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Pelé vs Maradona: dos genios del fútbol con cerebros que no sabían parar

Pelé y Maradona dominaron el fútbol con estilos opuestos pero un cerebro parecido. Impulsividad, hiperfoco y genialidad sin freno.

tdahfamosos

Uno marcó más de mil goles con elegancia sobrenatural. El otro driblaba a medio equipo con rabia pura. Los dos compartían algo que va más allá del talento.

Y no estoy hablando de la zurda, ni de los títulos mundiales, ni de la capacidad de hacer cosas con un balón que parecían ilegales.

Estoy hablando de un cerebro que no sabía parar.

¿Qué compartían Pelé y Maradona más allá del fútbol?

Pelé era orden aparente. Sonrisa, relaciones públicas, marca personal antes de que existiera el concepto. Pero debajo de esa imagen había un tipo que no podía dejar de competir. Que jugó más de 1.300 partidos oficiales porque retirarse era físicamente incapaz de procesarlo. Que cuando se retiró del Santos, se fue al Cosmos de Nueva York porque su cabeza necesitaba más. Siempre más.

Maradona era caos visible. Impulsividad a flor de piel. El gol con la mano y la jugada del siglo en el mismo partido, separados por cuatro minutos. Cuatro. La capacidad de tomar la peor decisión y la mejor decisión en el mismo cuarto de hora es algo que cualquiera con TDAH reconoce al instante.

Los dos vivían en extremos. Los dos necesitaban estímulo constante. Los dos eran incapaces de hacer las cosas a medias.

Y eso no es solo talento. Es un tipo de cerebro.

El hiperfoco que te convierte en leyenda

Pelé empezó a jugar al fútbol descalzo en las calles de Três Corações, un pueblo pequeño del sur de Brasil. No tenía balón. Jugaba con una media rellena de periódicos atada con un cordel. Cuando otros niños se iban a hacer cualquier otra cosa, él seguía ahí. Horas. Solo con la media.

Eso no es disciplina infantil. Eso es hiperfoco. Un cerebro enganchado a un estímulo que le da dopamina y que es incapaz de soltar hasta que la batería se agota del todo.

Con quince años ya era profesional. Con diecisiete ganó un Mundial. Un Mundial. A los diecisiete.

Maradona, exactamente igual pero por otra vía. De chico hacía malabares con una naranja en Villa Fiorito, uno de los barrios más duros de Buenos Aires. Los vecinos se juntaban a verle. No porque fuera un prodigio planificado. Sino porque ese niño no podía dejar de tocar la pelota. No era una elección. Era una necesidad neurológica disfrazada de vocación.

El hiperfoco en el deporte es una trampa preciosa. Te lleva a la cima más rápido que nadie. Pero cuando el estímulo desaparece, cuando el campo se apaga y las gradas se vacían, te quedas con un cerebro que sigue pidiendo la misma intensidad y no la encuentra.

La impulsividad que marca goles y también destrozos

La jugada del siglo de Maradona contra Inglaterra no fue planificada. No fue un esquema táctico ensayado en el entrenamiento. Fue un tipo que cogió el balón en su propio campo y decidió, en una fracción de segundo, que iba a ir a por todos. Uno por uno. Sin pensar en el riesgo. Sin calcular probabilidades.

Eso es impulsividad pura convertida en genialidad.

Pero la misma impulsividad que te hace regatear a seis jugadores es la que te mete en problemas fuera del campo. Maradona lo demostró durante décadas. Decisiones instantáneas, sin filtro, sin freno. Algunas fueron goles legendarios. Otras fueron autodestrucción en directo.

Pelé canalizaba la impulsividad de otra forma. Más contenida en la superficie, pero igual de presente. Su récord de goles no viene de ser metódico. Viene de un instinto que disparaba antes de que la cabeza pudiera analizar. Los grandes goleadores no piensan. Sienten. Y cuando el balón llega, el cerebro ya ha tomado la decisión.

Es lo mismo que pasa con Maradona y Muhammad Ali. Dos genios impulsivos en deportes diferentes, pero con la misma incapacidad de funcionar a media velocidad.

El precio de no poder bajar el volumen

Pelé tuvo problemas financieros absurdos para alguien que fue el deportista más famoso del planeta durante veinte años. Inversiones impulsivas, negocios mal calculados, confianza ciega en gente equivocada. El mismo cerebro que te hace tomar decisiones brillantes en una fracción de segundo dentro del campo te hace tomar decisiones terribles fuera de él. Porque el mecanismo es el mismo. Solo cambia el contexto.

Maradona ni se molestó en disimularlo. Su vida fuera del fútbol fue una montaña rusa sin cinturón de seguridad. Excesos, adicciones, conflictos, reconciliaciones. Todo a lo grande. Todo al máximo volumen. Porque un cerebro que funciona así no tiene botón de "modo ahorro de energía".

Es algo que se repite en deportistas de élite. Kobe Bryant y Michael Jordan compartían esa misma obsesividad, esa incapacidad de conformarse con lo normal. La diferencia entre genio y autodestrucción muchas veces es solo cuestión de hacia dónde apunta la intensidad.

Dos estilos, el mismo cableado

Lo fascinante de comparar a Pelé y Maradona no es decidir quién fue mejor. Eso da igual. Lo fascinante es que llegaron a la cima por caminos opuestos con el mismo tipo de cerebro.

Pelé era fluido. Maradona era explosivo. Pelé parecía que el juego se adaptaba a él. Maradona forzaba al juego a adaptarse. Pelé era elegancia. Maradona era terremoto.

Pero los dos compartían la misma hambre insaciable de estímulo. La misma incapacidad de hacer algo a medio gas. La misma tendencia a hiperfocalizarse en lo que les daba dopamina hasta las últimas consecuencias.

Y los dos pagaron un precio fuera del césped. Porque nadie te enseña qué hacer con un cerebro así cuando no hay balón, no hay público, no hay adrenalina. Solo silencio. Y el silencio, para un cerebro que no sabe parar, es lo más ruidoso que existe.

Es algo parecido a lo que vivió Andrés Iniesta. Un genio absoluto dentro del campo que fuera de él tuvo que lidiar con una cabeza que no le daba tregua.

Lo que Pelé y Maradona nos enseñan sin querer

Que el talento puro no existe. Lo que llamamos talento muchas veces es un cerebro que procesa de forma diferente, que se engancha a lo que le apasiona con una intensidad que los demás no pueden ni imaginar, y que convierte esa intensidad en algo que parece sobrehumano.

Que la genialidad y el caos son dos caras de la misma moneda. No puedes tener la creatividad explosiva de Maradona sin la impulsividad destructiva. No puedes tener la consistencia sobrehumana de Pelé sin la obsesión que lo consumía fuera del campo.

Y que los cerebros que no encajan en el molde son los que acaban redefiniéndolo. Mil goles o el gol del siglo. Da igual cómo lo midas. Ninguno de los dos fue normal. Y por eso cambiaron el deporte para siempre.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro no para, que va más rápido que el resto, que o estás a tope o estás a cero sin término medio, puede que no sea un fallo. Puede que solo necesites entender cómo funciona.

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