La intensidad emocional de Serena Williams: TDAH en la pista central
Serena Williams tiene 23 Grand Slams y una intensidad emocional que desborda la pista. Sus explosiones y su hiperfoco competitivo tienen un patrón reconocible.
Hay un momento que mucha gente recuerda de Serena Williams.
No es uno de sus 23 Grand Slams. No es el saque que supera los 200 kilómetros por hora. No es la volea imposible que ni el árbitro se esperaba.
Es el momento en que pierde un punto y la cara se le descompone de una manera que no encaja con el protocolo de una pista de tenis de alto nivel. Los ojos. La mandíbula. Las manos. Todo el cuerpo grita algo que las reglas del deporte dicen que no deberías gritar.
Y la gente lo llama "falta de control".
Pero hay otra lectura posible.
¿Qué pasa cuando un cerebro siente todo al máximo?
Una de las características menos habladas del TDAH es la intensidad emocional.
No la agitación. No la impulsividad que todo el mundo conoce. La intensidad.
Los cerebros con rasgos de TDAH no sienten las cosas a medias. Cuando algo importa, importa de verdad, no en el sentido poético de la frase, sino en el sentido literal: el sistema nervioso se activa a un nivel que para la mayoría de personas es directamente desproporcionado. Un punto perdido en el cuarto set de una final se vive como una catástrofe. Una crítica menor duele como una traición. Una victoria pequeña se celebra como si fuera el último día en la Tierra.
No es teatro. No es falta de educación. Es un sistema emocional que opera sin regulador.
Serena Williams nunca ha hecho un diagnóstico público de TDAH. Esto es especulación basada en rasgos observables. Pero los patrones están ahí, y vale la pena mirarlos.
¿Qué dicen las explosiones emocionales sobre cómo funciona su cerebro?
El US Open de 2018. La final contra Naomi Osaka.
Serena recibe una advertencia del árbitro Carlos Ramos. Considera que es injusta. Y en lugar de asentir y seguir jugando, lo que hace es escalar. Conversar, discutir, exigir una disculpa que el árbitro no va a darle. Le llama "mentiroso" y "ladrón". Le cuesta un game.
La mayoría de analistas dijeron: "Perdió los nervios."
Pero lo que es interesante no es que perdiera los nervios. Es que no pudo no perderlos.
Ahí está la diferencia.
Un tenista sin ese patrón emocional puede sentir la misma rabia, reconocer que no le conviene expresarla, y apagar el botón. El coste emocional de apagarlo es alto, pero es posible.
Para un cerebro que no tiene ese regulador, la rabia que entra sale. Con más o menos desfase, con más o menos intensidad, pero sale. No porque quieras, sino porque el sistema de frenos no funciona igual que en los demás.
Serena Williams ha perdido partidos por eso. Ha perdido puntos por eso. Ha sido multada por eso.
Y también ha ganado 23 Grand Slams por lo mismo.
¿Cómo se convierte una característica del TDAH en el arma más poderosa del deporte?
El hiperfoco competitivo de Serena es, para entendernos, salvaje.
Cuando ella entra en un partido que importa, algo en su cerebro se activa que no tiene equivalente en el resto del circuito. Las jugadoras que le han ganado en encuentros sin trascendencia han perdido contra ella en finales que la gente esperaba que fueran simples. Porque Serena en una final y Serena en un partido cualquiera no son exactamente la misma persona.
Eso es hiperfoco.
El cerebro con TDAH tiene una relación extraña con la motivación. Los sistemas de recompensa funcionan de forma distinta. Las tareas rutinarias, sin urgencia, sin novedad, sin carga emocional, cuestan una barbaridad. Pero cuando el estímulo es lo suficientemente grande, cuando hay algo en juego, cuando el cerebro percibe que esto importa de verdad, la atención se bloquea con una precisión que a veces parece sobrehumana.
Un Grand Slam es el estímulo perfecto para ese tipo de cerebro.
No hay dispersión posible. No hay ruido. Solo la pelota, la pista y un objetivo que el cerebro ha decidido, sin consultarte, que es lo único que existe en el mundo en este momento.
El hiperfoco no elige siempre bien
¿Qué tiene que ver la crianza de Serena con cómo desarrolló ese cerebro?
El padre de Serena, Richard Williams, entrenó a sus dos hijas en las pistas de Compton antes de que ningún entrenador profesional se fijara en ellas. Lo hizo con una intensidad que a muchos les pareció excesiva. Partidos de madrugada. Repeticiones hasta que los movimientos eran automáticos. Un nivel de exigencia que habría aplastado a la mayoría de críos.
Pero Serena no se aplastó.
Y hay algo interesante en eso. Los cerebros con rasgos de TDAH a veces responden mejor a entornos de alta exigencia y alta novedad que a entornos estructurados y predecibles. La monotonía los mata. El reto los enciende.
Serena Williams creció en un entorno que era todo menos monótono. Y ese entorno quizás fue, sin que nadie lo planificara así, exactamente lo que ese cerebro necesitaba para no apagarse.
La parte que los titulares no cuentan
Serena ha hablado de la presión mental que supone competir al más alto nivel durante décadas. De los momentos en que la cabeza no para. De la dificultad de desconectar cuando el partido termina.
Ese es el otro lado del TDAH que nadie menciona cuando se habla de creatividad y talento.
La intensidad no tiene un interruptor.
Cuando el partido termina, el cerebro con ese patrón no dice: "Vale, ya hemos terminado, descansamos." Sigue rumiando el punto perdido en el séptimo juego del tercer set. Sigue reviviendo el intercambio con el árbitro. Sigue en el partido aunque el partido haya acabado hace tres horas.
Eso agota.
Serena Williams ha competido a ese nivel durante más de veinte años. Con ese sistema nervioso funcionando a máxima intensidad. Eso no es solo talento físico.
Eso es una forma diferente de existir en el mundo.
¿Qué nos dice Serena sobre el TDAH sin saberlo?
Que la intensidad emocional no es un defecto de carácter. Es un rasgo neurológico que puede destruirte o catapultarte según el contexto en que lo pongas a funcionar.
Que el hiperfoco competitivo es una ventaja real, medible, documentada en los resultados. No en los libros de autoayuda. En los marcadores.
Que el precio de ser ese tipo de persona es alto. Las explosiones cuestan. La incapacidad de desconectar pesa. Pero también puede ser que sin esa intensidad no existiera la leyenda.
Y que si alguna vez te han dicho que sientes las cosas demasiado, que eres demasiado intensa, demasiado explosiva, demasiado todo... puede que no sea un problema de personalidad.
Puede que sea la misma cosa que, en el contexto adecuado, te habría puesto encima de un podio.
Si te reconoces en ese patrón de intensidad emocional, de hiperfoco y de dificultad para regular lo que sientes, puede que valga la pena entender cómo funciona tu cerebro.
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