He cambiado de trabajo 7 veces en 15 años y no es falta de compromiso

TDAH y cambiar de trabajo frecuente: no es que no sepas lo que quieres. Es un cerebro que necesita novedad cada 18 meses o se apaga solo.

Mi LinkedIn parece la cuenta atrás de una persona que no sabe lo que quiere.

Programador. Fotógrafo de bodas. Otra vez programador pero en otra empresa. Creador de contenido. Emprendedor. Otra cosa. Otra más.

Si lo miras desde fuera, la conclusión es obvia: "Este tío no se compromete con nada." Y es lo que me dijo mi padre, textualmente, hace unos años. En la cocina de su casa, con un café delante y esa cara de "hijo, me preocupas" que los padres españoles dominan como nadie.

"Rubén, tienes que sentar la cabeza."

Y yo pensando: tío, si es lo que más quiero. Pero mi cerebro no me deja.

¿Por qué los primeros meses son siempre geniales?

Hay un patrón que he repetido en cada uno de esos siete trabajos. Y no lo vi hasta que me diagnosticaron TDAH.

Los primeros meses son la hostia. Todo es nuevo. Cada día aprendes algo. Hay reuniones donde no sabes de qué van pero finges que sí y es emocionante. Hay gente nueva que conocer. Problemas nuevos que resolver. Tu cerebro está recibiendo dopamina a saco porque la novedad es su droga favorita.

Meses uno a seis: eres el nuevo. El que tiene ideas frescas. El que se queda hasta tarde porque le mola lo que hace. Tu jefe piensa "menudo fichaje". Tus compañeros piensan "qué tío más majo". Tú piensas "esta vez sí, esta vez me quedo aquí para siempre".

Meses seis a doce: la cosa se estabiliza. Ya conoces a todo el mundo. Ya sabes cómo funciona el sistema. Las reuniones son las mismas. Los problemas se repiten. La dopamina empieza a bajar.

Meses doce a dieciocho: la rutina se instala. Tu cerebro empieza a apagarse. Te levantas por la mañana y ya sabes exactamente cómo va a ser el día. Y eso, para un cerebro neurotípico, es comodidad. Para un cerebro TDAH, es la muerte.

Y entonces llega. Esa vocecita.

"Y si hago otra cosa..."

No es un pensamiento racional. No es un plan. Es tu cerebro diciéndote "oye, aquí ya no hay novedad, necesito estímulo nuevo o me voy a apagar como un Windows XP a las 9 de la mañana".

Y tú, que no sabes que tienes TDAH, lo interpretas como: "Es que no sé lo que quiero." "Es que me aburro de todo." "Es que no soy capaz de comprometerme."

No. Es que tu cerebro funciona con dopamina, no con nómina.

El empleado brillante que dura 14 meses

Ese era yo. En todas las empresas. El mismo ciclo.

Entraba con energía de supernova. Proponía ideas. Mejoraba procesos. Me quedaba hasta las tantas porque estaba enganchado al proyecto. Los jefes flipaban. "Rubén es muy bueno, ojalá se quede."

Y luego, como un reloj suizo, a los 14 meses me empezaba a morir por dentro.

No por el trabajo en sí. Por la ausencia de novedad. Mi cerebro necesita desafío constante, problemas nuevos, aprender algo que no sabía ayer. Y cuando un trabajo se convierte en repetir lo que ya sé, mi cerebro se desconecta. No porque quiera. Porque así funciona.

Y aquí viene la parte que jode: no es solo que te aburras. Es que empiezas a fallar. Porque un cerebro TDAH sin estímulo es un cerebro que no rinde. No es que no quieras hacerlo. Es que el interruptor no funciona. Y cuando empiezas a fallar en un sitio donde antes brillabas, la gente no piensa "le pasa algo". Piensa "se ha acomodado".

Y tú, que por dentro estás gritando, te lo crees.

¿Y los conflictos? Ah, los conflictos

Porque no solo cambiaba de trabajo por aburrimiento. También por conflictos.

La impulsividad del TDAH en un entorno laboral es como meter una granada en un cajón de oficina. La mayor parte del tiempo está ahí quieta. Pero de vez en cuando alguien dice algo en una reunión y tú, en lugar de pensar "voy a procesarlo y contestar con calma", abres la boca y sale lo que sale.

He dicho cosas en reuniones que un filtro normal habría pillado. He contestado emails que deberían haber dormido en borradores al menos una noche. He tenido discusiones con jefes que empezaban por un detalle absurdo y terminaban con yo diciendo algo que no podía retirar.

No porque sea mala persona. Porque mi cerebro procesa y reacciona a la misma velocidad. No hay pausa. No hay filtro. No hay ese momento de "espera, piénsalo bien" que la gente neurotípica tiene instalado de serie.

Y en estructuras rígidas, eso no se perdona. El tipo creativo que propone ideas locas y a veces la clava, genial. El mismo tipo cuando contesta mal a un superior, problema.

"Es que siempre tiene ideas pero nunca termina nada"

Esa frase me persigue.

La he oído en evaluaciones de rendimiento. La he leído en emails de feedback. La he pensado yo mismo mirándome al espejo un domingo por la noche antes de empezar otra semana en un trabajo que ya me quedaba pequeño.

Y es verdad. A medias.

Tengo ideas constantemente. Mi cerebro es una fábrica de ideas que funciona 24/7 sin descanso. El problema es que cada idea nueva compite con la anterior. Y la nueva siempre gana porque es nueva. Porque tiene novedad. Porque mi cerebro le da prioridad automática a lo desconocido sobre lo familiar.

Así que empiezo cosas. Muchas cosas. Y algunas las termino. Y otras se quedan a medias porque algo más brillante ha aparecido en el horizonte y mi cerebro ya está cabalgando hacia allí como un caballo salvaje sin riendas.

En un empleo por cuenta ajena, eso es un defecto. En emprendimiento, si lo gestionas, puede ser un motor.

¿Qué haces con un cerebro que pide cambio cada 18 meses?

Tres cosas que a mí me han funcionado. No son teoría. Son cosas que hago.

1. Buscar trabajos con variedad interna.

No todos los trabajos son iguales. Hay trabajos donde haces lo mismo cada día y hay trabajos donde cada semana es diferente. Si tienes TDAH, los primeros te van a matar. Los segundos te van a mantener vivo más tiempo. Cuando era fotógrafo de bodas, cada boda era un mundo. Gente diferente, lugares diferentes, problemas diferentes. Aguanté más que en cualquier oficina.

2. Crear novedad dentro del mismo puesto.

Esto lo aprendí tarde. Puedes hacer que un trabajo sea nuevo sin cambiar de trabajo. Proponer proyectos diferentes. Aprender una herramienta nueva. Cambiar de equipo internamente. Ofrecerte para cosas que no son tu responsabilidad. Básicamente, alimentar a tu cerebro con novedad sin tener que actualizar LinkedIn cada 14 meses.

3. El emprendimiento. Con matices enormes.

Porque emprender con TDAH es un deporte de riesgo sin seguro médico. Pero tiene una ventaja que ningún empleo te da: tú decides qué hacer cada día. Y cuando algo se vuelve rutinario, puedes pivotar. Puedes crear un producto nuevo. Puedes explorar un canal diferente. Tu cerebro tiene novedad constante porque tú la generas.

El riesgo es obvio: que pivotes demasiado, que empieces demasiadas cosas, que te disperses hasta no terminar nada. El emprendimiento con TDAH no es la solución mágica. Es una herramienta. Y como cualquier herramienta, si no sabes usarla, te haces daño.

Lo que mi CV realmente dice

Mi CV no dice "este tío no sabe lo que quiere".

Dice "este tío tiene un cerebro que necesita estímulo nuevo cada cierto tiempo para funcionar". Y durante 30 años, como nadie le explicó eso, fue saltando de sitio en sitio pensando que el problema era él.

No era él.

Era la información que le faltaba.

Si miras tu historial laboral y ves un patrón parecido. Si los primeros meses siempre son increíbles y después de un año empiezas a marchitarte. Si te han dicho "no te comprometes" tantas veces que ya te lo crees. Quizá el problema no es tu compromiso. Quizá es que llevas 30 años llamándote vago sin saber lo que realmente pasa.

Y el primer paso no es cambiar de trabajo otra vez. Es entender por qué lo haces.

Si te has reconocido en lo que acabas de leer, no te quedes con la duda. Un psicólogo o psiquiatra puede darte claridad de verdad.

Si tu CV parece un mapa de carreteras sin destino y llevas años pensando que el problema es que no te comprometes, quizá no es eso. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para empezar a entender por qué tu cerebro pide cambio constantemente.

Relacionado

Sigue leyendo