Pomodoro con TDAH: por qué 25 minutos es demasiado (y cuál es tu número)

La técnica Pomodoro clásica no funciona con TDAH. 25 minutos puede ser una eternidad o quedarse corto. Cómo encontrar tu número real.

Compré un temporizador de cocina con forma de tomate.

No es broma. Un tomate rojo de plástico con los números del 1 al 60 alrededor. Lo puse encima de la mesa, le di cuerda hasta el 25, y me senté a trabajar.

Duré siete minutos.

Siete minutos hasta que me levanté a por agua. Tres minutos en la cocina mirando la pared. Volví a la mesa, vi el tomate girando con sus 15 minutos restantes, y sentí algo entre culpa y rabia. Como cuando llegas tarde a una cita y el reloj te mira con esos ojos de "otra vez".

El Pomodoro clásico dice: 25 minutos de trabajo. 5 de descanso. Repite. Simple. Elegante. Inventado por un tío que probablemente podía sentarse 25 minutos sin que su cerebro decidiera que ahora es buen momento para preguntarse cómo se llama el actor de aquella peli que viste en 2014.

Para un cerebro con TDAH, 25 minutos no es un número neutral. Es una trampa.

¿Por qué 25 minutos no funciona con TDAH?

Porque asume que puedes arrancar.

Ese es el problema base. La técnica Pomodoro fue diseñada para cerebros que pueden decidir empezar algo y empezarlo. Que tienen un nivel de dopamina mínimo disponible para decir "venga, 25 minutos, puedo con esto".

Un cerebro con TDAH no siempre tiene eso. Hay días en los que abrir el portátil ya es un logro. En los que mirar la tarea pendiente y sentir algo que no sea pánico requiere un esfuerzo que nadie ve. Y entonces te pones un timer de 25 minutos y a los tres ya estás pensando "me quedan 22, esto es eterno, no puedo, no voy a poder".

No es que seas débil. Es que tu cerebro no funciona con disciplina, funciona con dopamina. Y 25 minutos sin dopamina es como pedirle a alguien que corra un kilómetro sin zapatillas. Se puede. Pero duele.

Y luego está el otro problema. El inverso.

¿Qué pasa cuando estás en hiperfoco y suena el timer?

Te quieres morir.

No literalmente. Pero algo así. Estás en la zona. Llevas cuarenta minutos sin mirar el móvil, sin levantarte, sin pensar en nada que no sea lo que estás haciendo. Tu cerebro ha decidido que esto es lo más interesante del universo y está metido hasta las cejas.

Y suena el tomate.

Parar ahí es un crimen. Tu cerebro ha tardado quién sabe cuánto en engancharse, y ahora le dices que pare porque un italiano decidió en los 80 que 25 minutos era el número perfecto. Tu hiperfoco no entiende de timers. No negocia. No elige cuándo aparece ni cuándo se va. Y cuando está, interrumpirlo es como desenchufar un ordenador a mitad de una descarga. Pierdes el progreso y no sabes si va a volver.

Así que tienes dos escenarios opuestos y la misma técnica intentando servir para los dos. Es como usar el mismo paraguas para la lluvia y para el sol. Técnicamente cubre, pero no resuelve nada.

¿Cómo encontrar tu número?

Aquí viene lo que nadie te cuenta: tu número no es fijo.

No hay un "la técnica Pomodoro adaptada a TDAH es de 15 minutos". Tu número cambia cada día. A veces cada hora. Depende de la tarea, de cómo hayas dormido, de si has comido, de si estás ansioso, de si el tema te interesa o te aburre hasta la médula.

Pero hay un punto de partida.

Empieza con 10 minutos. En serio. Diez. Parece ridículo. Parece poco. Pero diez minutos es lo suficientemente corto como para que tu cerebro no entre en pánico. "Son solo diez minutos" es una frase que tu cabeza puede aceptar sin pelear.

Y aquí viene la magia: la mayoría de las veces, cuando llegas a los 10 minutos, sigues. Porque el problema nunca fue aguantar. El problema era empezar. Y diez minutos es un precio de entrada lo suficientemente bajo como para que tu cerebro lo pague.

Es lo mismo que decirte "solo 5 minutos" para engañar a tu cerebro. No estás siendo vago por necesitar un timer más corto. Estás siendo listo.

¿Timer como ancla o como cárcel?

Esta distinción lo cambia todo.

El Pomodoro clásico usa el timer como cárcel. Estás dentro 25 minutos. No sales. No miras el móvil. No te levantas. Y cuando suena, tienes 5 minutos de patio.

Con TDAH, necesitas que el timer sea un ancla. Algo que te recuerde que estás haciendo algo. No que te obligue a seguir.

La diferencia es sutil pero enorme. Un ancla dice "oye, llevas 10 minutos trabajando, ¿quieres seguir?". Una cárcel dice "te quedan 15 minutos y no puedes irte". La primera te da control. La segunda te lo quita. Y un cerebro con TDAH necesita sentir que tiene control, porque si siente que está atrapado, va a querer escapar.

Así que usa el timer al revés. No para contar cuánto te queda. Para contar cuánto llevas.

Pon un timer silencioso. Que cuente hacia arriba. Que te avise cada 10 o 15 minutos con un sonido suave. Y en ese momento decides: ¿sigo o paro? Si estás en hiperfoco, sigues. Si estás desconectado, paras, descansas, y vuelves a empezar.

Sin culpa. Sin sentir que has fallado porque no llegaste a 25. Porque 10 minutos de trabajo real son infinitamente más que 25 minutos de estar sentado delante de la pantalla odiándote por no poder concentrarte.

¿Y los descansos?

Los descansos son tan importantes como el trabajo. Más, probablemente.

Pero un descanso con TDAH no puede ser "mira el móvil 5 minutos". Porque sabes perfectamente qué pasa. Abres Instagram "un momento" y cuando levantas la cabeza han pasado 40 minutos y ya no recuerdas qué estabas haciendo.

El descanso tiene que ser físico. Levantarte. Moverte. Estirarte. Ir a por agua. Salir al balcón un minuto. Algo que cambie el contexto sin darte un estímulo más interesante que el trabajo al que tienes que volver.

Porque el problema del descanso digital es que compite con la tarea. Tu cerebro compara: "puedo volver a escribir ese informe o puedo ver un vídeo de gatos". No hay competición. El vídeo gana siempre. Y el descanso de 5 minutos se convierte en una hora de scroll.

El método que de verdad funciona

No tiene nombre bonito. No tiene tomate. Pero funciona.

1. Elige una tarea. Solo una. La más pequeña si estás en un día malo. 2. Pon un timer de 10 minutos contando hacia arriba. 3. Trabaja. Si a los 3 minutos te levantas, vuelve. Sin drama. 4. Cuando suene, decide: ¿sigo o paro? 5. Si paras, descanso físico. Nada de pantallas. 6. Repite.

Algunos días harás cuatro bloques de 10 minutos y sentirás que no has hecho nada. Pero habrás hecho 40 minutos de trabajo real. Que es más de lo que haces en una tarde entera de "intentar concentrarte" sin sistema.

Otros días el primer bloque de 10 se convertirá en 90 sin que te des cuenta. Y esos días, no pares. El hiperfoco es un regalo que aparece cuando le da la gana. Cuando llega, aprovéchalo.

El truco está en dejar de compararte con un sistema que no fue hecho para ti. Tu concentración es fragmentada, y eso no es un fallo. Es una característica. Y cuando diseñas un sistema alrededor de eso en vez de contra eso, todo cambia.

No necesitas 25 minutos para ser productivo. Necesitas 10 minutos honestos y la flexibilidad de ajustar según lo que tu cerebro te dé ese día.

El tomate de plástico, por cierto, ahora lo uso para controlar la cocción de la pasta. Para eso sí van perfectos los 25 minutos.

Lo que cuento aquí es experiencia personal, no consejo médico. Un profesional puede darte respuestas que un blog no puede.

Si la técnica Pomodoro te hace sentir que fallas cada vez que lo intentas, el problema no eres tú. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para entender cómo funciona tu cerebro de verdad y dejar de forzarlo a encajar en métodos que no le van.

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