El socio que entró genial y salió dejándome el negocio patas arriba
Empezamos como amigos, montamos algo juntos, y al año no nos podíamos ni ver. Así funcionan las sociedades cuando nadie pone reglas.
Te voy a contar la historia del socio. Seguro que tienes la tuya, pero esta es la mía.
Nos conocíamos de antes. Buena onda, buenas ideas, los dos con ganas de comernos el mundo. Hicimos lo que hace todo el mundo: montamos algo juntos sin poner nada por escrito. Porque éramos amigos. Y los amigos no necesitan contratos.
Spoiler: los amigos son los que más necesitan contratos.
¿Cómo empieza una sociedad que va a acabar mal?
Empieza con entusiasmo. Mucho. Demasiado. Las primeras semanas son como una luna de miel. Todo mola, todo fluye, las ideas se multiplican, te sientes invencible porque ahora sois dos contra el mundo.
El problema empieza cuando la dopamina del principio se acaba. Y con TDAH, la dopamina del principio se acaba rápido. Un día me levanté y el proyecto ya no me emocionaba tanto. Pero a él sí. Y ahí empezó el desajuste.
Yo quería pivotar. Él quería seguir. Yo trabajaba a las 2 de la mañana con hiperfoco. Él trabajaba de 9 a 17 como una persona normal. Yo tomaba decisiones impulsivas. Él quería consensuarlo todo. Ni él estaba mal ni yo estaba mal. Éramos incompatibles y no lo sabíamos porque nunca habíamos hablado de cómo trabajamos.
Lo que nadie te dice sobre tener un socio con TDAH
Si tú tienes TDAH, tener un socio es complicado. No porque seas mal socio. Sino porque tu forma de funcionar es tan irregular que la otra persona no sabe a qué atenerse.
Un día eres un huracán de productividad. Entregas, creas, propones, avanzas más en 4 horas que la mayoría en una semana. Al día siguiente no puedes ni abrir el portátil. Y tu socio mira las horas que has trabajado esa semana y ve un desequilibrio que, en realidad, no existe. Porque tú en una noche de hiperfoco produces lo que él en tres días. Pero él no lo ve así.
Y ahí empieza el resentimiento. Silencioso. Lento. Como una gotera que no arreglas porque "no es para tanto". Hasta que el techo se cae.
Cómo se rompió todo
No fue una pelea épica. Fue peor. Fue un acumulado de conversaciones incómodas que no tuvimos, decisiones que tomé sin consultarle, y cosas que él asumió sin decirme. Un día me enteré de que había cambiado la estrategia de precios sin avisarme. Cuando le pregunté me dijo que "pensó que me parecería bien".
Y yo pensé: a mí también me parece bien cambiar cosas sin avisar. Porque mi cerebro funciona así. Actúo primero, consulto después. Pero cuando lo hace otro, me sienta como una patada.
La hipocresía del emprendedor con TDAH: quieres libertad total para ti y previsibilidad total del otro. Y eso no funciona.
Al final nos sentamos, después de meses evitando la conversación, y fue horrible. No por los gritos. Por la incomodidad. Porque los dos sabíamos que se había acabado y ninguno quería decirlo en voz alta.
Lo que me costó la lección
Dinero, tiempo y una amistad. Las tres cosas. El dinero se recupera. El tiempo no vuelve. Y la amistad... pues mira, no te voy a engañar, hace tiempo que no hablamos. No por rencor. Por vergüenza mutua. Por ese sabor raro que queda cuando dos personas que se llevaban bien descubren que no pueden trabajar juntas.
Me costó también confianza. Durante un par de años después no quería ni oír hablar de socios. Hacerlo todo solo era agotador, pero al menos sabía quién tenía la culpa cuando algo salía mal: yo.
Lo que ahora sé y ojalá supiera antes
Primero: pon todo por escrito. Todo. Quién hace qué, quién decide qué, qué pasa si uno quiere irse, cómo se reparten los beneficios, cómo se reparten las pérdidas. Especialmente las pérdidas. Porque cuando hay dinero todos sonríen. Cuando no lo hay, las sonrisas desaparecen rápido.
Segundo: habla de cómo trabajas antes de trabajar juntos. Si tienes TDAH, dilo. Explica que hay días que vas a ser un animal y días que vas a ser un mueble. Y pregúntale al otro si puede vivir con eso. Si dice "claro, sin problema" sin pensar, desconfía. Porque no ha entendido lo que le acabas de decir.
Tercero: monta un sistema de decisiones. Quién tiene la última palabra en qué áreas. Porque "lo decidimos todo juntos" significa "no decidimos nada rápido". Y en un negocio, la velocidad importa.
Y cuarto: acepta que puedes perder la amistad. Si no estás dispuesto a perderla, no montes un negocio con esa persona. Punto.
¿Es duro? Sí. ¿Es la verdad? También.
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