No puedo ver una película entera sin mirar el móvil
Abres Netflix, pones la película, y a los diez minutos ya estás mirando el móvil sin saber por qué. No es vicio. Tiene otra explicación.
Pones la película. Te tumbas en el sofá. Te haces la promesa silenciosa de que esta vez sí, esta vez te quedas quieto y la ves entera.
Diez minutos después estás mirando el móvil.
No sabes ni cuándo lo has cogido. Estaba en la mesita. Lo has visto. O lo has notado. O simplemente tu mano se ha movido sola, como si tuviera vida propia, y de repente estás en Instagram viendo un vídeo de un tío que hace origami de pingüinos y la película sigue de fondo sin que te importe lo más mínimo.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que la película te estaba gustando.
¿Por qué no puedes simplemente... ver una película?
Esta es la pregunta que lleva tiempo haciéndote daño. Porque parece una pregunta de tontería, ¿no? Ver una película. Es lo más pasivo del mundo. No requiere esfuerzo. No tienes que producir nada. Solo tienes que estar ahí, en el sofá, y dejar que las imágenes pasen. Los niños de cinco años lo hacen. Las personas de ochenta años lo hacen. Cualquier persona normal puede ver una película de dos horas sin pestañear.
Y tú, que supuestamente eres adulto y funcional, no puedes pasar de los veinte minutos sin que tu cerebro empiece a buscarse otra cosa.
La respuesta que te has dado a ti mismo hasta ahora probablemente ha sido alguna de estas: "Es que soy adicto al móvil", "Es que me falta disciplina", "Es que esta generación ya no sabemos concentrarnos".
Ninguna de esas es la respuesta real. O al menos, no la completa.
Lo que está pasando en tu cabeza mientras "ves" la película
A ver, vamos a hablar de lo que realmente ocurre.
Tu cerebro, cuando procesa información, necesita un cierto nivel de activación para mantenerse enganchado. No demasiado, porque si es agobiante te bloqueas. No demasiado poco, porque si es aburrido se desconecta. Hay una franja en la que tu atención funciona bien, y cuando la estimulación está por debajo de esa franja, tu cerebro busca activamente otra cosa que la supla.
Una película, por muy buena que sea, tiene silencios. Tiene planos lentos. Tiene escenas de transición. Tiene momentos de pausa dramática que son preciosos cinematográficamente y que para tu cerebro son como un semáforo en rojo: parada completa, oportunidad de escapar.
Y en ese microsegundo de pausa, el móvil gana.
El móvil no gana porque seas débil. Gana porque está diseñado para ganar. Tiene notificaciones, tiene scroll infinito, tiene variedad constante, tiene recompensa inmediata. Es dopamina empaquetada en un rectángulo de cristal. Para un cerebro que ya tiene problemas para regular su propio nivel de activación, el móvil es literalmente irresistible en cuanto baja la guardia un milisegundo.
O sea, no estás eligiendo el móvil. Tu cerebro lo está eligiendo por ti. Ya sabes, es ese gato que va donde le da la gana sin pedirte permiso.
La trampa de culparte del móvil
He hablado con mucha gente que tiene este problema y la solución que se dan siempre es la misma: "Voy a poner el móvil en otra habitación".
A veces funciona. Unos días. Y luego el patrón vuelve, solo que ahora en vez de mirar el móvil estás pensando en cosas, o te levantas a por agua, o de repente te acuerdas de que tienes que contestar un correo y lo mejor es que te lo apuntes ahora para no olvidarlo, y para apuntarlo necesitas el móvil, y ya estás.
El móvil no es el problema. Es el síntoma.
El problema es que tu cerebro no está regulando bien la atención. Y cuando eso pasa, da igual que elimines el móvil: tu cabeza encontrará otra vía de escape. Lo lleva haciendo toda tu vida. Antes de que existieran los móviles, lo hacía con otras cosas.
Si te distraes con cualquier cosa sin importar el contexto, el patrón no es el entorno. Eres tú. Y eso no es un insulto. Es información.
Esto no es solo "la generación del scroll"
Pues mira, una cosa que escucho mucho: "Es que todos somos así ahora. Las pantallas nos han destrozado la capacidad de atención".
Parcialmente cierto. Las pantallas sí tienen un efecto. Pero no explica por qué hay personas que pueden ver tres episodios seguidos de una serie sin moverse del sofá y hay otras que no pueden terminar un episodio de cuarenta minutos sin revisar el móvil cuatro veces.
No es el mismo problema. O al menos no tiene la misma raíz.
Hay gente para la que esto es un hábito que se puede corregir con algo de disciplina. Y hay gente para la que esto es un patrón neurológico que lleva toda la vida operando en silencio. Y a mucha gente le cuesta todo más que a los demás no porque sean perezosos, sino porque su cerebro necesita una estimulación constante que el entorno no siempre le da.
Lo mismo pasa con leer. Si no puedes leer más de cinco minutos sin que la mente se vaya a otro lado, es el mismo mecanismo. Tu atención busca estimulación y el libro o la película no siempre la proporcionan al ritmo que tu cerebro necesita.
¿Y si esto tiene nombre?
Voy a decirte lo mismo que le digo a quien me cuenta esto.
Esa incapacidad de sostener la atención en algo que te gusta, que no es aburrido, que elegiste tú mismo ver. Ese patrón que se repite en las películas, en los libros, en las conversaciones largas, en el trabajo, en las reuniones. Ese saltar de una cosa a otra como si tu cerebro tuviera una batería de dos minutos.
En muchos casos, eso tiene nombre. TDAH. Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.
No te pongo esa etiqueta yo. No soy médico y esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si algo de lo que lees aquí te suena demasiado familiar, lo correcto es hablar con un psicólogo o psiquiatra que pueda evaluarte de verdad.
Pero lo que sí puedo decirte es que cuando yo entendí por qué mi cerebro funcionaba así, todo cambió. No de la noche a la mañana. No mágicamente. Pero por primera vez dejé de pensar que el problema era que "no tenía fuerza de voluntad para ver una puñetera película" y empecé a entender que había algo más profundo que merecía atención.
Si tienes TDAH y no lo sabes, llevas años culpándote de cosas que no son culpa tuya. Eso cansa. Y tiene solución, o al menos, tiene contexto. Y si al final no es TDAH, también ganas: descartaste una opción y puedes buscar en otra dirección.
De las dos formas, la información te pone en mejor posición que la culpa.
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