grupo arqueó una ceja. Solo una. Pero yo la vi. Y durante los siguientes quince minutos de la reunión no escuché nada porque estaba repasando mentalmente si había metido la pata.
El dinero es el gran tabú del emprendimiento español. Puedes hablar de tus fracasos, de tu ansiedad, de tu burnout. Eso es casi obligatorio ahora en LinkedIn. Pero dices lo que cobras y el ambiente cambia. Como cuando dices algo que no toca en una cena de familia.
¿Por qué nos cuesta tanto poner precio en público?
Porque cuando dices tu precio, te estás exponiendo a dos veredictos simultáneos y opuestos.
Si el precio es alto, la gente piensa que eres un prepotente que no vale lo que cobra. Si el precio es bajo, piensa que eres un amateur que no se valora. No hay punto medio cómodo. Tu cerebro lo sabe antes de que abras la boca, y por eso prefiere que no abras la boca.
Con TDAH esto se amplifica. Ya tienes el síndrome del impostor de serie. Ya dudas de si lo que ofreces vale lo que pides. Añade la presión social de decirlo en voz alta y tienes la receta perfecta para el bloqueo.
La consecuencia práctica es que hablas de tu trabajo en términos abstractos. "Depende del proyecto." "Lo valoramos." "Te mando presupuesto." Nunca el número. Nunca la cifra concreta.
Y eso te cuesta ventas. No porque el precio sea malo, sino porque la vaguedad genera desconfianza.
¿Qué pasa cuando normalizas hablar de dinero?
La primera vez que publiqué mi tarifa en abierto, sin pedir permiso y sin disculparme, pasaron tres cosas.
Primero, alguien me escribió diciéndome que era demasiado caro para él. Lo cual es exactamente la información que necesitaba. Si no puedes pagarlo, no eres mi cliente, y ninguno de los dos hemos perdido tiempo.
Segundo, alguien me escribió preguntando cómo podía empezar. Primera frase: "vi que cobras X." Ni negociación, ni rodeos. Sabía el número, le parecía bien, quería avanzar.
Tercero, me di cuenta de que la incomodidad que sentía al decirlo en público era exactamente proporcional a lo poco que creía en mi propio precio. No era miedo a la reacción de los demás. Era miedo a que me preguntaran por qué y no tener una respuesta sólida.
Como bien sabe quien ha leído sobre cobrar mal como señal de miedo, el problema rara vez es el precio. Es la seguridad con la que lo dices.
¿El tabú del dinero te protege o te aísla?
Hay un argumento para no hablar de dinero en público: la discreción profesional. No presumes, no provocas envidia, no marcas territorio.
Es un argumento adulto y razonable. Y también es, en muchos casos, una racionalización elegante del miedo.
Porque el tabú no te protege solo a ti. Te protege de saber lo que cobran los demás. De enterarte de que llevas tres años cobrando la mitad que tus competidores directos. De descubrir que el mercado tiene una expectativa de precio que tú ni conocías porque nadie habla de ello.
La opacidad del dinero beneficia a quien ya tiene información. Perjudica a quien empieza.
Hablar de precios en público no es de mal gusto. Es de gente que ya superó la fase de tener vergüenza de lo que vale.
Cuando llegas a ese punto, también te resulta más fácil subir precios sin entrar en pánico. Porque has normalizado que el precio es información, no confesión.
¿Qué hacer con la incomodidad que queda?
No desaparece del todo. Pero cambia.
La primera vez es terror. La segunda, incomodidad. La décima, rutina. Y la centésima, ni lo notas.
Lo que sí notas es la diferencia en cómo la gente te trata cuando hablas de dinero sin disculparte. Hay algo en la claridad que genera respeto. No porque seas caro o barato, sino porque sabes lo que eres y no necesitas esconderlo.
El dinero deja de ser el elefante en la habitación. Pasa a ser solo un número. Y los números son neutrales. Los neutros los convertimos en tabú nosotros.
Aprende a decirlo en voz alta. Primero en conversaciones privadas. Luego en grupos pequeños. Luego donde sea. El músculo se entrena como cualquier otro.
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