Busco las gafas que llevo puestas en la cabeza

Buscas algo que llevas encima. Te levantas a por algo y olvidas qué era. Tu cerebro no tiene un fallo, tiene un patrón. Y no eres el único.

Te levantas del sofá. Vas a la cocina. Abres un cajón. Te quedas mirando el cajón. Cierras el cajón. Vuelves al sofá. Y entonces te das cuenta de que ibas a por las gafas.

Que las llevas puestas. En la cabeza.

Parece un chiste. Y lo sería si no te pasara constantemente. Si no fuera el tipo de cosa que te hace sentir que algo no va bien en tu cabeza. Porque una cosa es ser despistado y otra es buscar lo que literalmente llevas encima.

¿Cómo es posible buscar algo que tienes?

Es más fácil de lo que parece. Y no tiene nada que ver con la inteligencia.

Tu cerebro funciona con una especie de lista interna de cosas que necesita en este momento. Las gafas, las llaves, el móvil. Cuando necesitas algo, tu cerebro manda la orden: "busca las gafas". Pero si ya las llevas puestas, no genera la señal de "encontrado". Porque ponértelas fue un acto automático que tu memoria no registró.

Es como un programa que busca un archivo que ya tiene abierto. La información está ahí, pero el sistema no la detecta porque la catalogó como otra cosa.

Y pasa con todo. Con las llaves que llevas en la mano mientras las buscas. Con el móvil que tienes en el bolsillo mientras lo llamas desde otro teléfono. Con la taza de café que dejaste en el baño hace diez minutos y no recuerdas cómo ha llegado ahí.

No es demencia. No es estupidez. Es un cerebro que automatiza acciones sin registrarlas. Y cuando después necesita la información, no la encuentra.

El piloto automático que no graba

Piensa en la última vez que condujiste a casa desde el trabajo. ¿Recuerdas el trayecto? ¿Los semáforos? ¿Las calles por las que pasaste? Probablemente no. Porque tu cerebro lo hizo en piloto automático. Condujiste perfectamente, pero no creó un recuerdo del viaje.

Ahora imagina que ese piloto automático se enciende no solo para conducir, sino para todo. Para ponerte las gafas. Para dejar las llaves. Para guardar el móvil. Para mover objetos de un sitio a otro.

Tu cuerpo ejecuta la acción. Tu cerebro no la graba. Y media hora después, no tienes ni idea de dónde has puesto las cosas. Porque en tu memoria, ese momento no existe.

Yo he llegado a meter el mando a distancia en la nevera. Sin ningún motivo lógico. Mi cuerpo estaba haciendo dos cosas a la vez y mi cerebro decidió grabar solo una. El resultado es que encuentras el mando entre los yogures y no puedes explicar cómo ha llegado ahí.

¿Cuántas veces al día te pasa esto?

Si eres de los que busca las gafas que lleva puestas, probablemente también eres de los que se distrae con sus propios pensamientos más que con cualquier estímulo externo. Porque el problema no es el entorno. El problema es que tu cerebro está procesando tantas cosas en segundo plano que las acciones del primer plano no se registran.

Y probablemente eres de los que pierde el hilo de las conversaciones aunque esté escuchando con toda la intención del mundo. Porque la capacidad de mantener varias pistas activas al mismo tiempo es limitada. Y cuando una se sobrecarga, las demás se apagan.

Lo que me hizo dejar de sentirme idiota

Mira, te voy a contar algo.

Yo me sentía idiota. En serio. ¿Quién busca las gafas que lleva puestas? ¿Quién pierde las llaves tres veces al día? ¿Quién mete el teléfono en el cajón de los cubiertos?

Y entonces descubrí que hay una explicación. Que esto le pasa a millones de personas. Que no es un fallo de carácter ni un signo de deterioro. Es una memoria de trabajo que funciona de forma diferente. Es un cerebro que prioriza el pensamiento sobre la acción. Que está tan ocupado procesando ideas que no le quedan recursos para registrar dónde has dejado las llaves.

Se llama TDAH. Y olvidar a mitad de frase lo que ibas a decir es el mismo mecanismo. Tu memoria de trabajo tiene un límite muy bajo. Y cuando se llena, se vacía sin avisar.

No digo que sea tu caso. No soy tu médico. Esto no sustituye la evaluación de un profesional. Pero si te pasas la vida buscando cosas que llevas encima, perdiendo objetos en sitios absurdos, y sintiéndote mal por ello... quizá no es que seas un desastre. Quizá es que todo te cuesta más que a los demás y nadie te ha explicado por qué.

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