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¿Tenía Michael Jordan TDAH? La competitividad que no se apaga nunca

Michael Jordan no podía dejar de competir. Ni en la cancha ni apostando. ¿Podía ser TDAH? Lo que sabemos sobre su cerebro imparable.

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Michael Jordan no podía dejar de competir. Da igual que fuera un partido de la NBA, una ronda de golf o una apuesta absurda sobre quién llega primero al ascensor. La intensidad estaba siempre encendida. Como si alguien hubiera soldado el interruptor en posición de "on" y hubiera tirado la llave.

Eso no es solo ambición. La ambición tiene un objetivo. Lo de Jordan era otra cosa. Era una necesidad.

¿Podía ser TDAH? Lo que sabemos invita a hacerse la pregunta.

¿Por qué Michael Jordan no podía dejar de competir?

Hay una anécdota que lo explica mejor que cualquier análisis.

En el documental "The Last Dance", sus compañeros cuentan que Jordan convertía absolutamente todo en una competición. Si estaban jugando a las cartas en el avión, no se iba a dormir hasta ganar. Si alguien hacía un comentario sobre otro jugador, lo almacenaba durante semanas y lo usaba como combustible en el siguiente partido. Si un rival le miraba mal en la pretemporada de octubre, en febrero seguía acordándose.

Su cerebro no podía soltar eso. No es que no quisiera. Es que no podía.

Y eso es algo que cualquiera con TDAH reconoce inmediatamente. La incapacidad de dejar pasar algo cuando tu cerebro decide que es importante. Da igual que sea una ofensa real o imaginaria. Da igual que el estímulo sea ridículo. Tu cabeza se engancha y no suelta hasta que consigue la descarga de dopamina que necesita.

Jordan necesitaba ganar como otros necesitan respirar. Y cuando no había nada que ganar, se lo inventaba.

La búsqueda de estímulos que nunca se detiene

Después de ganar tres campeonatos seguidos, Jordan se retiró del baloncesto. Con treinta años. En la cima absoluta. Se fue a jugar a béisbol.

La explicación oficial fue el asesinato de su padre y la necesidad de cumplir el sueño que tenían juntos. Y probablemente era verdad. Pero también es verdad que un cerebro que funciona a base de retos no sabe qué hacer cuando ya los ha conquistado todos.

En el TDAH hay un patrón que se repite: la necesidad constante de estímulos nuevos. No basta con ser el mejor. Una vez que lo eres, la recompensa desaparece. El cerebro deja de producir dopamina con la misma intensidad y empieza a buscar el siguiente subidón. El siguiente reto. El siguiente muro que escalar.

Jordan lo escaló todo en el baloncesto. Y en vez de disfrutar la vista desde arriba, necesitó encontrar otra montaña. Aunque fuera una montaña de béisbol donde era mediocre. Da igual. El estímulo no estaba en ser bueno. Estaba en intentarlo.

Es lo mismo que le pasa a Michael Phelps con su TDAH. Otro competidor obsesivo. Otro cerebro que no sabía detenerse. Otro deportista que necesitaba un reto constante para funcionar, y que cuando los retos se acabaron, la caída fue brutal.

El gambling y la impulsividad que nadie quería ver

Hay una parte de la historia de Jordan que la gente prefiere romanizar menos: las apuestas.

Jordan apostaba cantidades brutales. En el golf. En las cartas. En partidas de dados. No era un hobby tranquilo de millonario aburrido. Era una necesidad compulsiva. Hay testimonios de noches enteras apostando cantidades de seis cifras la víspera de partidos importantes.

¿Irresponsable? Quizá. Pero también encaja como un guante con la impulsividad del TDAH.

Un cerebro que busca estímulos constantemente y que tiene la regulación de impulsos comprometida es un cerebro que puede acabar apostando fortunas a las tres de la mañana. No por avaricia. Por la descarga. Por la adrenalina. Por sentir algo cuando el resto del mundo duerme y tu cabeza sigue a mil por hora sin que puedas apagarla.

No estoy diciendo que todo apostador tenga TDAH. Pero cuando juntas la búsqueda compulsiva de estímulos, la incapacidad de parar, la impulsividad y la necesidad de riesgo para sentirte vivo, el patrón es difícil de ignorar.

La energía que no tiene explicación lógica

Los que jugaron contra Jordan hablan de su resistencia como de algo sobrenatural. No es solo que fuera atlético. Es que nunca paraba. Su nivel de activación era constante, casi incómodo de presenciar.

En los entrenamientos era peor que en los partidos. Provocaba a sus compañeros, les gritaba, les empujaba al límite. No por maldad (bueno, un poco sí). Porque necesitaba que el nivel de intensidad fuera máximo todo el tiempo. Si el entrenamiento era tranquilo, Jordan lo convertía en una guerra.

Esa energía inagotable, esa incapacidad de estar a medio gas, es algo que los deportistas con TDAH comparten. No es solo estar en forma. Es que tu cerebro tiene un nivel de activación base que está por encima del de la mayoría. Y cuando canalizas eso en un deporte, el resultado puede ser histórico.

Pero cuando no tienes dónde canalizar esa energía, te quedas despierto a las cuatro de la mañana apostando en una mesa de blackjack. Mismo cerebro. Distinto canal.

¿Tenía Michael Jordan TDAH? Lo que sabemos

Hay que ser honesto: no hay diagnóstico público. Jordan nunca ha hablado de TDAH. No hay ninguna entrevista donde lo mencione. No hay un médico que haya confirmado nada.

Lo que hay es un patrón de comportamiento que cualquier persona familiarizada con el TDAH reconoce al instante:

Competitividad que no se regula. Búsqueda obsesiva de estímulos. Impulsividad con consecuencias reales. Energía que no se apaga. Necesidad de retos nuevos cuando los anteriores pierden su brillo. Incapacidad de funcionar a media velocidad.

¿Es eso prueba de TDAH? No. Pero es exactamente lo que un cerebro hiperactivo llevado al deporte produce. Una máquina que no tiene punto medio. O está a tope, o no funciona.

Jordan fue el mejor jugador de baloncesto de la historia porque su cerebro no le permitía ser otra cosa. No podía relajarse. No podía dejar pasar una ofensa. No podía jugar un partido de cartas sin que fuera a vida o muerte.

Eso no es solo mentalidad de ganador. Eso es un cerebro que funciona diferente.

Y quizá nunca sabremos si había un diagnóstico detrás. Pero lo que sí sabemos es que la intensidad que hizo a Jordan legendario es la misma que le hacía apostar fortunas de madrugada y convertir un entrenamiento en una zona de guerra.

Mismo interruptor. Mismo cerebro. Mismo fuego que no se apaga.

Si leer esto te ha hecho pensar "un momento, yo también funciono así", puede que merezca la pena entender cómo está cableado tu cerebro. No para etiquetarte. Para saber qué hacer con eso.

Hacer el test de TDAH

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