Volver al blog

Automatizaste un proceso que ni siquiera funciona y ahora falla más rápido

14 automatizaciones, 3 integraciones y un producto que no compra nadie. Automatizar antes de validar es fracasar con estilo.

emprendimientoherramientas

14 automatizaciones. 3 integraciones. Un dashboard que se actualiza solo. Y el producto que alimenta todo eso no lo ha comprado nadie.

Automatizaste el fracaso. Y ahora falla más rápido.

Lo sé porque lo he hecho. Todos lo hemos hecho. Llegas con una idea, montas la infraestructura como si estuvieras construyendo el puente de Brooklyn, y cuando por fin terminas, te das cuenta de que nadie necesitaba cruzar ese río. Que el río ni siquiera existía. Que lo inventaste tú para justificar el puente.

Pero qué bonito quedó el puente.

¿Cuántas horas llevas construyendo algo que nadie pidió?

Esa es la pregunta que duele.

Porque no se trata de que la automatización sea mala. Se trata de que automatizar algo que no funciona es como ponerle turbo a un coche sin ruedas. Va más rápido, sí. Pero sigue sin ir a ningún sitio.

Tú lo que querías era no tener que pensar en el proceso. Que los leads entraran solos, que los emails se mandaran solos, que el CRM se actualizara solo. Y claro, lo montaste. Tres tardes de Zapier, una noche larga con Make, y un par de tutoriales de YouTube a las 2 de la mañana que te hicieron sentir que eras un genio de la eficiencia.

El problema es que la eficiencia sin dirección es velocidad hacia ningún sitio.

Y tú ibas a 200 km/h. Hacia un muro.

¿Por qué montar la máquina es más divertido que vender?

Porque montar la máquina te da dopamina. Vender te da miedo.

Configurar un workflow es resolver un puzzle. Tiene lógica, tiene pasos, tiene ese momento mágico en el que le das a "run" y todo funciona. Es satisfacción inmediata. Es tangible. Es como pasarte tres días perfeccionando Notion y cero minutos vendiendo. La herramienta te hace sentir productivo sin tener que enfrentarte a lo que de verdad importa.

Vender, en cambio, es incómodo. Es exponerte. Es que alguien te diga "no me interesa" o, peor aún, que no te diga nada. Silencio. La nada. Tú ahí con tu producto y el mundo mirando para otro lado.

Así que vuelves a lo seguro. A la máquina. "Voy a añadir otra integración." "Voy a mejorar el dashboard." "Voy a automatizar el seguimiento de los leads que no tengo."

Y así pasan las semanas.

El síndrome de la tubería sin agua

Imagina que montas un sistema de riego profesional. Tuberías de cobre, válvulas automáticas, sensores de humedad, programador con app para el móvil. Todo perfecto. Ingeniería de primer nivel.

Y no tienes agua.

No hay fuente. No hay pozo. No hay nada que meter en la tubería. Pero tú sigues ahí, puliendo las válvulas, ajustando los sensores, reorganizando las tuberías por colores. Porque eso es lo que sabes hacer. Y porque enfrentarte al hecho de que no hay agua es demasiado doloroso.

Eso es automatizar antes de validar. Construir la tubería perfecta para un agua que no existe. Y luego sorprenderte de que el jardín siga seco.

Lo he visto cientos de veces. En otros y en mí. Montas el sistema, te enamoras del sistema, y el sistema se convierte en el producto. El producto real (ese que debería resolver un problema a alguien que te pague por ello) queda en segundo plano. En "ya lo valido cuando termine de montar esto".

Spoiler: nunca terminas de montar esto.

¿Y si simplificaras todo a lo que funciona?

Mira, la pregunta no es "¿cómo automatizo más?". La pregunta es "¿qué pasaría si hiciera todo esto a mano?".

Si tu respuesta es "no podría, porque tengo demasiados clientes", enhorabuena. Automatiza. Tienes un problema real que resolver.

Si tu respuesta es "bueno, podría, pero es que así es más profesional", para. Para ahora mismo. Porque el tío del kebab gestionaba 40 pedidos mejor que tú con 47 apps y lo hacía con tres montones y una memoria de elefante. No necesitaba un dashboard. Necesitaba servir kebabs.

Tú necesitas servir tu producto. A mano si hace falta. Con un Excel si es necesario. Con un papel y un bolígrafo si no queda otra. Porque la automatización es un lujo que te ganas cuando el proceso ya funciona. No antes.

Antes es decoración. Es procrastinación con disfraz de productividad. Es tu abuela sin Notion pero con sentido común mirándote desde arriba y preguntándose por qué necesitas 14 herramientas para hacer algo que se resuelve con una llamada de teléfono.

El orden es: funcionar primero, escalar después

Primero vendes uno. A mano. Con un email escrito por ti, sin template, sin automatización. Mandas la factura tú. Contestas tú. Entregas tú. Y aprendes. Aprendes qué funciona, qué no, qué preguntan, qué falta, qué sobra.

Después vendes diez. Sigues haciéndolo a mano, pero empiezas a notar patrones. "Siempre preguntan lo mismo." "Siempre se atascan en el mismo punto." "Siempre necesitan lo mismo después de comprar." Ahí tienes tu mapa. Ahí sabes qué automatizar.

Entonces, y solo entonces, montas la máquina. Porque ahora la máquina replica algo que ya funciona. No una fantasía. No un "creo que así debería ir". Un proceso real, probado, con datos y con clientes que lo han validado pagando.

Lo otro es jugar a las casitas. Con herramientas de verdad, sí. Pero casitas al fin y al cabo.

Automatizar el fracaso no lo convierte en éxito

Si tu producto no vende, automatizar el proceso de venta no va a hacer que venda. Va a hacer que no venda más rápido. Con métricas más bonitas. Con gráficas que bajan en tiempo real. Con alertas automáticas que te avisan de que nadie ha comprado hoy.

Qué maravilla de sistema.

Desmonta. Simplifica. Vuelve al principio. Habla con una persona. Véndele a una persona. Y cuando eso funcione, habla con dos. Y cuando eso funcione, busca cómo no tener que repetir la conversación 400 veces.

Eso es automatizar. Todo lo anterior es jugar a ser ingeniero sin tener edificio que sostener.

---

Si quieres simplificar cómo funciona tu cabeza cuando emprendes, tengo un truco gratis que me enseñó mi psicóloga. Sin trampa, sin pedir el correo si no quieres.

Relacionado

Sigue leyendo