Me bloqueo con decisiones pequeñas: elegir qué comer me lleva media hora

Decidir qué cenar, qué serie ver, qué ropa ponerme. Decisiones ridículas que me paralizan. No es indecisión. Tu cerebro está haciendo algo raro.

"¿Qué quieres cenar?"

Es la pregunta más sencilla del mundo. Y es la que me destroza todos los días.

No es que no sepa qué opciones tengo. Las sé de sobra. Pasta. Ensalada. Algo de la nevera. Pedir comida. Mil opciones. Y precisamente por eso no puedo elegir ninguna.

Mi novia ya lo sabe. Cuando me pregunta qué quiero cenar, me da un máximo de dos opciones. "¿Pasta o ensalada?" Y aun así, a veces me quedo mirándola como si me hubiera preguntado la raíz cuadrada de 7.493.

¿Por qué una decisión tan simple se convierte en un muro?

Esto es algo que me cuesta explicar a la gente que no le pasa. Porque desde fuera parece absurdo. "Tío, es elegir qué cenar, no decidir el destino de la humanidad."

Ya. Ya lo sé. Pero mi cerebro no lo sabe.

Para mi cerebro, elegir qué cenar y elegir qué carrera estudiar generan la misma cantidad de parálisis. Es como si todas las decisiones pesaran lo mismo. Las grandes y las pequeñas. Las importantes y las que no importan nada.

El otro día estuve veinticinco minutos en el supermercado eligiendo un champú. Veinticinco minutos. Había cuatro opciones. Cuatro. Y estuve ahí de pie, leyendo etiquetas, comparando precios, pensando "¿pero cuál es mejor?", como si fuera la decisión más trascendental de mi semana.

Mi pareja me encontró en el pasillo con cara de poker y se partió de risa. "Coge uno y vámonos." Fácil decirlo cuando tu cerebro no convierte cada decisión en un examen tipo test sin respuesta correcta.

Es como estar en un cruce con todos los semáforos en verde

Imagínate que llegas a una rotonda y todos los carriles están libres. Todas las direcciones son posibles. No hay señales. No hay preferencia. Todo vale.

¿Qué haces?

Te quedas parado.

Porque cuando todo es igualmente posible, tu cerebro no tiene criterio para elegir. No hay una opción que pese más que otra. No hay urgencia que te empuje hacia un lado. Y sin ese empujón, te quedas en el centro de la rotonda dando vueltas.

Eso es exactamente lo que me pasa con las decisiones pequeñas. No hay consecuencia real. Da igual qué champú elija. Da igual si ceno pasta o ensalada. Pero como da igual, mi cerebro no encuentra razón suficiente para decantarse por una opción. Y se bloquea.

Con las decisiones grandes, paradójicamente, me va mejor. Porque hay consecuencias. Hay peso. Hay algo que me empuja a elegir. Las pequeñas son arena movediza precisamente porque no importan.

¿Y esto pasa a más gente o soy yo?

A muchísima más gente de la que piensas.

Cuando procrastinas todo, no es solo que dejes tareas para después. Es que dejas decisiones para después. Porque cada decisión, por pequeña que sea, gasta un recurso que tu cerebro tiene en cantidad limitada.

La diferencia es que algunos cerebros tienen el depósito de ese recurso más pequeño. O lo gastan más rápido. Y al final del día - o al principio, según cómo te hayas levantado - no queda nada para decidir qué cenar.

Hay un concepto que se llama fatiga de decisión. Pero lo que yo tengo no es fatiga. Es parálisis desde el minuto uno. No es que me canse de decidir después de muchas decisiones. Es que cualquier decisión, a cualquier hora, puede bloquearme.

Y eso tiene más que ver con cómo funciona mi cabeza que con cuántas decisiones he tomado ese día.

Lo que nadie te cuenta sobre la parálisis por análisis

Mi psicóloga me explicó algo que me hizo clic. Cuando tu función ejecutiva no regula bien las prioridades, tu cerebro le da a todo la misma importancia. No hay filtro que diga "esto es trivial, elige rápido" o "esto es importante, piénsalo bien".

Todo está al mismo nivel. Y cuando todo está al mismo nivel, todo abruma igual.

Según el DSM-5, la dificultad para tomar decisiones y la tendencia a quedarse atrapado en opciones es un patrón común en personas con TDAH. No porque sean indecisas. Sino porque su cerebro no jerarquiza las opciones de forma automática como lo hace el de la mayoría.

No te estoy diagnosticando. Si crees que esto te pasa de forma constante, habla con un profesional. Lo que sí te digo es que si llevas toda la vida sintiéndote tonto por no poder elegir un champú, no eres tonto. Tu cerebro funciona diferente.

Te cuesta todo más que a los demás

Trucos que uso para no quedarme paralizado en el supermercado

Lo primero: reducir opciones. Siempre que puedo, reduzco las opciones a dos. No a tres. No a cuatro. Dos. "¿Pasta o ensalada?" Dos opciones es manejable. Cuatro ya es caos.

Lo segundo: poner un límite de tiempo. Si en treinta segundos no he decidido, cojo la primera opción. No la mejor. La primera. Porque el 95% de las veces, la primera opción y la mejor opción son la misma cosa. O tan parecidas que da igual.

Lo tercero: hago la lista. Pero no una lista de opciones. Una lista de lo que ya está decidido. Si ya tengo el champú que compro siempre, no hay decisión. Lo cojo y me voy. Cuantas menos decisiones abiertas tengas en tu día, más energía te queda para las que importan.

Y lo cuarto, que es el más tonto pero el más efectivo: lanzar una moneda. No para dejar que la moneda decida. Sino porque cuando la moneda cae en "cara" y sientes un "no, mejor la otra opción", ya sabes lo que querías. Tu cerebro solo necesitaba que alguien decidiera para darse cuenta de lo que prefería.

Lo que la gente no entiende cuando te dice "simplemente elige"

"Tío, elige uno y ya." Me lo han dicho mil veces. Y cada vez que lo oigo, me da un tic en el ojo.

Porque no es que no quiera elegir. Es que mi cerebro se queda en un bucle donde todas las opciones parecen iguales y ninguna tiene suficiente peso como para ganar a las demás. Es como un combate de boxeo donde los dos luchadores tienen exactamente la misma fuerza. Nadie gana. Nadie cae. Y tú estás ahí sentado viendo un combate infinito mientras se te enfría la cena que no has elegido.

La gente que elige rápido no elige mejor. Elige diferente. Su cerebro descarta opciones automáticamente. "Esta no, esta tampoco, me quedo con esta." En un segundo. Sin drama. Sin parálisis.

Mi cerebro no descarta. Mi cerebro retiene todas las opciones como si fueran igualmente válidas. Y cuando todas son válidas, ninguna gana. Y cuando ninguna gana, no hay decisión. Y cuando no hay decisión, hay veinte minutos mirando un menú mientras el camarero espera.

Es la hostia.

No eres indeciso. Tu cerebro no tiene filtro de prioridades.

Si te bloqueas con decisiones pequeñas, no es porque no sepas lo que quieres. Es porque tu cerebro le da a todo el mismo peso y no sabe por dónde empezar.

Eso no es un defecto de carácter. Es una forma de funcionar. Y se puede trabajar con ella.

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