Ser profesor con TDAH: cuando el que no puede estar quieto eres tú
Dar clase con TDAH es pedir atención a 30 alumnos cuando tu cerebro no te la da a ti. La ironía más grande de la educación.
Doy clase a 30 adolescentes que no quieren estar ahí.
Yo tampoco quiero estar ahí. La diferencia es que a mí me pagan. Y que mi cerebro está más disperso que el de algunos alumnos.
Ayer estaba explicando el tema 6. A la mitad del segundo párrafo me acordé de que no había puesto la lavadora. Luego pensé en si la lavadora hacía un ruido raro últimamente. Luego en que tenía que llamar al seguro del hogar. Luego en que no sé dónde dejé la póliza. Y cuando volví a mirar a la clase, una alumna me estaba preguntando algo y yo no tenía ni idea de qué.
"Perdona, ¿puedes repetir?"
La misma frase que yo le digo a ella cuando no me escucha.
Ironía pura.
¿Cómo das clase si no puedes prestar atención?
La gente cree que para ser profesor necesitas concentración infinita. Que te plantas delante de una clase, sueltas tu rollo, y listo.
No.
Dar clase con TDAH es como intentar pilotar un avión mientras alguien cambia las emisoras de radio cada 15 segundos. Estás explicando algo, ves que uno del fondo está con el móvil, otro habla con el de al lado, una te hace una pregunta que no tiene nada que ver, y tu cerebro intenta procesar todo a la vez. Todo. A la vez.
Y lo peor es que a veces lo consigues. Porque el TDAH también te da eso: la capacidad de captar 14 estímulos simultáneos. Lo malo es que no eliges cuáles. Tu cerebro decide que el ruido del pasillo es igual de importante que la pregunta del alumno de primera fila. Y tú ahí, intentando priorizar en tiempo real.
Hay días que salgo de clase pensando "ha salido genial". Y hay días que salgo pensando "no tengo ni idea de qué he explicado en la última media hora". Los dos días existen. Y los dos son reales.
La preparación de clases es un deporte de riesgo
Preparar una clase con TDAH es lo mismo que cualquier otra tarea con TDAH: la empiezas tres veces, la abandonas dos, y la terminas a las 11 de la noche del día anterior.
Tengo compañeros que preparan la semana entera el domingo. Abren su libreta, hacen un esquema por sesión, y el lunes a las 8 ya tienen todo listo. Yo el domingo a las 8 de la tarde todavía no he abierto nada. A las 9 abro el portátil. A las 9 y cuarto estoy leyendo un artículo sobre dinosaurios que no tiene nada que ver con mi asignatura. A las 10 entro en pánico. A las 11 tengo la clase preparada.
Y funciona. Funciona porque mi cerebro rinde bajo presión. Porque la urgencia es la única droga que me da dopamina suficiente para ejecutar.
Pero el coste es dormir cinco horas antes de un martes de seis horas de clase seguidas. Y luego tener que corregir exámenes. Con un cerebro que se distrae.
Corregir exámenes con TDAH debería ser considerado un deporte olímpico. Lees una respuesta, piensas "esto está regular", le pones un 6, pasas al siguiente, te das cuenta de que has leído la misma respuesta dos veces, vuelves atrás, no recuerdas qué nota le pusiste al anterior, lo buscas, pierdes el sitio, empiezas otra vez.
Tres horas para corregir lo que a un compañero le lleva una.
La ironía de pedir silencio cuando tu cabeza no se calla
Esta es la parte que más me jode.
"Chicos, atención." Lo digo 40 veces al día. Atención. Concentraos. Escuchad. Dejad los móviles.
Y mi cabeza, mientras tanto, tiene abiertas 30 pestañas. Estoy pensando en la clase, en lo que tengo que comprar para la cena, en si he contestado un email, en que me pica la rodilla, en que ese alumno tiene cara de no haber dormido, en que yo tampoco he dormido.
Pedir atención cuando tu cerebro no te la da a ti es como un chef que no sabe cocinar dando clases de cocina. Bueno, no. Es peor. Porque el chef al menos sabe que no sabe. Yo sé perfectamente lo que mis alumnos necesitan. Solo que mi cerebro no me deja dárselo de forma constante.
Y eso genera una culpa enorme. Porque hay días que sé que podría haberlo hecho mejor. Que si hubiera dormido más, si hubiera preparado más la clase, si no me hubiera dispersado en ese momento concreto, la explicación habría sido mejor. Y la culpa se acumula. Semana tras semana. Curso tras curso.
¿Y si justamente por eso eres mejor profesor?
Esto no me lo esperaba.
Pero es verdad. Los profesores con TDAH tenemos algo que los demás no tienen: entendemos a los alumnos que van perdidos.
Cuando veo a un chaval mirando por la ventana mientras explico, no pienso "este pasa de mí". Pienso "este tiene la cabeza en otro sitio y no puede evitarlo". Porque yo estoy igual.
Cuando una alumna me dice "es que no puedo concentrarme" no le suelto el clásico "pues esfuérzate más". Le pregunto qué le está distrayendo. Porque sé que la concentración no se elige. No es un grifo que abres y cierras. Es algo que tu cerebro decide darte o no, y tú solo puedes crear las condiciones para que sea más probable.
Los profesores con TDAH detectamos al alumno disperso en 30 segundos. Porque nos reconocemos. Es como un radar. Ves a ese chaval que está físicamente en clase pero mentalmente en Marte, y sabes exactamente qué está pasando dentro de su cabeza. Porque tú estás igual.
Y eso cambia tu forma de enseñar. Cambias de actividad cada 15 minutos porque sabes que la atención tiene fecha de caducidad. Usas humor porque sabes que un cerebro aburrido se desconecta. Preguntas más de lo que explicas porque sabes que escuchar es más difícil que participar.
No es pedagogía moderna. Es supervivencia compartida.
El problema de cambiar de trabajo cada vez que se complica
Hay un patrón con TDAH y las profesiones. He cambiado de trabajo 7 veces y no era falta de compromiso. Era un cerebro que necesita novedad o se apaga.
Y la educación es curiosa. Porque cada clase es diferente. Cada grupo es diferente. Cada curso es diferente. Y eso, para un cerebro TDAH, es gasolina. La novedad constante de que nunca sabes qué va a pasar cuando entras en un aula te mantiene enganchado.
Pero luego están las reuniones de departamento. Las actas. La burocracia. Los papeles. Las programaciones didácticas de 47 páginas que nadie lee. Y ahí tu cerebro se apaga como un Windows 98 cuando le pides demasiado.
La parte de dar clase es estimulante. La parte de no dar clase es una tortura administrativa que ni el teletrabajo ni la oficina resuelven del todo.
Ser profesor con TDAH no es un defecto
Es más difícil. Eso seguro. Preparar peor, corregir peor, distraerse más, cansarse antes. Todo eso es real y negarlo sería mentir.
Pero también es esto: entender al alumno que nadie entiende. Dar clases que no aburren porque tú eres el primero que se aburriría. Improvisar cuando el plan falla porque llevas toda la vida improvisando. Conectar con los que van perdidos porque tú también vas perdido a veces.
Hay síntomas de TDAH en adultos que no parecen TDAH. Ser un buen profesor puede ser uno de ellos. No porque el TDAH sea un superpoder. Sino porque cuando tu cerebro funciona diferente, aprendes a enseñar diferente. Y a veces eso es exactamente lo que el aula necesita.
Aunque te hayas dejado las llaves del departamento en el coche. Otra vez.
Si te has reconocido en esto y llevas tiempo pensando que tu cabeza funciona distinto, hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero son 10 minutos para dejar de darle vueltas.
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