Volver al blog

Elvis Presley: el rey del rock con un cerebro sin freno

Elvis grabó 600 canciones, compró aviones por impulso y no dormía. ¿Era adicción o un cerebro con TDAH que no conocía la moderación?

tdahfamosos

Elvis grabó más de 600 canciones, actuó en 31 películas y llenó el Madison Square Garden sin esfuerzo. Pero también comía hamburguesas a las 3 de la mañana, compraba aviones por impulso y no dormía. Todo a la vez. Todo sin freno.

Y cuando digo sin freno, no es una forma de hablar. Es que el hombre compró un avión porque un amigo le dijo que molaba volar. Esa misma noche. Sin avisar a nadie. Como quien compra una camiseta en Wallapop a las dos de la madrugada y al día siguiente piensa "¿por qué tengo un cargo de cuarenta mil dólares en la tarjeta?". Solo que multiplicado por un millón.

Literalmente.

¿Era Elvis un adicto a los excesos o un cerebro sin freno?

Esta es la pregunta que casi nadie se hace. Porque es más fácil decir "era un rockero excesivo" que plantearse si había algo más detrás.

Elvis no solo era excesivo en lo destructivo. Era excesivo en todo. En la generosidad (regalaba coches a desconocidos, así, sin motivo), en la curiosidad (se obsesionó con las artes marciales hasta conseguir el cinturón negro), en la capacidad de trabajo (grababa canciones en sesiones maratonianas de las que salían discos enteros en una noche) y en la incapacidad absoluta de quedarse quieto.

Un cerebro que no puede parar no distingue entre excesos buenos y malos. Solo sabe ir a tope.

Y eso es exactamente lo que se ve cuando miras la vida de Elvis sin el filtro del mito. No era un tipo que elegía el caos. Era un tipo cuyo cerebro no le daba otra opción.

La infancia que nadie quiere mirar

Elvis fue un estudiante mediocre. No por falta de inteligencia, sino porque el sistema educativo de los años 40 en Tupelo, Mississippi, no estaba diseñado para un chaval que no podía dejar de moverse. Sus profesores lo describían como inquieto, distraído, soñador. Palabras que si las lees hoy suenan sospechosamente familiares.

Se refugió en la música porque era lo único que conseguía mantener su atención. No la estudió de forma reglada. La absorbió. Iba a las iglesias gospel del barrio, escuchaba blues en la radio, memorizaba canciones enteras después de oírlas una vez. Ese tipo de absorción selectiva que, cuando le cuentas a alguien que tienes TDAH, no se lo cree: "¿Cómo puedes memorizar una canción entera y no acordarte de dónde has dejado las llaves hace cinco minutos?".

Porque así funciona un cerebro con TDAH. No es que no prestes atención. Es que tu atención no tiene término medio. O estás en cero, o estás a mil.

Elvis estaba siempre a mil. Con la música.

Y con todo lo demás.

La máquina de hiperfoco que creó al Rey

Cuando Elvis se enganchaba a algo, no había forma humana de sacarlo de ahí. Se metió en el karate y no paró hasta conseguir el séptimo dan. Se interesó por la espiritualidad y se leyó todo lo que encontró sobre religiones orientales, misticismo y filosofía. Se obsesionó con las insignias policiales y consiguió que el mismísimo presidente Nixon le diera una placa de agente antidrogas.

Elvis. Pidiéndole a Nixon una placa de agente antidrogas.

Si eso no es impulsividad con hiperfoco, no sé qué lo es.

Esa misma capacidad de obsesionarse es la que lo convirtió en el artista más grande de su época. En el estudio no paraba hasta que la toma era perfecta. En el escenario se movía con una energía que nadie había visto antes. No ensayaba esos movimientos de cadera que escandalizaron a medio país. Le salían. Su cuerpo no podía quedarse quieto.

Es lo mismo que le pasaba a Jim Morrison con la búsqueda constante de riesgo y estímulo. Cerebros que necesitan sentir algo intenso para funcionar. Y cuando lo encuentran en el escenario, lo que sale es algo que cambia la música para siempre.

Las noches sin dormir y las decisiones a las 3 AM

Elvis era famoso por no dormir. Vivía de noche. Comía a las tres de la madrugada. Tomaba decisiones importantes cuando cualquier persona con un mínimo de sentido común estaría durmiendo.

El avión que mencioné antes no es una anécdota aislada. Compró Graceland con 22 años. Regaló Cadillacs a gente que acababa de conocer. Alquiló un cine entero a las dos de la madrugada porque le apetecía ver una película y no quería esperar a que abrieran.

Eso no es "ser rico y excéntrico". Eso es un patrón. Un cerebro que por la noche se activa, pierde el control de impulsos y hace cosas que por la mañana no puede explicar. Cualquiera que tenga TDAH y haya comprado algo a las dos de la madrugada que no necesitaba sabe exactamente de qué estoy hablando.

Solo que Elvis tenía los recursos para que sus impulsos nocturnos costaran millones en lugar de cuarenta euros en Amazon.

La otra cara: el cerebro que se autodestruye

No todo es hiperfoco y genialidad. La misma impulsividad que llenaba estadios destruyó su salud.

Elvis desarrolló una relación brutal con la comida, con los medicamentos y con cualquier cosa que le prometiera calmar el ruido de su cabeza. No buscaba colocarse. Buscaba parar. Que su cerebro dejara de ir a mil por hora aunque fuera un rato.

Eso es algo que Bob Marley también reflejaba con su inquietud constante. Cerebros que no pueden descansar, que buscan cualquier forma de bajar el volumen. Y a veces, la forma que encuentran no es precisamente saludable.

En los años 70, Elvis estaba tomando cantidades absurdas de medicación prescrita. No drogas recreativas. Medicación. Pastillas para dormir, pastillas para despertarse, pastillas para el dolor. Un ciclo farmacológico que hoy cualquier psiquiatra reconocería como automedicación desbocada.

Porque cuando tu cerebro no funciona como el de los demás y nadie te explica por qué, acabas buscando tus propios parches. Y los parches de Elvis le costaron la vida a los 42 años.

Lo que Elvis nos enseña sin querer

Elvis no sabía que tenía TDAH. Probablemente, nadie a su alrededor lo sabía. En los años 50, 60 y 70, el TDAH en adultos ni siquiera existía como concepto. Solo eras "intenso", "difícil", "excesivo" o "genial". Dependiendo del día y de quién te estuviera mirando.

Y esa es la tragedia real. No que Elvis muriera joven. Sino que viviera toda su vida sin entender por qué su cerebro hacía lo que hacía. Sin herramientas. Sin diagnóstico. Sin que nadie le dijera "oye, lo que te pasa tiene nombre, y hay formas de gestionarlo sin destruirte".

Las revoluciones musicales que cambiaron la historia nacieron muchas veces de cerebros así. Cerebros sin freno que, cuando canalizan esa energía, crean algo que el mundo no ha visto nunca. Pero que, cuando no la canalizan, se consumen.

Elvis hizo las dos cosas. Creó una revolución musical que sigue viva setenta años después. Y se consumió haciéndolo.

No porque fuera débil. Sino porque nadie le explicó cómo funcionaba su motor.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro no tiene punto medio, que vas de cero a cien sin pasar por el cincuenta, quizá no sea un defecto. Quizá solo necesitas entender cómo funciona.

Hacer el test de TDAH

Relacionado

Sigue leyendo