Dejar de obsesionarte con la gente: TDAH, RSD y cómo cortar el bucle

Cerebros TDAH con sensibilidad al rechazo se obsesionan con lo que los demás piensan. No es pasar de todo. Es regular la intensidad que amplifica el TDAH.

Conoces a alguien y en dos semanas te has convertido en investigador privado de su vida. Qué le gusta, qué piensa, por qué hace lo que hace. Y llevas tres noches sin dormir bien porque algo te dijo raro y tu cerebro no deja de darle vueltas.

Si esto te suena, bienvenido al combo TDAH + RSD.

¿Qué es eso de RSD y por qué nadie te lo había contado?

RSD es disforia sensible al rechazo. En cristiano: un cerebro TDAH vive el rechazo, el malentendido o el simple "hola seco" con la intensidad de un puñetazo en el estómago. No es que lo exageres. Es que tu sistema emocional no tiene filtro y lo que a otro le rebota, a ti te entra dentro.

Y cuando se junta RSD con el otro vicio de nuestro cerebro, que es ser vampiros de la dopamina, pasa esto: conoces a alguien, esa persona te hace clic, y tu cabeza decide que ahora eso es el tema. Todo el rato. Durante días. Tu puñetera energía mental se va a descifrar qué pensaba, qué quiso decir, por qué tardó 4 horas en contestar.

Lo llamamos "me interesa mucho esa persona". Lo que es en realidad: una fijación bioquímica.

Y no te das cuenta hasta que ya la has cagado.

El mismo patrón se repite con parejas, amigos, jefes, el cartero

Piensas que esto va solo de amor, pero no. Se aplica a todo.

Amigo nuevo al que empiezas a idealizar y acabas agobiando. Jefe que te dice algo ambiguo un miércoles y tú llevas el finde entero pensando si te va a despedir. Un grupo de WhatsApp donde tardan en responderte y tu cerebro monta el apocalipsis. Un silencio de 20 minutos que tu cerebro convierte en el fin del mundo.

El mecanismo siempre es el mismo. Esa persona o situación se convierte en un reto mental. Y el reto mental engancha porque da chutes de dopamina. Cada vez que racionalizas algo, cada vez que crees que has entendido por qué ha hecho lo que ha hecho, te entra el premio. Tu cerebro dice "bien, más, otra vez".

Y ahí estás. Diseccionando a un ser humano como si fuera un sudoku. Y encima pensando que eso es amor, o amistad, o profesionalidad. Pues no. Es tu cerebro pidiendo dopamina y tú pasándole la bandeja.

¿Por qué hacemos que la otra persona se agobie?

Porque nos volvemos intensos. Punto.

Te ofreces a ayudarla con cosas que no te ha pedido. Le propones planes constantemente. Le escribes párrafos a las 12 de la noche. Sobrecuidas. Sobroteges. Regalas tu tiempo, tu atención, tu disponibilidad.

Y lo que tú crees que es generosidad, la otra persona lo lee como "este no se valora". Y peor todavía: como "este no cree que yo pueda sola, porque si no no me estaría ayudando antes de pedírselo".

Ahí está la trampa. Tú quieres acercarte. La estás alejando. Matas la novedad sin querer. ¿Para qué se va a esforzar en conocerte si ya tienes la atención regalada?

Entonces la otra persona marca distancia. Y ahí es cuando salta el RSD como un muelle. Te entra el pánico. Esa distancia, que otra persona leería como "hmm, un poco raro, pero bueno", tú la vives como abandono total. Y montas. Montas más planes, montas conversación forzada, montas un pollo. Y la fastidias aún más.

Es un bucle del que no se sale sin darse cuenta primero de que estás dentro.

El primer paso no es frenar, es verte haciéndolo

Aquí es donde la gente se confunde. Te dicen "pues tío, pasa un poco más" y piensas "perfecto, voy a pasar". Y no pasa. No puedes. Porque cuando estás obsesionado, pasar no es una decisión. Es una lucha cuerpo a cuerpo con tu propio cerebro.

Lo que sí funciona es pillarte.

Es decir: saber que tu cerebro hace esto, identificarlo cuando está pasando, y poner el freno. El momento en el que piensas "espera, esto me lo contó Rubén, esto me está pasando a mí ahora mismo". Ese es el botón. No es pasar. Es verte.

Y la pregunta clave que te tienes que hacer en ese momento es brutal: ¿esto que voy a hacer lo hago por la otra persona, o por el chute que me va a dar imaginarme que la otra persona me lo agradece?

Si la respuesta es la segunda, freno. Si es la primera de verdad, adelante.

Parece una pregunta tonta. Pero una vez que te la haces bien, te rompe el esquema. Porque te das cuenta de que lo que tú llamabas "preocuparte por alguien" muchas veces era "darme a mí una dosis".

No pasa nada por reconocerlo. Somos así. El cerebro TDAH funciona con dopamina, no con intenciones puras.

El truco de la libreta (y por qué funciona de la hostia)

Esto me lo enseñó mi psicóloga y lo sigo usando a día de hoy.

Cuando te entran esas ganas infinitas de escribirle a esa persona. De mandarle 17 mensajes. De montar la escena. De preguntarle por qué tardó. De explicarle tú cómo deberían funcionar las cosas.

No lo mandes.

Coge papel y boli. Una libreta. Y escribe todo. Todo lo que le quieres decir. Las 37 frases. Los reproches. Las explicaciones. La carta. Todo.

Y ahora lo guardas y no lo tocas hasta mañana.

Mañana te levantas, te lo lees, y te da vergüenza ajena de ti mismo. De las 37 frases te vas a quedar con una. Y esa es la única que, si acaso, mereces mandar. El resto eran pura emoción pidiendo salida.

Funciona por lo mismo que funciona la regulación emocional en un cerebro TDAH: no puedes evitar que la ola llegue, pero puedes esperar a que baje. Y las olas de intensidad bajan. Siempre. Solo que en el momento álgido no te lo parece, porque tu cerebro no tiene regulador de volumen emocional y vives el presente como si fuera eterno.

No lo es. Da 12 horas y lo ves distinto.

Esto no es "ignora a la gente", es otra cosa

Quiero dejar una cosa clara. Porque el consejo fácil es "pasa de lo que digan" y ese consejo es basura.

No se trata de pasar. No se trata de endurecerte. No se trata de no sentir. A un cerebro TDAH con RSD decirle "pasa de lo que piensen" es como decirle a un miope que vea mejor. No puedes. Tu sistema funciona así. La intensidad no es un defecto de carácter, es cómo procesa tu cerebro.

De lo que se trata es de gestionar esa intensidad. De no dejar que la emoción conduzca el coche. De saber que vas a sentir todo a volumen máximo y de tener un plan para cuando eso pase.

Y el plan empieza entendiéndote tú. Porque somos expertos en analizar el cerebro de los demás pero no sabemos ni cómo funciona el nuestro. Pasas horas pensando qué quiso decir tu amigo. Y cero pensando en por qué tú te obsesionas así.

Dale la vuelta. Todo ese raciocinio que usas en descifrar a los demás, úsalo en descifrarte. Ahí está la mina.

Mi recomendación es la de siempre y no por marketing, sino porque a mí me salvó: búscate un psicólogo especializado en TDAH. De verdad. No un coach de LinkedIn. Un psicólogo. Alguien que sepa cómo funciona tu cerebro y que te ayude a tener ese freno externo mientras construyes el tuyo interno.

Y mientras tanto, empieza por lo más básico: identificar el patrón cuando te está pasando. Porque el día que lo ves venir, aunque sigas sintiéndolo, ya no te atropella.

Si todo esto te suena demasiado, probablemente tu cerebro funciona como el mío. El test que tengo online te da una primera radiografía.

Hacer el test de TDAH

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