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Rembrandt: el pintor que se arruinó comprando cosas que no necesitaba

Rembrandt era el pintor más cotizado de Ámsterdam. Y se arruinó. No por dejar de pintar, sino por no poder dejar de comprar.

tdahfamosos

Rembrandt era el pintor más cotizado de Ámsterdam. Y se arruinó.

No porque dejara de pintar. No porque le faltara talento. No porque el mercado se hundiera. Sino porque no podía dejar de comprar. Armaduras, conchas exóticas, grabados japoneses, animales disecados, bustos romanos, minerales raros. Un cerebro que coleccionaba obsesiones como otros coleccionaban deudas.

Y al final, coleccionó las dos cosas.

¿Qué hacía Rembrandt con todo lo que compraba?

Rembrandt tenía lo que en el siglo XVII se llamaba un "gabinete de curiosidades". Básicamente, una habitación llena de cosas que no servían para nada práctico pero que su cerebro necesitaba tener cerca.

Pieles de león. Cascos de samurái. Globos terráqueos. Armas medievales. Conchas marinas de lugares que nunca visitaría. Esculturas clásicas que costaban más que lo que ganaban la mayoría de familias holandesas en un año.

¿Usaba todo eso para pintar? A veces. Aparecía un casco aquí, una tela allá. Pero la mayoría de objetos no tenían ninguna función artística. Los compraba porque su cerebro le decía "necesitas esto ahora" y él obedecía. Sin presupuesto. Sin filtro. Sin la más mínima capacidad de decirse "Rembrandt, tío, que no te hace falta un cocodrilo disecado".

Si alguna vez has abierto Amazon a las dos de la mañana y has comprado algo que no sabías que existía cinco minutos antes, ya sabes de qué estoy hablando. Solo que Rembrandt lo hacía en subastas del siglo XVII, y en vez de gadgets de veinte euros, compraba antigüedades que valían fortunas.

¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Rembrandt?

Vamos a dejar algo claro: Rembrandt vivió en el siglo XVII. No hay diagnóstico. No hay historial clínico. Lo que hay es un patrón de comportamientos que, vistos con los ojos de hoy, encajan demasiado bien como para ignorarlos.

La impulsividad financiera. Este hombre ganaba cantidades obscenas de dinero. Era el retratista más demandado de los Países Bajos. Cobraba cifras que otros pintores ni soñaban. Y aun así, se declaró insolvente en 1656. No porque no ganara. Sino porque gastaba más rápido de lo que entraba. Compras compulsivas, inversiones absurdas, incapacidad total de gestionar el dinero. Si eso no te suena a algo que le pasa a mucha gente con un cerebro disperso, no sé qué te va a sonar.

La productividad brutal. Más de seiscientas pinturas. Trescientos grabados. Dos mil dibujos. Rembrandt no paraba. Su producción es absurda incluso para los estándares de su época. Era como si su cerebro tuviera un motor que funcionaba a todas horas y la única forma de no explotar fuera sacar todo lo que tenía dentro a través del pincel.

La reinvención constante. Rembrandt no pintaba igual a los treinta que a los cincuenta. Y no es que evolucionara poco a poco, como la mayoría. Cambiaba de estilo de golpe. Del detalle milimétrico del barroco holandés pasó a una técnica casi expresionista, con pinceladas gruesas y texturas que sus contemporáneos no entendían. Los críticos de la época decían que sus cuadros parecían "sin acabar". Él seguía a lo suyo. Su cerebro había encontrado algo nuevo que le excitaba y lo demás le daba exactamente igual.

Los autorretratos obsesivos. Más de noventa. Noventa veces se pintó a sí mismo a lo largo de su vida. Joven, viejo, disfrazado, desnudo emocionalmente. Como un diario visual donde iba documentando cada versión de sí mismo. Una especie de Instagram del siglo XVII pero con óleo en vez de filtros. Si eso no es un cerebro que necesita procesarse a sí mismo una y otra vez, no sé qué es.

El genio que no podía mantener su propio éxito

Esta es la parte que más duele. Porque Rembrandt no fracasó por falta de talento. Fracasó porque las mismas decisiones impulsivas que le hacían genial como artista le destruían como persona.

Compró una mansión enorme en el centro de Ámsterdam cuando todavía no la podía pagar. Asumió que seguiría ganando lo mismo siempre. No lo hizo. Los encargos bajaron, las deudas subieron, y el gabinete de curiosidades siguió creciendo porque su cerebro no sabía decir que no.

En 1656 lo perdió todo. La casa. La colección. Hasta parte de sus propias obras las subastaron para pagar a los acreedores.

Y aquí viene lo que me fascina: siguió pintando.

Arruinado, desprestigiado, viviendo en un barrio humilde de Ámsterdam, Rembrandt siguió produciendo algunos de los mejores cuadros de la historia del arte. Porque el dinero se acabó, pero el motor no. El cerebro que le metió en problemas era el mismo cerebro que no sabía rendirse.

Eso tiene un nombre en el mundo TDAH: la paradoja del hiperfoco. La misma intensidad que te arruina es la que te salva. Solo que no eliges cuándo aparece ni hacia dónde apunta.

Lo que Rembrandt nos cuenta sin saberlo

Que la impulsividad no es solo "hacer cosas sin pensar". Es un patrón que puede destruir tu economía, tus relaciones y tu reputación mientras al mismo tiempo alimenta tu mejor trabajo.

Que la productividad extrema y la ruina financiera pueden convivir en la misma persona. Que puedes ser el mejor en lo tuyo y un desastre gestionando todo lo demás.

Y que un cerebro que no para de crear, de comprar, de cambiar, de obsesionarse, no es un cerebro defectuoso. Es un cerebro que necesita entender cómo funciona para no acabar subastando sus propias obras para pagar deudas.

Rembrandt nunca tuvo esa información. Tú sí puedes tenerla.

Seiscientas pinturas. Noventa autorretratos. Una bancarrota. Y algunos de los cuadros más importantes que ha producido la humanidad.

Todo salió del mismo sitio: un cerebro que no sabía parar.

Si alguna vez te has preguntado por qué compras cosas que no necesitas, por qué cambias de proyecto cada tres meses, o por qué puedes ser brillante en lo tuyo y un desastre en todo lo demás, puede que no sea falta de disciplina. Puede que sea tu cerebro.

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