Empezar una frase y olvidar cómo terminarla: el TDAH en conversación
Abres la boca, arrancas con confianza, y a mitad de frase tu cerebro se va. Olvidar lo que ibas a decir con TDAH no es despiste. Es tu día a día.
"Espera, espera, que lo tenía... era algo de... no, espera. Mierda, se me ha ido."
Lo digo al menos tres veces al día. Y la cara de la otra persona es siempre la misma. Esa mezcla de paciencia forzada y ganas de decir "¿en serio?". A veces incluso sonríen, como cuando un niño hace algo torpe. Qué mono, se le ha olvidado lo que iba a decir.
No es mono. Es frustrante hasta un nivel que no puedo explicar.
Porque no es que no supiera lo que iba a decir. Lo sabía perfectamente. Lo tenía montado en la cabeza como un Lego terminado: sujeto, verbo, remate. Todo en su sitio. Y en el milisegundo entre pensarlo y decirlo, algo ha pasado. Un ruido. Un pensamiento cruzado. La cara que ha puesto la otra persona. Cualquier cosa. Y el Lego se ha desmontado en el aire.
Ahora solo tengo tres piezas sueltas y ninguna idea de qué estaba construyendo.
¿Por qué tu cerebro te deja tirado a mitad de frase?
Porque hablar es más complicado de lo que parece.
Para decir una frase completa, tu cerebro tiene que hacer varias cosas a la vez. Mantener la idea principal. Elegir las palabras. Monitorizar la reacción de la otra persona. Controlar el tono. Recordar por dónde ibas. Y todo eso al mismo tiempo, en tiempo real, sin pausa.
Un cerebro neurotípico hace todo eso en segundo plano, sin esfuerzo consciente. Como respirar. Sale solo.
Un cerebro con TDAH hace todo eso con la mitad de RAM y el doble de pestañas abiertas. Y cuando uno de esos procesos en segundo plano roba demasiada atención, el que mantenía la frase en el aire se cae. Sin avisar. Sin red de seguridad.
Es como hacer malabares con cuatro pelotas y que alguien te lance una quinta. No la has pedido. No la querías. Pero tu cerebro la ha pillado al vuelo y ha dejado caer las otras cuatro. La frase era una de esas pelotas.
El catálogo de compensaciones ridículas
Cuando te pasa todos los días, desarrollas trucos. Ninguno es elegante. Todos son necesarios.
Está el clásico "bueno, da igual, no era importante". Mentira. Sí era importante. Pero es más fácil fingir que no que admitir que tu cerebro acaba de hacer un reseteo en directo.
Está el desvío de tema. Cuando pierdes la frase, arrancas con algo totalmente distinto que suene natural. "Bueno, el caso es que..." y rezas para que nadie se dé cuenta de que has cambiado de tema sin ningún motivo lógico.
Está el relleno. "O sea, lo que quiero decir es que..." mientras tu cerebro pedalea como loco intentando reconstruir la frase original. A veces vuelve. A veces no. A veces lo que reconstruyes no tiene nada que ver con lo que ibas a decir, pero suena lo suficientemente coherente como para que cuele.
Y está mi favorito: el silencio dramático. Te quedas callado un par de segundos y la otra persona asume que estás eligiendo bien las palabras, que lo que vas a decir es profundo. En realidad estás mirando al vacío con la cabeza completamente en blanco, esperando a que algo, lo que sea, vuelva a aparecer en la pantalla.
Nada de esto es normal. Pero cuando llevas 30 años haciéndolo, se convierte en tu normal. Y eso es lo jodido.
¿Por qué unas veces sí y otras no?
Esto es lo que descoloca a todo el mundo.
Porque hay conversaciones en las que eres una ametralladora verbal. Las palabras salen perfectas, con ritmo, con gracia, sin un solo tropiezo. Hablas durante diez minutos y la otra persona te mira pensando "¿este es el mismo tío que ayer se quedó en blanco diciendo qué quería de comer?"
Sí. Es el mismo tío.
Lo que cambia no es tu capacidad. Lo que cambia es la dopamina. Si el tema te engancha, si la conversación activa esa chispa química que tu cerebro necesita para funcionar, las palabras fluyen como si tuvieras un teleprompter invisible. Pero si el tema es neutro, si la conversación va de logística, de planes, de "¿qué hacemos el sábado?", tu cerebro se aburre antes de que termines la primera frase. Y se va.
No eliges cuándo tu cerebro coopera. Él decide. Y sus criterios no tienen nada que ver con lo que es importante, sino con lo que le resulta estimulante.
Por eso puedes contar una anécdota graciosa durante veinte minutos sin perder el hilo, pero no puedes explicar a tu pareja qué habéis quedado en hacer este fin de semana sin trabarte tres veces.
Lo que hay detrás del "no te acuerdas nunca de nada"
Cada frase perdida deja un residuo.
No es solo la vergüenza del momento. Es lo que se acumula después. La sensación de que no puedes confiar en tu propia cabeza. De que cualquier conversación es un campo de minas donde en cualquier momento tu cerebro puede dejarte plantado.
Y lo peor viene de fuera. Las frases de los demás. "Es que nunca terminas lo que dices." "Es que hablar contigo es como ver una película con cortes." "Es que no te enteras de nada."
No lo dicen con maldad. O sí, a veces sí. Pero da igual la intención. Lo que tú escuchas es: eres defectuoso. No funcionas como los demás. Tu forma de comunicarte es un problema.
Y después de escuchar eso suficientes veces, empiezas a hablar menos. A decir solo lo seguro. A evitar conversaciones largas donde la probabilidad de quedarte en blanco sea alta. A dejar que otros hablen por ti. A convertirte en el que escucha, no porque seas buen oyente, sino porque hablar se ha vuelto demasiado arriesgado.
Eso no es timidez. Es una estrategia de supervivencia.
¿Es esto TDAH o simplemente soy un desastre hablando?
Perder la frase una vez al mes le pasa a cualquiera. A tu vecino, a tu jefe, a Jordi Hurtado (bueno, a él probablemente no).
Pero perderla varias veces al día, todos los días, en conversaciones que te importan, con personas que te importan, y sentir que no puedes hacer nada para evitarlo, eso no es "soy despistado". Eso es un cerebro que procesa la información de forma diferente.
La memoria de trabajo con TDAH es así. Una pizarra diminuta que se borra cada vez que algo nuevo la distrae. Y cuando estás hablando, todo es nuevo. La reacción de la otra persona. El ruido de fondo. Tu propio pensamiento paralelo sobre si estás hablando demasiado rápido. Todo compite por ese espacio minúsculo. Y la frase que estabas diciendo pierde la batalla.
No es falta de inteligencia. No es hablar sin pensar, que es otro problema distinto. Es intentar pensar y hablar a la vez y que tu cerebro solo pueda hacer una de las dos cosas en cada momento.
Lo que ayuda (un poco)
No voy a mentirte diciendo que hay una solución mágica. No la hay. Tu cerebro va a seguir borrando frases a mitad de camino. Eso no cambia.
Lo que sí puedes cambiar es cómo reaccionas cuando pasa.
Decir "se me ha ido, espera un segundo" en vez de fingir que no ha pasado. Parece simple, pero cuesta. Porque admitir que has perdido el hilo es admitir algo que te da vergüenza. Pero la alternativa, improvisar algo que no era lo que ibas a decir, es peor. Siempre es peor.
Aceptar que tu cabeza funciona así no es rendirse. Es dejar de pelearte con algo que no controlas. Y curiosamente, cuando dejas de gastarte energía en disimularlo, a veces la frase vuelve. Porque la presión de "tengo que acordarme ahora mismo" es justo lo que impide que te acuerdes.
Es como cuando tu cerebro no se apaga por la noche. Cuanto más fuerzas, peor funciona. Cuanto más insistes en recordar la frase, más lejos se va.
Tu cerebro no es un enemigo. Es un compañero de piso caótico que pierde las llaves y olvida lo que le has pedido, pero de vez en cuando tiene ideas brillantes a las 3 de la madrugada.
Toca aprender a convivir con él. No a cambiarlo.
Si pierdes frases a mitad de camino y la gente a tu alrededor cree que es despiste, puede que no lo sea. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No te va a devolver las frases perdidas, pero puede ser el primer paso para entender por qué tu cerebro funciona así. 10 minutos.
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