Voy a la tienda a por algo concreto y vuelvo sin ello

Fuiste al súper a por leche. Vuelves con 4 bolsas. Sin leche. Tu cerebro ha hecho la compra por ti sin consultarte.

Fui al súper a por leche. Leche. Una cosa. Cuatro letras. Una misión simple. Vuelvo a casa con una bolsa que tiene: cereales, un bote de aceitunas, unas galletas que no necesitaba, papel de aluminio (ya tengo), y una pizza congelada. Saco todo. Lo coloco. Y me doy cuenta.

No hay leche.

He estado 20 minutos en un supermercado comprando cosas que no necesitaba y he vuelto sin la única cosa que necesitaba. Es como ir al médico por un dolor de rodilla y volver con receta para todo menos para la rodilla.

¿Por qué tu cerebro compra todo menos lo que ibas a comprar?

Porque el supermercado es un campo de estímulos. Colores, ofertas, olores, productos nuevos. Todo compite por tu atención. Y tu cerebro, que ya venía con una intención frágil ("leche"), se deja llevar por lo que ve. "Oh, cereales. Necesito cereales. Creo. ¿Necesito cereales? Da igual, los cojo."

Tu intención original era como una vela en un huracán. Existía. Pero el entorno la apagó en los primeros 30 segundos.

Y aquí pasa algo curioso. No es que tu cerebro se olvide de la leche. Es que la leche queda enterrada debajo de 400 decisiones micro que tu cerebro toma al caminar por cada pasillo. ¿Esto lo necesito? ¿Esto está de oferta? ¿Cuándo fue la última vez que comí galletas? Cada decisión ocupa espacio mental. Y la pobre leche se queda sin sitio.

¿Por qué las listas tampoco siempre funcionan?

"Haz una lista." Ya. Brillante consejo. El problema es que hago la lista, me la dejo en casa. O hago la lista en el móvil, llego al súper y no la miro. O la miro, compro lo primero, y luego me olvido de que tengo lista.

Es que la lista solo funciona si recuerdas mirarla. Y recordar mirar la lista es el mismo problema que recordar comprar la leche. Si tu memoria funcionara bien, no necesitarías la lista. Y como no funciona bien, tampoco te acuerdas de usar la lista. Es un círculo vicioso precioso.

Lo que me recuerda a cuando olvidas las cosas justo cuando más las necesitas. La información está ahí, en algún sitio. Pero aparece cuando ya no la necesitas. Como la leche, que se te viene a la cabeza en el momento exacto en que metes la llave en la cerradura de tu casa.

Mi sistema anti-olvido en el súper

Voy a compartir lo que a mí me funciona, y es tan ridículo que casi no lo cuento.

Primero: llevo la lista en la mano. No en el móvil. No en la cabeza. En un papel. En la mano. Físicamente agarrado. Porque si lo tengo en la mano, lo veo. Y si lo veo, lo recuerdo. Si está en el bolsillo, no existe.

Segundo: voy directo a lo que necesito. No paseo. No exploro. No miro ofertas. Entro, voy al pasillo de la leche, cojo la leche, y salgo. Como si fuera una operación militar. Entrar y salir. Sin bajas. Sin desvíos.

¿Me pierdo ofertas? Sí. ¿Compro lo que fui a comprar? También.

Y tercero: si voy a por una sola cosa, la repito en voz alta mientras camino por la tienda. "Leche. Leche. Leche." Como un mantra. Como un loco murmurando en el pasillo de los lácteos. Pero un loco que vuelve a casa con leche.

Si esto es tu día a día, si tu memoria a corto plazo no funciona como debería, si el supermercado se convierte en un agujero negro para tus intenciones, no eres tonto ni despistado. Eres alguien cuyo cerebro funciona diferente en situaciones con muchos estímulos.

No soy profesional de la salud mental. Pero si vuelves de la tienda sin lo que fuiste a comprar más de lo que te gustaría admitir, quizá haya algo detrás que merece una conversación con alguien que sí lo sea.

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