Me cuesta regular la intensidad de lo que siento: todo es demasiado
Sientes demasiado fuerte las cosas buenas y las malas. No eres dramático. Tu cerebro tiene el volumen emocional roto.
El otro día me dieron una buena noticia y estuve tres horas en una nube. No contento. En una nube. Flotando. Hablando rápido. Haciendo planes. Mandando mensajes a gente que no había hablado en meses. Sentía que todo era posible, que el mundo estaba de mi lado, que este era el momento.
Tres horas.
Al día siguiente, alguien me hizo un comentario que no era ni bueno ni malo. Neutral. Y me pasé la tarde pensando en él. Dándole vueltas. Buscando significados ocultos. Convenciéndome de que en realidad era una crítica disfrazada y que esa persona pensaba que yo era un inútil.
Pues eso. Bienvenido a mi cabeza. Donde una buena noticia es la euforia del siglo y un comentario neutro es una tragedia personal. Donde el volumen emocional no tiene los números normales. Solo tiene el cero y el máximo. Y el máximo suena siempre.
¿Por qué siento todo con tanta intensidad?
Imagina que vas a un concierto y te ponen los altavoces a un metro de la cara. A todo volumen. Las canciones lentas suenan atronadoras. Las canciones rápidas te revientan los oídos. No puedes disfrutar de nada porque todo es demasiado fuerte. Y la gente a tu alrededor está a una distancia normal de los altavoces, escuchando la misma música a un volumen razonable, y te mira diciendo "¿por qué te tapas los oídos?"
Eso es vivir con las emociones a todo volumen. La misma música, el mismo evento, el mismo comentario. Pero tú lo recibes a una intensidad que los demás no experimentan. No es que ellos sean más fuertes. Es que tú estás más cerca de los altavoces. Tu cerebro amplifica la señal antes de que tú puedas hacer nada al respecto.
Y lo paradójico es que esto se aplica a todo. Las cosas buenas las sientes con una intensidad que puede ser adictiva. Ese subidón cuando algo sale bien, cuando alguien te dice algo bonito, cuando descubres algo nuevo. Es espectacular. Es como si el mundo tuviera los colores en saturación máxima.
Pero las cosas malas también. Y ahí es donde el asunto se pone feo.
¿Cómo afecta esto al día a día?
Pues mira, afecta a absolutamente todo.
A las relaciones. Porque cuando alguien te dice algo que no te gusta, no lo recibes como un comentario. Lo recibes como un puñetazo. Y reaccionas en consecuencia. Y la otra persona se queda pensando "pero si solo he dicho que el arroz le falta sal". Ya, pero en mi cabeza acabas de cuestionar mis habilidades como ser humano.
Al trabajo. Porque un email seco de tu jefe puede hundirte la tarde. Porque una reunión que va bien te pone en modo superhéroe. Porque osciles entre sentirte el mejor del equipo y el peor del mundo varias veces al día. Y eso es agotador. No para los demás. Para ti.
A la autoestima. Porque cuando sientes todo demasiado fuerte, te autodiagnosticas como "demasiado sensible", "demasiado intenso", "demasiado dramático". Y esas etiquetas se quedan. Y moldean cómo te ves. Si llevas años pensando que eres demasiado de todo, acabas creyendo que el problema eres tú. Que tus emociones son todo o nada porque tú eres así. Porque no has aprendido. Porque no te esfuerzas lo suficiente.
¿Pero no se supone que sentir las cosas es bueno?
Sí. Sentir las cosas es bueno. Pero hay una diferencia entre sentir y ser secuestrado por lo que sientes.
Sentir es que te den una buena noticia y estés contento. Ser secuestrado es que te den una buena noticia y no puedas dormir, no puedas parar de hablar, no puedas pensar en otra cosa durante horas, y al día siguiente te venga el bajón porque tu cerebro gastó toda la dopamina disponible en esa euforia.
Sentir es que te critiquen y pienses "vaya, eso ha dolido, pero tiene razón en parte". Ser secuestrado es que te critiquen y te pases tres días rumiando cada palabra, construyendo argumentos en tu cabeza, sintiendo que esa persona te odia y probablemente todo el mundo piensa lo mismo.
La diferencia no está en qué sientes. Está en cuánto dura, cuánto te ocupa, y cuánto te impide hacer otras cosas. Y cuando esa intensidad es el pan de cada día, no es sensibilidad. Es algo más.
Tiene explicación. Y no es la que piensas.
Te lo digo porque a mí me costó décadas entenderlo.
Pensaba que era una persona intensa. Punto. Que así era mi personalidad y que tenía que aprender a vivir con ello. Y lo intenté. Medité. Hice ejercicio. Leí sobre inteligencia emocional. Hice todo lo que se supone que tienes que hacer para "regular tus emociones".
Y algo mejoraba. Pero el problema base seguía ahí. Porque el problema no era de técnica. Era de hardware.
Cuando me diagnosticaron TDAH, mi psiquiatra me dijo algo que se me quedó: "El TDAH no es solo atención. Es regulación. Regulación de la atención, de los impulsos, y de las emociones." Y ahí estaba. Las decisiones impulsivas que tomaba cuando estaba eufórico. Los hundimientos cuando algo salía mal. La montaña rusa constante. Todo era parte del mismo paquete.
Descubrir por qué me costaba todo más que a los demás fue entender que mi cerebro no tiene un regulador de volumen emocional funcional. No es que no haya aprendido a regular. Es que el mecanismo que regula está averiado de fábrica.
Saberlo no baja el volumen. Pero te da unos tapones. Y a veces, los tapones son suficientes para no salir corriendo del concierto.
Esto no sustituye la evaluación de un profesional. Si sientes todo demasiado fuerte, tanto lo bueno como lo malo, habla con un psicólogo o psiquiatra.
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