Compro una agenda nueva cada tres meses buscando la definitiva

Llevas 12 agendas, 8 apps y 3 métodos de productividad. Ninguno duró. El problema no es la agenda.

Tengo un cajón. Un cajón entero dedicado a agendas a medio usar. Moleskine, Leuchtturm, una japonesa minimalista que costaba 30 euros, dos de Ikea, una con espiral que me regalaron por Navidad. Todas empezadas. Ninguna terminada. Ninguna pasó de marzo.

Y el año siguiente compro otra. Diferente. Porque claramente el problema era la agenda, no yo. Esta vez sí. Esta es la buena. Tiene mejor papel. Mejor formato. Mejor distribución semanal. Esta va a ser la definitiva.

No lo es. Nunca lo es.

¿Por qué cambiamos de agenda como de calcetines?

Porque la agenda nueva es un estímulo nuevo. Y los estímulos nuevos generan dopamina. Y la dopamina genera motivación. Y la motivación te hace pensar que esta vez sí vas a usarla todos los días.

Es el mismo efecto que cambiar de app de productividad cada mes. No buscas la herramienta perfecta. Buscas la inyección de novedad que viene con la herramienta nueva. La sensación de "empezar de cero con algo bonito". Es un reset dopaminérgico disfrazado de compra.

Y los primeros días, funciona. Abres la agenda con ilusión. Escribes tus tareas con letra bonita. Coloreas los días. Añades stickers si eres de esos. Es un ritual que te hace sentir productivo. Organizado. En control.

Pero la agenda no es productividad. La agenda es un contenedor vacío. Y cuando la novedad se acaba, el contenedor se queda vacío de verdad. Y tú te quedas con una agenda a medio usar y la sensación de haber fracasado otra vez.

El ciclo de la "herramienta perfecta"

Te cuento el ciclo porque es tan predecible que da risa.

Fase 1: Insatisfacción. La agenda/app/método actual ya no funciona (o nunca funcionó). Algo falla. Necesitas algo diferente.

Fase 2: Búsqueda. Pasas horas investigando alternativas. Ves reviews. Comparas. Lees opiniones. Esto, por cierto, es hiperfoco puro. Te absorbe.

Fase 3: Compra/descarga. La emoción del "esto es lo bueno". Dopamina a tope.

Fase 4: Configuración. Configuras todo. Perfecto. Bonito. Exactamente como lo quieres. Más dopamina.

Fase 5: Uso intensivo. 3-7 días de uso religioso. Te sientes bien.

Fase 6: Declive. El brillo se va. La herramienta ya no es nueva. Las tareas son las mismas de siempre. El aburrimiento llega.

Fase 7: Abandono. La agenda se queda en un cajón. La app se queda sin abrir. El método se queda sin método.

Fase 8: Volver a fase 1.

¿Te suena? Porque este ciclo es exactamente el mismo que se repite con los hábitos que no sobreviven más de dos semanas. No es el hábito. No es la herramienta. Es el patrón.

Lo que realmente buscas no es una agenda

Buscas control. Buscas la sensación de que tu vida tiene orden. Que sabes qué tienes que hacer y cuándo. Que no se te olvida nada. Que eres funcional.

Y cada agenda nueva te da esa sensación. Brevemente. Porque una agenda nueva, vacía, perfectamente organizada, es la versión idealizada de tu vida. Es cómo te gustaría funcionar. Y tenerla en la mano te hace sentir que ya funcionas así.

Hasta que la realidad te recuerda que no.

Porque la agenda no resuelve el problema de fondo. No resuelve que tu cerebro no prioriza bien. No resuelve que te olvidas de mirar la agenda. No resuelve que no puedes ser constante con nada. Solo lo tapa. Bonito. Con buena papelería. Pero lo tapa.

¿Qué hacer cuando el problema no es la herramienta?

Dejar de buscar la herramienta perfecta y empezar a buscar por qué ninguna funciona.

Yo lo que hago ahora es usar lo más simple posible. Una nota en el móvil. Eso es todo. Sin formato. Sin colores. Sin estructura elaborada. Solo una lista de lo que tengo que hacer hoy. Hoy. No mañana. No la semana que viene. Hoy.

Porque cuanto más simple es el sistema, menos novedad necesita para mantenerse. Y menos posibilidades tiene de caducar.

¿Es bonito? No. ¿Es instagrameable? No. ¿Me hace sentir organizado como una Moleskine nueva? No. Pero llevo usándolo más tiempo del que usé cualquier agenda. Y eso dice algo.

Y si llevas años en el ciclo de comprar, configurar, usar y abandonar, si todo te cuesta más que a los demás y sientes que la solución siempre está en la siguiente herramienta, para. El problema probablemente no es la herramienta. Es cómo funciona el cerebro que intenta usar la herramienta.

No soy psicólogo. Pero si este patrón te define, quizá valga la pena hablar con uno.

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