Sheeran y la estrategia del "100 canciones malas para una buena"
Ed Sheeran dice que tienes que escribir 100 canciones malas antes de una buena. No es humildad. Es el método de un cerebro TDAH que necesita volumen para.
Ed Sheeran tiene una teoría sobre la creatividad que suena absurda hasta que la piensas dos veces: "Tienes que escribir 100 canciones malas antes de escribir una buena."
No es humildad.
Es el método de un cerebro que necesita volumen para encontrar la calidad. Producir sin parar, filtrar después.
Y cuando lo ves desde fuera, desde la perspectiva de alguien que conoce cómo funciona un cerebro hiperactivo, la cosa tiene mucho más sentido de lo que parece.
¿Funciona la estrategia de producir mucho para encontrar lo bueno?
Depende de quién la aplica.
Para un cerebro neurotípico, escribir 100 canciones malas antes de una buena suena a masoquismo. A trabajo inútil. A tiempo tirado. La lógica sería: aprende la teoría, practica de forma inteligente, busca la calidad desde el principio. Menos cantidad, más enfoque.
Pero hay cerebros que no funcionan así.
Hay cerebros que no pueden evaluar la calidad en frío. Que necesitan estar en movimiento para pensar. Que pierden el hilo si se paran a analizar demasiado. Que se agarran a una idea mediocre durante semanas porque no pueden soltarla hasta que haya algo mejor que ocupe su sitio.
Para esos cerebros, el volumen no es un camino alternativo hacia la calidad. Es el único camino.
Y Ed Sheeran lo lleva aplicando desde los doce años.
El niño que grababa canciones en un cuarto sin ventanas
Sheeran empezó a componer con doce años. No porque tuviera claro que quería ser músico. Sino porque no podía parar.
Sus primeras grabaciones son, por decirlo con cariño, un desastre. Voces sin afinar, letras que no dicen nada, melodías que van a ningún sitio. Él mismo lo cuenta sin vergüenza, con esa energía de quien ya no tiene nada que demostrar.
Y siguió grabando. Una canción detrás de otra. Semanas, meses, años de canciones que no servían para nada. Que no iban a salir nunca. Que eran, en el mejor de los casos, ensayos de lo que vendría después.
La clave no era que cada canción mala lo acercaba matemáticamente a una buena. La clave era que el proceso de crear sin parar mantenía el motor encendido. Y un cerebro que necesita estímulo constante para funcionar no puede permitirse apagar el motor.
Pharrell Williams tiene algo parecido
Lo que parece desorganización es, en realidad, un sistema
Desde fuera, escribir cien canciones malas parece caos. Falta de criterio. Incapacidad de discriminar lo bueno de lo malo.
Pero en la práctica es lo contrario.
Es un sistema de filtrado. Produces en modo automático, sin juzgar, sin pararte a evaluar si esto vale o no vale. Y cuando tienes suficiente material, el filtro funciona solo. Lo bueno emerge porque hay suficiente volumen para que pueda emerger.
El problema de intentar evaluar mientras produces es que evaluar y crear son funciones opuestas. Cuando el juez entra en escena, el creador se calla. Y si tu cerebro ya tiene dificultades para mantener el foco, añadir un proceso de evaluación continua mientras creas es como intentar conducir con el freno de mano puesto.
Sheeran quitó el freno. Decidió que el trabajo de evaluar vendría después. Y esa decisión, que puede parecer una renuncia a la calidad, fue lo que le permitió encontrarla.
No muy diferente a lo que hace el hiperfoco en la zona: cuando el cerebro entra en ese estado de concentración intensa, el filtro externo desaparece. El tiempo se va. La autocrítica se silencia. Y el trabajo sale de una forma que en condiciones normales sería imposible replicar.
El talento no fue primero. El volumen sí
Hay una tendencia a pensar que los grandes artistas llegan a la calidad porque tienen talento innato. Que la calidad era inevitable. Que lo que los separa del resto es algo que llevan dentro desde el principio.
Pero el propio Sheeran desmonta ese relato.
Él no llegó a ser uno de los compositores más exitosos del mundo porque tenía un don especial que otros no tienen. Llegó porque escribió más canciones que casi cualquier otra persona de su generación. Porque cuando otros paraban, él seguía. No por disciplina. Por necesidad.
Y eso, que durante años parecía una rareza, una excentricidad, una forma de trabajar que nadie entendía bien, resulta ser exactamente el motor que lo llevó donde está.
Los que lo conocen de cerca cuentan que Sheeran nunca ha dejado de componer. No solo cuando está en modo trabajo. En cualquier momento. En una conversación, en un viaje, esperando en un aeropuerto. El cerebro no para. Las ideas no esperan.
Eso tiene un coste. También tiene un rendimiento.
Cien canciones malas no son un fracaso. Son el proceso
Si eres de los que tienen cuadernos llenos de ideas sin terminar. Proyectos a medias. Borradores que nunca ven la luz. Canciones, textos, diseños, planes que empezaste con energía y abandonaste antes de llegar al final.
Puede que lo estés viendo mal.
No son fracasos. Son las cien canciones malas que necesitabas escribir.
El problema no es la cantidad de cosas sin terminar. El problema es creer que terminar es el único indicador de que el proceso vale. Para ciertos cerebros, el proceso de producir es en sí mismo el trabajo. El output no es el destino, es el rastro que deja el motor mientras funciona.
Como Ed Sheeran cuando no encajaba en el colegio: el sistema educativo medía sus resultados, no su proceso. Y sus resultados eran malos porque estaba invirtiendo toda su energía en otro sitio. En componer. En crear. En acumular canciones malas que nadie iba a escuchar.
Hasta que empezaron a escucharlas.
La estrategia que no parece estrategia
Lo que hace que el método de Sheeran sea brillante es que no parece un método. Parece ausencia de método. Parece que simplemente hace lo que le da la gana, sin plan, sin criterio, sin estructura.
Y precisamente por eso funciona para un cerebro que se rebela contra la estructura rígida.
No es una estrategia que puedas aplicar siguiendo un manual de diez pasos. Es una forma de relacionarse con el trabajo que requiere aceptar algo incómodo: la mayoría de lo que produces no va a valer nada. Y eso está bien. Eso es exactamente lo que tiene que pasar para que lo bueno pueda aparecer.
La dificultad no está en producir mucho. La dificultad está en no juzgarte mientras lo haces.
En no comparar tu canción número tres con la canción número ochenta y siete de alguien que ya pasó por ese proceso. En no abandonar cuando lo que estás haciendo no está a la altura de lo que tienes en la cabeza.
Sheeran no tenía un plan maestro. Tenía un cerebro que no podía parar de crear y la suficiente presencia de ánimo para no luchar contra eso.
El resultado ya lo conoces.
Si tu cabeza tampoco para, si tienes ideas constantes que no sabes si son geniales o una pérdida de tiempo, puede que valga la pena entender cómo funciona ese motor antes de intentar apagarlo.
Analizar rasgos de personalidades conocidas es un ejercicio de normalización, no de diagnóstico. Si te ves reflejado, habla con un profesional.
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