Necesito cambiar de trabajo cada pocos años: me aburro y pierdo interés

Empiezo un trabajo con toda la energía. Pero al año y medio estoy contando los días. No es inmadurez. Es que mi cerebro necesita novedad para funcionar.

Primer mes en un trabajo nuevo: soy el empleado del año. Llego antes que nadie. Me quedo más que nadie. Aprendo todo. Propongo ideas. Mis jefes piensan que han fichado a un crack.

Mes seis: sigo rindiendo bien, pero la chispa inicial ya no está. Las tareas que antes me parecían estimulantes ahora son rutina. Pero bueno, es normal, ¿no? Todos pasan por eso.

Mes doce: empiezo a mirar ofertas de trabajo en LinkedIn "solo para ver qué hay". No es que quiera irme. Es que algo dentro de mí ya está buscando la siguiente cosa.

Mes dieciocho: me voy. Otra vez.

¿Es normal querer cambiar de trabajo cada poco tiempo?

A ver, cambiar de trabajo no es malo per se. Hay quien lo hace por crecimiento, por dinero, por oportunidad. Eso es estrategia.

Lo mío no era estrategia. Lo mío era que mi cerebro se aburría. Se aburría profundamente, existencialmente, con un aburrimiento que no se arreglaba con un cambio de proyecto o una subida de sueldo. Era un aburrimiento que solo se arreglaba con novedad radical. Otro trabajo. Otro sector. Otra empresa. Otro mundo.

Y el patrón se repetía cada vez. Entusiasmo, meseta, aburrimiento, huida. Como un bucle del que no sabía cómo salir.

Mi currículum parecía el de alguien que no sabe lo que quiere. Tres empresas en cuatro años. Cuatro en seis. Cada vez que me preguntaban en una entrevista "¿por qué dejaste tu último trabajo?", me inventaba razones que sonaran bien. "Buscaba un reto mayor." "Quería crecer profesionalmente." "La empresa no tenía recorrido."

La verdad era mucho más simple: me aburría. Y cuando me aburro, no puedo funcionar.

¿Qué pasa cuando el cerebro necesita novedad para funcionar?

Imagina que tu cerebro es un motor que funciona con un combustible muy específico: novedad. Las primeras semanas en un trabajo nuevo, hay novedad por todas partes. Procesos que aprender, personas que conocer, problemas que resolver por primera vez. Tu cerebro está en el cielo. Combustible infinito.

Pero la novedad tiene fecha de caducidad. Y cuando se acaba, el motor empieza a fallar. No porque esté roto. Sino porque le has quitado el combustible.

Y no puedes fabricar novedad donde no la hay. Puedes intentarlo. Buscar proyectos nuevos dentro de la empresa. Cambiar de equipo. Proponer ideas. Pero en algún momento, hasta los proyectos nuevos se vuelven rutinarios. Y tu cerebro vuelve a decir: "Siguiente."

Lo curioso es que cuando le contaba esto a amigos, me decían: "Tío, es que tienes que ser más paciente. Los buenos trabajos tardan en cuajar." Y yo pensaba: "No es paciencia lo que me falta. Es algo que no sé nombrar."

El coste de ir saltando de trabajo en trabajo

No es gratis, ¿eh? Cada cambio tiene un coste. Social, económico, emocional.

Pierdes antigüedad. Pierdes red de contactos. Pierdes la profundidad que solo da el tiempo en un sitio. Y empiezas de cero cada vez, que al principio mola pero al cuarto "primer día" ya empieza a cansar.

Y está el tema de la percepción. Un currículum con muchos trabajos cortos levanta banderas rojas. Los reclutadores lo ven y piensan: "Este no aguanta en ningún sitio." No piensan: "Este tiene un cerebro que necesita estimulación variable para funcionar correctamente."

Pero eso es lo que pasa. Mi cerebro no está diseñado para la constancia de una carrera lineal de 30 años en la misma empresa. Está diseñado para explorar, aprender, dominar rápido, y luego moverse. Que en la naturaleza probablemente sería una ventaja. En el mercado laboral, es un problema.

Es la misma razón por la que me cuesta trabajar en equipo cuando llevo tiempo. No es que no pueda. Es que mi ritmo interno no coincide con el ritmo que el trabajo me pide después del periodo de novedad.

¿Y si no es inmadurez?

Mira, durante años pensé que era inmaduro. Que no sabía comprometerme. Que me faltaba disciplina para aguantar lo incómodo. Que todos los demás podían y yo no porque me faltaba algo a nivel de carácter.

Pero resulta que lo que me faltaba no era carácter. Era dopamina. Literal.

El TDAH se caracteriza, entre otras cosas, por una búsqueda constante de estimulación. El cerebro no produce suficiente dopamina de forma autónoma y la busca en fuentes externas: novedad, urgencia, interés intenso. Cuando una situación deja de ser nueva, la dopamina cae. Y con ella, la motivación, la concentración y la capacidad de rendir.

No es que te canses del trabajo. Es que tu cerebro deja de producir el combustible que necesitas para hacerlo.

Según el DSM-5, uno de los criterios del TDAH en adultos es "a menudo tiene dificultad para mantener la atención en tareas o actividades recreativas". Y trabajar en lo mismo durante años es exactamente eso: mantener la atención en una tarea que ya no genera estimulación.

Esto no sustituye a un profesional. Pero si tu CV parece un mapa de todos los trabajos del mundo y llevas años sin entender por qué no puedes quedarte quieto, puede que haya una razón que va más allá de la falta de compromiso.

A mí saberlo me cambió la perspectiva. No dejé de necesitar novedad. Pero aprendí a buscarla de formas que no implicaran quemar mi carrera cada dieciocho meses.

Tengo un test de 43 preguntas para que empieces a explorar cómo funciona tu cerebro. No es un diagnóstico. Es un punto de partida. Gratis, diez minutos. Hazlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo