La caminata compulsiva de Dickens: moverse para que el cerebro funcione
Dickens caminaba 30 km cada noche por Londres. No era ejercicio. Era la única forma que tenía su cerebro de procesar el día. Si necesitas moverte para pensar, lee esto.
Charles Dickens caminaba 30 kilómetros cada noche. No era insomnio. No era ejercicio. Era la única forma que tenía su cerebro de procesar el día y prepararse para escribir al día siguiente.
Si necesitas moverte para pensar, esto te va a sonar muy familiar.
El hombre que escribía de día y caminaba de noche
Dickens tenía una rutina que, vista desde fuera, no tenía ningún sentido. Escribía durante el día con una disciplina brutal: de nueve de la mañana a dos de la tarde, sin interrupciones, encerrado en su estudio. Pero cuando terminaba, no se sentaba a descansar. No se iba al sofá. No cenaba tranquilamente y se acostaba.
Salía a caminar. Y no un paseíto de veinte minutos por el barrio.
Caminaba entre 20 y 30 kilómetros por las calles de Londres. De noche. Solo. A un ritmo que sus amigos describían como "imposible de seguir". Atravesaba barrios enteros, callejones, puentes, mercados cerrados. Observaba todo. Las prostitutas de Whitechapel, los niños durmiendo en portales, los borrachos saliendo de los pubs, las sombras de los edificios a la luz de gas.
Y luego volvía a casa y se dormía. Para al día siguiente sentarse a escribir escenas que parecían arrancadas directamente de la realidad.
Porque lo eran. Las había vivido la noche anterior, paso a paso, kilómetro a kilómetro.
¿Por qué algunas personas necesitan moverse para pensar?
Aquí es donde la cosa se pone interesante.
Dickens no caminaba para hacer ejercicio. No lo hacía por salud. Él mismo decía que si no caminaba, no podía dormir. Que su cabeza no paraba. Que necesitaba el movimiento físico para que el torrente de ideas, imágenes y emociones que se le acumulaban durante el día encontrara algún tipo de cauce.
Eso tiene un nombre. O al menos, un patrón que se repite en muchas personas con cerebros que funcionan a otra velocidad.
El movimiento como regulación. No como deporte. No como hobby. Como necesidad neurológica.
Es lo mismo que le pasaba a Jackson Pollock cuando pintaba. Pollock no podía crear sentado frente a un caballete. Necesitaba mover todo el cuerpo, salpicar, agacharse, dar vueltas alrededor del lienzo. El movimiento no era parte del proceso creativo. Era el proceso creativo.
Y Dickens hacía exactamente lo mismo, solo que su lienzo era Londres de noche.
La caminata como sistema operativo del cerebro
Lo que hacía Dickens no era caminar. Era procesar. Cada noche, su cerebro tomaba todo lo que había pasado durante el día, todo lo que había escrito, todo lo que le preocupaba, y lo organizaba mientras sus piernas se movían por las calles oscuras de la ciudad.
Es algo que mucha gente con TDAH reconoce al instante. Esa sensación de que tu cerebro no funciona si estás quieto. De que necesitas el movimiento físico para que las ideas se ordenen. De que las mejores soluciones te vienen caminando, no sentado en una silla mirando una pantalla.
Dickens lo describió con una claridad que da escalofríos: "Si no pudiera caminar lejos y rápido, creo que simplemente explotaría y perecería". No es una metáfora bonita. Es alguien describiendo lo que pasa cuando un cerebro hiperactivo no tiene salida física.
No es tan diferente de la energía inagotable de Bruce Lee, que entrenaba como si el día tuviera cuarenta horas. No era disciplina marcial. Era un cuerpo que no podía parar y un cerebro que encontró en el movimiento constante su forma de funcionar.
Lo que nadie ve detrás de la caminata
Los biógrafos de Dickens hablan de sus paseos nocturnos como una excentricidad. Una curiosidad de genio. "El gran novelista y sus caminatas nocturnas por Londres". Suena romántico.
Pero si le das la vuelta y lo miras desde el otro lado, lo que ves es a un hombre que no podía dormir si no agotaba físicamente a su propio cerebro. Que necesitaba recorrer 30 kilómetros para conseguir algo que la mayoría de la gente consigue metiéndose en la cama y cerrando los ojos.
Eso no es una excentricidad. Es un cerebro que necesita regularse de una forma que el mundo no entiende.
Y el resultado fue extraordinario. Porque esas caminatas no solo le servían para dormir. Le daban el material. Oliver Twist, David Copperfield, Grandes Esperanzas. Los barrios pobres de Londres, los personajes marginales, las descripciones tan vívidas que parece que hueles la niebla del Támesis. Todo eso venía de las noches caminando.
Dickens no investigaba sus novelas. Las caminaba.
El patrón que conecta a Dickens con Pollock y con tu forma de funcionar
Hay algo que se repite en estos casos. Personas que el mundo recuerda por sus obras maestras pero que, si les miras la vida de cerca, funcionaban de una forma que no encajaba en ningún manual.
Pollock necesitaba moverse para pintar
Nadie puede diagnosticar a Dickens a estas alturas. Vivió en el siglo XIX, cuando el TDAH ni siquiera existía como concepto. Pero el patrón está ahí. La necesidad compulsiva de movimiento. La creatividad que solo se activa cuando el cuerpo está en marcha. La incapacidad de parar la mente sin agotar el cuerpo primero.
Si reconoces algo de esto en ti, no eres raro. No eres exagerado. No necesitas "relajarte" o "aprender a estar quieto".
Puede que simplemente necesites entender cómo funciona tu cerebro. Y a partir de ahí, dejar de luchar contra él y empezar a usarlo.
Si alguna vez has sentido que tu cuerpo necesita moverse para que tu cabeza funcione, puede que no sea inquietud. Puede que sea tu cerebro pidiendo lo que necesita. Y el primer paso para entenderlo es saber cómo funciona.
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