Lo que DiCaprio nos enseña sobre obsesionarse con una causa
DiCaprio lleva 25 años obsesionado con el medio ambiente. Fundación, ONU, documentales. ¿Activismo o hiperfoco con traje de gala?
Un tío de veinticuatro años, en pleno pico de fama tras Titanic, decide que lo que más le importa en la vida es salvar a los osos polares.
No monta una marca de ropa sostenible. No pone un tuit bonito el Día de la Tierra. Crea una fundación, la financia con su propio dinero, y empieza a dar discursos en la ONU como si fuera un científico del IPCC con un Oscar en la estantería.
Y no para. Veinticinco años después, sigue ahí. Misma causa. Misma intensidad. Mismo cerebro que no sabe soltar una cosa una vez que la ha agarrado.
Esto no es una historia sobre medio ambiente. Esto es una historia sobre lo que pasa cuando un cerebro que no tiene punto medio se engancha a algo más grande que él.
¿Desde cuándo DiCaprio está obsesionado con esto?
Desde 1998. Leonardo DiCaprio fundó la Leonardo DiCaprio Foundation con veinticuatro años. La mayoría de actores a esa edad están eligiendo entre hacer la secuela o la precuela. Él estaba eligiendo entre financiar un proyecto de conservación marina o un documental sobre deforestación.
Y lo que impresiona no es que lo hiciera. Es que no paró.
Produjo Before the Flood, un documental donde se recorre medio planeta con un equipo de cámaras para documentar el cambio climático. Produjo Ice on Fire. Produjo The 11th Hour. Se sentó frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas y dio un discurso que sonaba más a manifiesto que a relaciones públicas.
Ha invertido más de cien millones de dólares en causas medioambientales. Ha comprado una isla en Belice para convertirla en reserva ecológica. Ha rechazado papeles porque coincidían con compromisos medioambientales.
Rechazar papeles. En Hollywood. Donde cada proyecto es dinero y visibilidad. Eso no es activismo de fin de semana. Eso es un cerebro que ha encontrado su agujero negro y se ha dejado tragar entero.
¿Por qué esto parece un hiperfoco de manual?
Si le quitas el nombre y la fama, lo que tienes es un patrón que cualquier persona con TDAH reconoce al instante.
Alguien encuentra una causa, un tema, un proyecto. Y durante un tiempo, ese tema se convierte en lo único que existe. No importa que haya otras cosas urgentes. No importa que la gente le diga que ya ha hecho suficiente. El cerebro ha decidido que esto es la prioridad, y el cerebro no acepta sugerencias.
La diferencia con DiCaprio es que su hiperfoco lleva activo veinticinco años. Y eso es lo interesante.
Porque el hiperfoco de Michael Phelps era nadar. Punto. Una actividad, una piscina, una dirección. El de DiCaprio se ramifica como un árbol que no para de echar raíces. Documentales, fundaciones, discursos, inversiones, compras de terrenos para conservación. Cada rama nueva es una extensión de la misma obsesión. Como si el cerebro dijera "vale, ya tengo la fundación, pero necesito más, necesito el documental, necesito la ONU, necesito la isla".
Eso es hiperfoco expansivo. No se agota porque se alimenta de sí mismo. Cada cosa nueva que hace le da más material para la siguiente. Es un bucle de estímulo infinito. Como un perro que persigue su propia cola pero de alguna forma va ganando velocidad en cada vuelta.
¿Activismo o regulación emocional disfrazada de altruismo?
Esta pregunta es incómoda, pero hay que hacerla.
Mucha gente con TDAH encuentra su regulación emocional en causas. En proyectos que son más grandes que ellos. Porque cuando tu cerebro es un caos interno, tener una misión externa le da estructura. Le da dirección. Le da un motivo para levantarse que no depende de cómo te sientas ese día.
No estoy diciendo que el activismo de DiCaprio sea falso. Obviamente no lo es. Veinticinco años y cien millones de dólares no se fingen. Pero sí estoy diciendo que quizá la intensidad con la que lo vive no es solo convicción moral. Quizá es también un cerebro que necesita esa intensidad para funcionar.
Es la misma dinámica que ves en Steve Jobs. Jobs no quería hacer teléfonos. Quería cambiar el mundo. Y esa narrativa, esa épica, era lo que mantenía su cerebro encendido. Sin la misión, el motor se apagaba. Con la misión, no había forma humana de pararlo.
DiCaprio ha dicho en entrevistas que a veces no puede dormir pensando en lo que está pasando con el planeta. Que se despierta y lo primero que hace es leer informes sobre deforestación o sobre el nivel del mar. Que no puede desconectar.
Y la gente lo interpreta como pasión. Pero hay una línea muy fina entre pasión y obsesión. Y esa línea la dibuja tu neurología, no tu voluntad.
El patrón que conecta sus películas con sus causas
Hay algo que nadie menciona y que es fascinante. Mira las películas que elige DiCaprio. No son aleatorias.
El Renacido: un hombre contra la naturaleza salvaje. El lobo de Wall Street: la codicia que destruye todo a su paso. No mires arriba (como productor): un cometa va a destruir la Tierra y a nadie le importa. Before the Flood: el planeta se está muriendo y seguimos mirando el móvil.
Su filmografía y su activismo no son dos cosas separadas. Son el mismo cerebro procesando la misma obsesión desde dos ángulos distintos. Las películas son el canal creativo. El activismo es el canal de acción. Pero la fuente es una: un cerebro que ha decidido que el medio ambiente es su cosa y que todo lo demás tiene que organizarse alrededor de eso.
Es como cuando tú encuentras un tema y de repente todo en tu vida se reordena alrededor de él. Los podcasts que escuchas, los libros que lees, las conversaciones que buscas. Todo gira alrededor del mismo centro de gravedad. No porque seas obsesivo. Porque tu cerebro funciona así.
¿Qué pasa cuando esa obsesión es buena para el mundo?
Aquí está el giro que me interesa.
Cuando alguien con TDAH se obsesiona con un videojuego, la gente dice que tiene un problema. Cuando se obsesiona con un hobby que abandona a los tres meses, dicen que es inconstante. Cuando se obsesiona con un proyecto que no da dinero, dicen que está perdiendo el tiempo.
Pero cuando DiCaprio se obsesiona con salvar el planeta, le aplauden. Le dan premios. Le invitan a la ONU.
La obsesión es exactamente la misma. Lo único que cambia es el objeto. Y eso es lo que el sesgo del superviviente no te deja ver. No aplaudimos el mecanismo. Aplaudimos el resultado. Y al hacerlo, invisibilizamos a todas las personas cuyo hiperfoco apunta a sitios que la sociedad no valora.
Tu obsesión con la miniatura de Warhammer que llevas pintando tres semanas y tu incapacidad de hacer nada más en la vida durante ese tiempo es el mismo mecanismo neurológico que lleva a DiCaprio a dar discursos en la ONU. La diferencia no está en el cerebro. Está en las circunstancias.
La lección que nadie extrae
La lección no es "encuentra tu causa y serás como DiCaprio". Eso es pensamiento mágico disfrazado de consejo motivacional.
La lección es que cuando un cerebro que funciona a todo o nada se engancha a algo, la fuerza que genera es brutal. Imparable. Casi irracional en su intensidad. Y esa fuerza puede mover montañas o puede dejarte tirado en el sofá tres días seguidos porque tu obsesión actual no es algo que pague facturas.
DiCaprio no eligió obsesionarse con el medio ambiente. Le ocurrió. Y tuvo la suerte de tener los recursos para canalizar esa obsesión de una forma que el mundo admira. Pero el mecanismo no es exclusivo de él. Está en cualquier cerebro que no sabe funcionar al 50%.
Lo que sí puedes elegir es entender cómo funciona tu cabeza. Saber que cuando algo te atrapa con esa intensidad, no es un defecto. Es tu cerebro haciendo lo que sabe hacer. Y que gestionarlo, darle estructura, ponerle límites cuando hace falta y soltarle la correa cuando conviene, es la diferencia entre que esa fuerza trabaje para ti o te arrastre.
Porque el hiperfoco es un caballo salvaje. No lo vas a domesticar. Pero si aprendes a montarlo, puede llevarte más lejos de lo que imaginas.
Si reconoces esa intensidad, esa incapacidad de hacer las cosas a medias, esa sensación de que tu cerebro funciona con reglas que nadie te explicó, quizá sea momento de entenderlas.
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