Me enfado conmigo mismo más que con cualquier otra persona

Perdonas a los demás en un segundo. Pero contigo no hay piedad. Te machacas por cosas que a nadie más le parecen graves.

El otro día se me olvidó enviar un email importante. No era urgente urgente, pero era importante. Y lo tenía apuntado. Lo tenía en la lista. Lo tenía todo listo. Solo tenía que darle a enviar. Y no lo hice. Se me pasó. Así, sin más.

Cuando me di cuenta, tres horas después, lo que sentí no fue "vaya, se me olvidó, lo mando ahora". Lo que sentí fue "eres un puto desastre. Tenías una cosa. Una. Y no la has hecho. Siempre igual. Siempre la misma mierda."

Si alguien me hubiera dicho que se le olvidó enviar un email, mi respuesta habría sido "tranqui, tío, no pasa nada, mándalo ahora y listo". Cero drama. Pero cuando me pasa a mí, es el fin del mundo.

¿Por qué me trato peor que a los demás?

Pues porque llevas años acumulando evidencia contra ti mismo.

No es un día. No es un email. Es la suma de todas las veces que se te ha olvidado algo, que has llegado tarde, que has dejado algo a medias, que no has cumplido con algo que te habías propuesto. Es un expediente emocional de 20 años de "fallos" que tu cerebro tiene perfectamente archivado y que saca a pasear cada vez que cometes el más mínimo error.

Para los demás, un email olvidado es un error puntual. Para ti, un email olvidado es la prueba número 847 de que eres un desastre. Y esa prueba se suma a las 846 anteriores. Y el peso de las 847 juntas te aplasta cada vez que cometes una nueva.

Es como si tuvieras un fiscal interno que lleva toda la vida construyendo un caso contra ti. Y cada error, por pequeño que sea, es una nueva pieza de evidencia. Y el fiscal nunca descansa. Y no tiene abogado defensor.

El doble rasero emocional

Esto es lo que me parece más injusto de todo.

Si un amigo te dice "tío, se me olvidó contestar tu mensaje, perdona", tú dices "tranqui, no pasa nada". Y lo sientes de verdad. No hay enfado. No hay juicio. No hay "eres un desastre por no contestar un mensaje".

Pero si tú no contestas un mensaje, la historia cambia. De repente eres mala persona, desconsiderado, un inútil que no puede hacer algo tan simple como contestar un puñetero WhatsApp. Un estándar para los demás y otro completamente diferente para ti.

Y el estándar que te pones a ti mismo es imposible. No es alto. Es imposible. Es perfección constante. Y cuando no llegas a la perfección (que es siempre, porque la perfección no existe), la respuesta es machacarte.

Si encima eres de los que no puede ser constante aunque quiere, el combo es brutal. Porque no solo te machacas por el error de hoy. Te machacas por el patrón. Por el "siempre me pasa lo mismo". Y el "siempre" duele mucho más que el "esta vez".

La trampa del perfeccionismo inverso

A ver, esto es interesante. Porque la gente piensa que el perfeccionismo es querer hacer las cosas perfectas. Y sí, parcialmente es eso. Pero hay otro tipo de perfeccionismo que es más jodido: el que te machaca cuando no llegas a perfecto.

No es que busques la excelencia. Es que te castigas por la imperfección. Y hay una diferencia enorme. La primera te impulsa hacia adelante. La segunda te paraliza. Porque si cada error va acompañado de un castigo emocional brutal, tu cerebro aprende que es mejor no hacer nada. Porque si no haces nada, no hay error. Y si no hay error, no hay castigo.

Y así te encuentras evitando tareas. No porque sean difíciles. Sino porque el coste emocional de hacerlas mal es insoportable. Prefieres no empezar a empezar y arriesgarte a fallar.

El bucle que no para

Esto es lo que nadie te dice sobre el enfado contigo mismo: se retroalimenta.

Te enfadas por un error. El enfado te consume energía. Con menos energía, cometes otro error. Te enfadas más. Tienes menos energía. Otro error. Más enfado. Y así hasta que a las 8 de la noche estás tirado en el sofá sin haber hecho nada, odiándote por no haber hecho nada, sin energía para hacer nada, y sintiéndote culpable por no tener energía.

Es un agujero negro emocional. Y la única forma de salir es interrumpir el bucle. No eliminarlo. Interrumpirlo.

Yo lo hago con una pregunta muy simple: "¿Le diría esto a un amigo?" Si la respuesta es no (y siempre es no), entonces no tengo derecho a decírmelo a mí mismo. No porque yo sea especial. Sino porque merezco al menos el mismo trato que le doy a cualquier otra persona.

Parece una tontería. Pero la primera vez que me lo pregunté en serio, me di cuenta de que las cosas que me digo a mí mismo no se las diría ni a mi peor enemigo.

Quizá hay algo detrás

Ese enfado desproporcionado contigo mismo. Ese doble rasero entre cómo tratas a los demás y cómo te tratas a ti. Esa acumulación de "pruebas" de que eres un desastre. Esa sensación de que todo te cuesta más y encima te castigas por ello...

A mucha gente le pasa. Y no es baja autoestima. No es "no me quiero lo suficiente". En muchos casos tiene un nombre concreto.

Se llama TDAH. Y la autocrítica brutal es consecuencia directa de años viviendo con un cerebro que te hace cometer errores que no entiendes. Si llevas toda la vida olvidando cosas, llegando tarde, dejando cosas a medias, y cada vez que pasa te machacas porque "deberías ser capaz de hacer algo tan simple", acumulas un historial de autocastigo que acaba convirtiéndose en tu forma predeterminada de tratarte.

No te estoy diagnosticando. Si esto resuena, habla con un profesional. Pero deja de asumir que el problema es que no te quieres lo suficiente. El problema puede ser que no entiendes por qué tu cerebro hace lo que hace.

Hice un test de 43 preguntas para empezar a entenderlo. Diez minutos. Gratis. No es un diagnóstico, pero puede ser el primer paso para dejar de machacarte y empezar a comprender. Puedes hacerlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo