Cuando el cliente tiene razón y no quieres verlo
A veces el cliente señala exactamente el problema y tú te pones a defender lo indefendible. No es profesionalidad. Es ego disfrazado de criterio.
Hay un momento en cada proyecto en el que el cliente dice algo y tú sabes, en algún lugar que no quieres escuchar, que tiene razón.
Pero no lo dices.
En vez de eso, explicas. Justificas. Sacas a relucir por qué tomaste esa decisión, qué pensabas en aquel momento, qué referentes usaste, qué lógica había detrás. Como si una decisión equivocada se volviera correcta con suficiente contexto.
El cliente te escucha. Asiente. Y sigue pensando lo mismo que pensaba antes, que el resultado no es lo que necesitaba.
Y tú has perdido diez minutos defendiendo algo que ya sabías que estaba mal.
¿Por qué es tan difícil ceder cuando tienes razón sobre el proceso pero no sobre el resultado?
Porque confundes las dos cosas.
El proceso puede haber sido correcto. Puede que hayas hecho exactamente lo que dijiste que ibas a hacer, con la metodología acordada, con los plazos cumplidos. Y aun así el resultado no funciona. Esas dos cosas no se contradicen. Un proceso correcto puede producir un resultado que no sirve.
Pero tu cerebro no las separa. Tu cerebro dice: si el proceso fue correcto, el resultado es correcto. Y si alguien dice que el resultado no funciona, está atacando el proceso. Y si está atacando el proceso, te está atacando a ti.
Ese es el cortocircuito. Y con TDAH lo tienes amplificado porque tu cerebro va a 300 en la dirección equivocada antes de que puedas pararlo.
El cliente no te está atacando. Está diciendo que el resultado no resuelve su problema. Que es, en última instancia, para lo que te contrató.
¿Cómo distingues cuándo el cliente tiene razón de cuándo simplemente no entiende tu trabajo?
Es una distinción que necesitas hacer en frío, no en el momento del conflicto.
En caliente, tu instinto es defender. Siempre. Porque en caliente todo parece un ataque personal y tu ego no distingue entre una crítica al resultado y una crítica a ti como profesional.
La pregunta que funciona es esta: si este resultado fuera de otra persona y el cliente me lo mostrara, ¿qué le diría? Salir de ti mismo por un momento. Mirarlo como si no fuera tuyo.
A veces eso te confirma que tenías razón. Que el cliente tiene unas expectativas que no corresponden con lo acordado. Eso existe y hay que gestionarlo. Pero otras veces te das cuenta de que lo que entregaste no resuelve el problema que prometiste resolver. Y en ese caso, no hay defensa posible ni necesaria.
Solo hay solución.
¿Qué pasa cuando cedes y el cliente no lo reconoce?
Eso duele más.
Cedes, corriges, entregas de nuevo. Y el cliente lo acepta como si fuera lo normal. Sin un "oye, gracias por reconocerlo" ni nada parecido. Simplemente sigue, como si el error nunca hubiera existido y la corrección tampoco.
Tu instinto dice: para la próxima vez, no cedo. Porque ceder no sirve de nada.
Ese instinto está equivocado.
Ceder cuando el cliente tiene razón no es para el cliente. Es para ti. Para que el proyecto acabe bien. Para que la relación funcione. Para que al final puedas usar ese trabajo como referencia. Y para que, dentro de dos años, cuando pienses en ese proyecto, no estés pensando en la discusión sino en el resultado.
La soledad del emprendedor incluye esto: que muchas veces haces lo correcto y nadie te lo reconoce. Y tienes que aprender a hacerlo igual.
¿Cómo integras el feedback del cliente sin perder tu criterio?
Con una regla simple: el cliente manda sobre el objetivo, tú mandas sobre el método.
Si el cliente dice "esto no consigue lo que necesito", eso es su territorio. Tiene razón por definición, porque él conoce su negocio mejor que tú. Cómo conseguir lo que necesita, eso es tu territorio. Y ahí sí defiendes tu criterio.
La mezcla de los dos es lo que hace que los proyectos salgan bien. Y aprender a separar cuándo habla su autoridad legítima y cuándo habla su opinión de diseño que no tienes que seguir - eso es parte de la madurez profesional que nadie te enseña en ningún curso.
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