Dejo las cosas para cuando tenga ganas y nunca tengo ganas
Esperas a tener ganas para hacer las cosas, pero las ganas nunca llegan. No es pereza. Es un cerebro que necesita otra estrategia.
"Lo haré cuando tenga ganas."
Eso me digo cada vez que hay algo que no quiero hacer. Como si en algún momento del futuro fuera a despertarme con unas ganas irresistibles de hacer la declaración de la renta. O de llamar al dentista. O de organizar el armario.
Spoiler: ese momento no llega nunca.
Llevo años esperando las ganas. Años. Y las ganas no aparecen. No aparecen el lunes. No aparecen el miércoles. No aparecen el fin de semana. No aparecen después del café, ni después de la ducha, ni después de una buena noche de sueño.
Y lo más ridículo de todo es que lo sé. Sé que no van a llegar. Y aun así sigo esperándolas.
¿Por qué esperas algo que sabes que no va a pasar?
Porque tu cerebro te ha engañado.
Te ha hecho creer que la motivación precede a la acción. Que primero sientes ganas y luego haces la cosa. Que es un requisito previo. Como si no pudieras empezar una tarea sin ese empujón emocional que te dice "sí, ahora sí, vamos allá".
Y la realidad es que funciona al revés. La acción genera la motivación. No al contrario. Pero tu cerebro no lo sabe. O lo sabe y le da igual. Porque aunque entiendas el concepto, tu cuerpo sigue sin moverse.
Me acuerdo de una vez que tenía que grabar un vídeo. Llevaba cuatro días sin grabar. Cuatro días diciéndome "mañana grabo" mientras me comía las uñas viendo vídeos de otros creadores que sí estaban grabando.
El quinto día me levanté, me senté frente a la cámara sin guion, sin ganas, sin nada, y le di al botón. El vídeo salió bastante bien. Y las ganas aparecieron a los diez minutos de estar grabando.
Después. No antes. Después.
Es como esperar a que deje de llover para ir al gimnasio
Yo lo veo así. Imagínate que vives en un sitio donde llueve todos los días. Y te dices: "Iré al gimnasio cuando deje de llover."
Pues no vas a ir nunca.
No porque seas vago. Sino porque la condición que te has puesto es imposible de cumplir. La lluvia no va a parar. Y las ganas no van a llegar.
Tienes que ir lloviendo. Con paraguas, con chubasquero, mojándote, como sea. Pero lloviendo. Porque si esperas al día perfecto, el día perfecto no existe.
Necesitas que sea urgente para moverte
Pero no puedes vivir solo de urgencias.
¿Y si el problema no es que te falten ganas?
Aquí viene la parte que me costó años entender.
No me faltaban ganas. No era un problema de motivación. Era un problema de activación.
Son dos cosas distintas. La motivación es querer hacer algo. La activación es poder empezar a hacerlo. Y puedes tener toda la motivación del mundo y cero activación. Es como tener el mapa pero no tener piernas. Sabes dónde quieres ir. Pero tu cuerpo no se mueve.
Esto es algo que la neurociencia explica bastante bien para ciertos tipos de cerebro. La dopamina, que es el neurotransmisor que se encarga de ponerte en marcha, no funciona igual en todos los cerebros. Hay cerebros que necesitan niveles más altos de dopamina para iniciar una acción. Y como las tareas aburridas, repetitivas o sin recompensa inmediata no generan suficiente dopamina, esos cerebros simplemente no arrancan.
No es pereza. Es química.
Y si procrastinas todo a pesar de saber lo que tienes que hacer, es posible que tu cerebro sea uno de esos que necesita condiciones especiales para activarse.
No te estoy diagnosticando nada. Pero si esto te suena desde hace años, desde siempre, quizá merece la pena hablar con alguien que pueda evaluar qué pasa en tu cabeza. Un profesional de verdad. No un artículo en internet. Aunque sea este.
La trampa de "cuando me sienta preparado"
Hay una variante de la trampa que es todavía peor: "Lo haré cuando me sienta preparado."
Preparado para qué, tío. ¿Preparado para llamar al dentista? ¿Necesitas un calentamiento emocional para marcar un número de teléfono?
Pero así funciona. Te convences de que necesitas estar en el "estado mental correcto" para hacer las cosas. Y como ese estado mental correcto es una fantasía, nunca llega. Y tú nunca empiezas.
Yo hacía esto con absolutamente todo. Preparado para empezar un proyecto. Preparado para tener una conversación difícil. Preparado para ir al gimnasio. Preparado para escribir.
La realidad es que nunca estás preparado. Nadie está preparado. La gente que hace cosas no está más preparada que tú. Simplemente empiezan sin estarlo.
Haces la lista pero no haces la lista
¿Entonces qué hago? ¿Hago las cosas sin ganas?
Sí. Exacto. Eso es exactamente lo que tienes que hacer.
No es la respuesta bonita. No es la respuesta motivacional. Pero es la que funciona.
Haces las cosas sin ganas. Y las ganas aparecen después. O no aparecen nunca, pero la tarea está hecha y te sientes mejor igualmente.
Lo que a mí me funciona es una regla estúpidamente simple: la regla de los cinco segundos. Cuando sé que tengo que hacer algo y noto que mi cerebro empieza a buscar excusas, cuento 5, 4, 3, 2, 1 y me muevo. Físicamente. Me levanto. Doy un paso. Cojo el móvil y llamo. Abro el documento.
No espero la motivación. La atropello.
No siempre funciona. No te voy a engañar. Hay días que cuento hasta uno y sigo en el sofá. Pero funciona muchas más veces de las que esperaba. Y cada vez que funciona, le estoy enseñando a mi cerebro que no necesita el permiso de la motivación para empezar.
Porque hay una barrera invisible entre tú y empezar que no se rompe con ganas. Se rompe con movimiento.
Lo que aprendí el día que dejé de esperar
Hay un momento que recuerdo perfectamente. Estaba en mi escritorio, delante de un proyecto que llevaba dos semanas evitando, esperando las ganas. Y mi psicóloga me dijo una frase que me cambió la cabeza: "Las ganas no son un requisito previo. Son un efecto secundario."
O sea, no necesitas ganas para empezar. Las ganas aparecen cuando ya estás dentro. El orden está invertido. No es: ganas, luego acción. Es: acción, luego ganas.
Eso suena muy bonito. Pero cuando estás en el sofá, sin poder moverte, sabiendo que deberías estar haciendo algo, "las ganas son un efecto secundario" suena a frase de libro de autoayuda que no te sirve de nada.
Y sin embargo, es verdad. No siempre. Pero suficientes veces como para que merezca la pena intentarlo.
Desde ese día, cada vez que noto que estoy esperando las ganas, me digo: "Las ganas no van a venir. Muévete." Y a veces me muevo. Y a veces no. Pero las veces que me muevo, el 80% de las veces las ganas aparecen a los diez minutos.
El otro 20%, hago la tarea sin ganas. Y también funciona. Porque la tarea hecha sin ganas es infinitamente mejor que la tarea no hecha esperando las ganas.
Las ganas son una estafa. El movimiento es real.
Si llevas toda la vida esperando las ganas para hacer las cosas, deja de esperar. Las ganas no van a llegar. Pero la acción sí puede llegar sin ellas.
Y cuando lo descubres, cambia todo.
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