Cuando no tengo nada que hacer me hundo en vez de relajarme

El tiempo libre debería ser descanso. Pero tú sin tareas te sientes peor que con mil. No eres raro. Tu cerebro necesita estimulación para funcionar.

Un sábado sin planes debería ser un regalo. Para la mayoría de la gente, lo es.

Para mí es una trampa.

Porque cuando no tengo nada que hacer, no descanso. No me relajo. No recargo pilas. Me hundo. Lentamente. Como si al quitar las tareas y la presión, desapareciera también lo que me mantiene en pie.

Y sé que suena dramático, pero es la realidad.

¿Por qué el tiempo libre te hace sentir peor?

Pues porque tu cerebro no funciona como el de la mayoría de la gente. Y no lo digo como excusa. Lo digo como hecho.

La mayoría de personas tienen un nivel base de energía y motivación que se mantiene más o menos estable. Hacen cosas, descansan, se recuperan, vuelven a hacer cosas. El descanso les recarga.

Pero hay cerebros que necesitan estimulación constante para funcionar. No por capricho. Porque sin estimulación, el nivel de dopamina baja tanto que todo empieza a parecer gris. Aburrido. Sin sentido. Y eso no es "estar aburrido un rato". Es una sensación física de vacío que te arrastra hacia abajo.

Es como un motor que necesita estar en marcha para no griparse. Si lo apagas, no descansa. Se atasca.

Y eso es exactamente lo que pasa los sábados sin planes. El motor se apaga y en vez de descansar, se atasca.

¿No es un poco exagerado hundirse por no tener planes?

No. Y te explico por qué.

Cuando estás ocupado, aunque estés agotado, hay algo que te mantiene activo. Hay movimiento. Hay decisiones. Hay cosas que resolver. Tu cerebro tiene dónde agarrarse.

Cuando todo eso desaparece, tu cerebro se queda flotando en la nada. Y la nada, para un cerebro que necesita estimulación como el aire, no es descanso. Es caída libre.

Me ha pasado mil veces. Llego al fin de semana destruido después de una semana brutal. Pienso "voy a no hacer nada". Y a las dos horas de no hacer nada estoy peor que el viernes a las once de la noche con tres deadlines encima.

Porque la presión, aunque agota, al menos genera la activación que mi cerebro necesita para funcionar. Sin presión, sin activación. Sin activación, sin energía. Sin energía, bajón.

¿Esto tiene algo que ver con el TDAH?

Tiene todo que ver.

El TDAH no es solo "no poder concentrarte". Es un problema de regulación de la dopamina. Y la dopamina no solo afecta a la atención. Afecta al estado de ánimo, a la motivación, a la sensación de que las cosas tienen sentido.

Según el DSM-5, la dificultad para regular la activación emocional es una de las características centrales del TDAH en adultos. Y eso incluye tanto la hiperestimulación como la infraestimulación.

Cuando estás infraestimulado, cuando no hay nada que active tu cerebro, el bajón no es emocional. Es neurológico. Tu cerebro literalmente no tiene suficiente dopamina para mantenerte en un estado de ánimo estable.

Y eso se siente como hundirte. Como un vacío que no sabes de dónde viene ni cómo llenarlo.

He hablado con mi psicóloga de esto más veces de las que puedo contar. Y lo que me dijo es que no soy raro. Que hay millones de personas que no tienen motivación para nada cuando desaparece la presión externa y que la mayoría piensa que es depresión, cuando muchas veces es simplemente un cerebro que funciona con reglas distintas.

Esto no sustituye hablar con un profesional, que quede claro. Pero saber que lo que te pasa tiene explicación ya cambia bastante.

¿Qué haces cuando no tienes nada que hacer y empiezas a caer?

Lo primero que aprendí es que "no hacer nada" no funciona para mí. Nunca va a funcionar. Y no pasa nada.

Mi descanso no es sentarme en el sofá sin hacer nada. Mi descanso es hacer algo que me estimule pero no me agote. Jugar a algo. Salir a caminar con podcast. Montarme un proyecto tonto que no importa. Lo que sea que mantenga el motor en marcha a bajas revoluciones, pero en marcha.

Porque cuando algo no me interesa es imposible hacerlo, pero eso también funciona al revés: cuando algo me interesa, por pequeño que sea, todo mejora.

No necesito productividad. Necesito estimulación. Y hay una diferencia enorme entre las dos.

Lo segundo que aprendí es que la culpa de "debería poder descansar como la gente normal" es peor que el propio bajón. Aceptar que mi descanso es diferente me quitó un peso que llevaba encima años. Ya te digo.

Y mira, lo más curioso es que desde que dejé de forzar el "no hacer nada" y empecé a descansar a mi manera, descanso más que nunca. Parece contradictorio, pero es que todo me cuesta más que a los demás precisamente porque intento hacerlo como los demás en vez de como me funciona a mí.

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