Me cuesta cumplir horarios de oficina: mi cerebro no arranca a las nueve
Llegar a las nueve, sentarme y trabajar parece fácil para todos menos para mí. No es vagancia. Mi cerebro tiene su propio horario y no coincide con el de.
Son las 8:55 de la mañana. Entro en la oficina. Enciendo el ordenador. Abro el correo. Leo tres líneas. Y mi cerebro dice: "No."
No como en "no quiero". Sino como en "no está disponible en este momento, inténtelo más tarde". Como cuando llamas a un servicio de atención al cliente y te sale el buzón. Pues eso, pero dentro de tu cabeza.
Y mientras tanto, el compañero de al lado ya ha contestado cuatro emails, ha actualizado un Excel y está en su segunda taza de café con cara de persona funcional.
¿Por qué no puedo arrancar a las nueve como todo el mundo?
Mira, he trabajado en oficina. He tenido trabajos con horario fijo. Y en todos me pasaba lo mismo: las primeras dos horas eran un paripé monumental. Estaba ahí físicamente, pero mi cerebro no aparecía hasta las once. A veces las once y media. A veces después de comer, si era un día especialmente malo.
Y no era por acostarme tarde. Bueno, a veces sí, porque resulta que rindo más a las tres de la mañana que a las diez. Pero incluso cuando me acostaba a una hora razonable, mi cerebro por la mañana era como arrancar un coche viejo en invierno. Le dabas al contacto y solo hacía ruidos raros.
El problema no era el horario en sí. El problema era que todo el mundo asumía que las nueve de la mañana es un buen momento para que cualquier cerebro humano esté a pleno rendimiento. Y no es verdad. Hay cerebros que arrancan a las siete. Otros a las once. Otros a las tres de la tarde. Y algunos, los especialmente interesantes, arrancan a medianoche y a las tres de la mañana están diseñando el futuro.
Lo que parecía pereza era biología
Una cosa que aprendí es que el ritmo circadiano no es igual para todo el mundo. Hay estudios que muestran que una parte significativa de la población tiene un cronotipo vespertino, es decir, su pico de alerta y rendimiento es por la tarde o por la noche. No por costumbre. Por biología.
Pero claro, intenta explicarle eso a un jefe que te ve llegar con cara de zombie a las nueve mientras el resto del equipo ya está produciendo.
"¿Es que no duermes?" No, duermo. Es que mi cerebro tiene su propio horario y no coincide con el de Recursos Humanos.
Lo peor era la culpa. Porque cuando ves que todo el mundo puede y tú no, la conclusión lógica es que el problema eres tú. Que eres vago. Que te falta disciplina. Que si te esforzaras más...
Ya. Si me esforzara más. Como si no llevara años esforzándome el triple para conseguir la mitad.
Lo que hice para sobrevivir al horario de oficina
Pues mira, desarrollé un sistema de supervivencia que básicamente consistía en fingir productividad las primeras horas y hacer todo el trabajo real después.
De nueve a once: emails fáciles, ordenar escritorio, reuniones si las había (que no requirieran pensar mucho), café, paseos al baño estratégicos, mirar documentación sin leerla realmente.
De once a dos: trabajo real concentrado. Todo lo importante lo metía ahí.
Después de comer: según el día. A veces volvía otra racha buena. A veces no. Era como jugar a la ruleta con mi propia capacidad cognitiva.
Lo gracioso es que producía lo mismo o más que mis compañeros. Solo que ellos lo repartían en ocho horas y yo lo concentraba en cuatro o cinco. Pero como mi calendario no cuadraba con el estándar, el que quedaba mal era yo.
Porque en la oficina no se mide lo que produces. Se mide cuándo produces. Y producir mucho pero a deshoras es peor que producir poco pero en el horario correcto. Es absurdo, pero es así.
¿Te suena esta sensación?
Si te has sentido identificado con algo de esto, te entiendo. De verdad. Porque no hay nada más frustrante que saber que puedes rendir, que quieres rendir, pero que tu cerebro no coopera a las horas que el mundo ha decidido que son las correctas.
Yo me pasé años pensando que era un tema de hábitos. Que si me acostaba antes, que si tomaba café a las ocho, que si hacía ejercicio por la mañana. Y sí, algo ayudaba. Pero la raíz del problema seguía ahí: mi cerebro simplemente no funcionaba bien a esas horas. Y en las reuniones de primera hora desconectaba a los cinco minutos sin importar cuánto me importara lo que se estaba hablando.
Hay una razón que no es falta de voluntad
Lo que descubrí más adelante es que esto tiene una explicación neurológica. El TDAH afecta directamente la regulación del ciclo sueño-vigilia y los ritmos de alerta. Es bastante común que personas con TDAH tengan un cronotipo retrasado, es decir, que su pico de rendimiento esté desplazado hacia la tarde o la noche.
No es vagancia. Es neurobiología.
Y esto no sustituye a un diagnóstico profesional. Si sospechas que puede haber algo más detrás de tus dificultades con los horarios, habla con un psicólogo o psiquiatra. Pero saber que existe una explicación que no es "eres un vago" puede ser el primer paso para dejar de machacarte.
A mí me ayudó a dejar de pelear contra mi reloj interno y empezar a negociar con él. No siempre puedes elegir tu horario. Pero puedes aprender a trabajar con tu cerebro en lugar de contra él. Y eso cambia las cosas más de lo que imaginas.
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