El método que te funcionó un mes y luego murió

Encontraste el método perfecto de productividad. Un mes después lo abandonaste. No es falta de disciplina. Es tu cerebro buscando novedad.

Lo encontraste.

Después de 14 intentos, 7 apps y 3 libretas, lo encontraste. El método. El bueno. El definitivo. El que por fin te funciona de verdad.

Las primeras dos semanas fueron una maravilla. Todo organizado. Tareas hechas. Deadlines cumplidos. Te sentías como un ser humano funcional por primera vez en tu vida. Publicaste un story sobre tu nueva rutina. Le contaste a tu colega. "Tío, he encontrado algo que funciona." Y te lo creías. De verdad que sí.

Semana tres: empezaste a saltarte algún paso.

Semana cuatro: el método era una sugerencia más que un sistema.

Semana cinco: la app te mandó un email diciendo "Te echamos de menos" y tú ni lo abriste.

Y vuelta a empezar.

¿Por qué NADA te dura más de un mes?

La respuesta corta: dopamina.

La respuesta larga: tu cerebro funciona con un sistema de recompensa que se activa con la novedad. No con la rutina, con la novedad. El primer día de un método nuevo es como el primer capítulo de una serie buena. Todo es emocionante. Todo es posible. Tu cerebro te da dopamina a raudales porque está descubriendo algo nuevo.

Y eso es maravilloso. Hasta que deja de ser nuevo.

Porque el mes dos ya no es un descubrimiento. Es mantenimiento. Es hacer lo mismo que ayer. Y hacer lo mismo que ayer, para un cerebro que necesita novedad como el oxígeno, es la muerte. No literalmente. Pero casi.

Tu cerebro no abandonó el método porque no funcionaba. Lo abandonó porque dejó de ser interesante. Y para tu cerebro, interesante y funcional son la misma cosa. Que no lo son. Pero él no distingue.

El cementerio de sistemas perfectos

Te lo digo por experiencia. He usado GTD, Pomodoro, time blocking, la matriz de Eisenhower, bullet journaling, el método Ivy Lee, y uno que me inventé yo a las 3 de la mañana que consistía en escribir 3 cosas en un post-it y tirarlo a la basura al final del día.

Todos funcionaron.

Y todos murieron.

El patrón siempre es el mismo. Descubrimiento (esto es increíble). Luna de miel (mira cuánto produzco). Meseta (bueno, sigue funcionando pero ya no me emociona). Abandono (mañana lo retomo, seguro). Entierro silencioso (ni recuerdo qué app usaba).

Y sabes lo peor, que cada vez que abandonas un método te sientes un fracasado. Porque piensas que el problema eres tú. Que si tuvieras más disciplina, si fueras más constante, si te esforzaras más. Pero no es eso. Es que tu cerebro tiene un mecanismo de obsolescencia programada para todo lo que deja de ser nuevo.

La trampa de buscar el método definitivo

No existe.

Y necesito que leas eso otra vez. No existe el método definitivo. No existe el sistema que te va a funcionar para siempre. No existe la app mágica ni la rutina infalible ni el framework eterno.

Lo que existe son sistemas que funcionan un rato. Y la habilidad real no es encontrar el método perfecto. Es saber cuándo un método se está muriendo y tener otro preparado.

Es rotación, no permanencia.

Yo ahora uso 3 métodos y los voy rotando. Cuando uno se me queda aburrido, paso al siguiente. Cuando los tres se me quedan aburridos, vuelvo al primero, que después de unas semanas sin usarlo ya vuelve a tener ese punto de novedad que mi cerebro necesita.

No es elegante. No es un sistema de productividad que puedas vender en un curso de 497 euros. Pero funciona. Funciona porque deja de pelear contra mi cerebro y trabaja con él.

La novedad como combustible, no como problema

Mira, la gente te dice que el problema es que buscas novedad. Que deberías ser más constante. Que la disciplina es más importante que la motivación.

Pues vale. Pero yo llevo 30 y tantos años con este cerebro y la disciplina no me va a llegar por arte de magia un martes por la tarde. Así que en vez de pelear contra la necesidad de novedad, la uso.

Nuevo método cada mes. Nuevos bloques de tiempo. Nuevo orden de tareas. Cambiar de sitio donde trabajo. Cambiar la música. Cambiar el enfoque. Introducir pequeños cambios constantemente para que mi cerebro tenga su dosis de novedad sin necesidad de tirar todo a la basura y empezar de cero.

El método no murió porque fuera malo. Murió porque tu cerebro se aburrió. Y eso no es un defecto. Es una característica que puedes usar a tu favor si dejas de avergonzarte de ella.

Rota. Adapta. Cambia el envoltorio sin cambiar la base.

Y si dentro de un mes estás leyendo esto y has abandonado lo que sea que estés usando ahora, no te fustigues. Busca otro. Y otro. Y otro. Porque lo que importa no es el método, es que sigas intentándolo.

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