Me cuesta concentrarme después de una discusión o un disgusto

Has discutido con alguien y tu cerebro se niega a volver al trabajo. No es drama, es que tu atención se ha ido con el portazo.

Has discutido con tu pareja. O con tu madre. O con tu jefe. Da igual con quién. El caso es que te sientas delante del portátil, intentas volver a lo que estabas haciendo, y tu cerebro dice: "No. Hoy no. Estoy ocupado repitiendo la discusión 47 veces seguidas."

Y no es que quieras darle vueltas. Es que no puedes parar. Tu cabeza está ahí, en bucle, pensando en lo que dijiste, lo que no dijiste, lo que deberías haber dicho, lo que dirás la próxima vez. Mientras tanto, la hoja de cálculo te mira desde la pantalla como diciendo "oye, ¿vas a hacer algo o qué?"

La respuesta es no. No vas a hacer nada productivo en las próximas dos horas. Mínimo.

¿Por qué una discusión te secuestra la atención durante horas?

Porque tu cerebro tiene prioridades. Y la prioridad número uno no es tu trabajo. Es resolver lo que percibe como una amenaza emocional.

Cuando discutes con alguien, tu sistema nervioso entra en modo alerta. Cortisol por las nubes. Adrenalina activada. Tu cuerpo se prepara para pelear o huir. Y esa respuesta no se apaga cuando cierras la puerta y vuelves al escritorio. Se queda ahí, dando vueltas, ocupando toda la memoria de trabajo que necesitas para concentrarte.

Es como intentar leer un libro en medio de una alarma de incendios. Técnicamente el libro sigue ahí. Técnicamente puedes pasar las páginas. Pero tu cerebro no va a procesar ni una palabra porque está demasiado ocupado con la alarma.

Y lo peor es que no necesitas una discusión épica para que pase. A veces basta con un comentario que te ha sentado mal. Un WhatsApp con un tono que no te ha gustado. Un "ya hablaremos" que suena a sentencia de muerte. Tu cerebro se agarra a eso y no lo suelta.

¿Es normal que un disgusto me deje inutilizado tantas horas?

Depende. Hay personas que discuten, se enfadan cinco minutos y pasan página. Y luego estamos los que nos pasamos la tarde entera construyendo argumentos para un debate que ya terminó hace cuatro horas.

Si eres de los segundos, no es que seas más sensible ni más dramático. Es que tu regulación emocional funciona de otra manera. Hay cerebros que procesan las emociones como una ola: vienen, pegan, se van. Y hay cerebros que las procesan como una inundación: entran y no sabes cuándo van a bajar.

Y mientras el agua no baja, tú no puedes hacer absolutamente nada que requiera concentración. Puedes mirar la pantalla, mover el ratón, abrir y cerrar pestañas. Pero trabajar de verdad, lo que se dice trabajar, no.

La trampa de "tengo que seguir como si nada"

Esto es lo que hacemos todos. Discutimos y a los diez minutos intentamos volver al trabajo como si no hubiera pasado nada. "Venga, concéntrate. No es para tanto. Céntrate."

Y no funciona. Porque obligar a tu cerebro a ignorar una emoción intensa es como tapar una olla a presión. La presión sigue subiendo por dentro. Y la concentración que consigas va a ser superficial y de mala calidad.

Lo que funciona mejor, al menos a mí, es darle al cerebro lo que necesita antes de pedirle que trabaje.

¿Necesitas desahogarte? Escribe lo que sientes en una nota. Sin filtro. Nadie la va a leer. Sácalo todo.

¿Necesitas moverte? Sal a caminar diez minutos. No para "despejar la mente" como dicen los gurús del bienestar. Sino porque tu cuerpo tiene adrenalina acumulada y si no la quemas, se va a quedar ahí jodiendo.

¿Necesitas hablar? Llama a alguien. Suéltalo. No lo guardes dentro pensando que eres un profesional y los profesionales no se distraen con sus emociones. Eso es mentira. Todo el mundo se distrae con sus emociones. La diferencia es que algunos lo admiten y otros fingen que no.

El problema no es que te afecten las discusiones. Es humano. El problema es cuando esto te pasa con todo. Cuando cualquier roce emocional te deja fuera de juego durante horas. Cuando la desproporción entre el disgusto y la parálisis es tan grande que piensas "tío, ¿por qué me cuesta todo más que a los demás?".

Si eso te suena, quizá no sea solo cuestión de aprender a gestionar emociones. Quizá tu cerebro tiene un sistema de regulación que funciona diferente. Y eso no es un defecto. Es información. Información que, si la tienes, te permite dejar de pelearte contigo mismo.

Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si sientes que tus reacciones emocionales te desbordan de forma habitual, consulta con un psicólogo o psiquiatra.

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