Me agobia que me necesiten todo el rato: necesito espacio para funcionar
Te quiero, pero necesito que no me necesites todo el rato. No es egoísmo. Es que mi cerebro necesita espacio para no colapsar.
Quiero a mi gente. De verdad. Pero hay momentos en los que si alguien me manda un mensaje más, un "¿qué haces?", un "¿estás ahí?", un "¿por qué no contestas?", voy a lanzar el teléfono por la ventana.
No es una reacción normal, lo sé. Pero es la mía.
Hay días en los que cada notificación se siente como una mano que me agarra del hombro. Cada "¿estás bien?" se siente como una demanda. Cada persona que me necesita se siente como una cuerda que me ata. Y yo necesito soltarme de todas esas cuerdas al mismo tiempo para poder respirar.
Y luego me siento fatal. Porque esa gente me quiere. Me escribe porque le importo. Me busca porque quiere estar conmigo. Y yo quiero estar con ellos. Pero no ahora. Ahora necesito que el mundo me deje en paz un rato.
Lo curioso es que una hora después puedo estar perfectamente. Recargado. Con ganas de hablar con todo el mundo. Y miro las notificaciones que ignoré y pienso "¿por qué me agobiaban tanto? Si son mensajes normalísimos". Y me siento culpable otra vez. Porque la reacción no era proporcional. Lo sé. Pero en el momento la sentía como completamente real.
¿Por qué me agobia que me necesiten?
A ver, no me agobia siempre. Hay días en los que estoy encantado de hablar con todo el mundo, hacer planes, contestar mensajes, ser una persona sociable y funcional. Esos días molan. El problema es que no puedo predecir cuándo van a ser esos días.
Y los otros días, los días en los que mi batería social está en negativo, cada interacción cuesta. Es como intentar sacar agua de un pozo seco. No es que no quiera. Es que no hay agua.
Imagínate que tu teléfono está al cinco por ciento y alguien te pide que hagas una videollamada. No puedes. No es que no quieras. Es que no tienes batería. Pues mi cerebro funciona igual. Tiene una batería social que se agota más rápido que la de la mayoría de la gente. Y cuando se agota, cada persona que me necesita se convierte en una aplicación en segundo plano que me chupa lo poco que queda.
Y aquí viene lo que más jode: no puedo explicar por qué estoy agotado. No he hecho nada especial. No he tenido un día terrible. Simplemente mi batería social ha decidido que hoy se agota a las dos de la tarde. Sin motivo. Sin aviso. Como si mi cerebro tuviera un temporizador aleatorio que dice "socialización terminada por hoy" y yo no tuviera ni voz ni voto.
¿Cómo afecta esto a las personas que me quieren?
Pues les duele. Y es comprensible.
Porque cuando le dices a tu pareja "necesito estar solo" sin motivo aparente, esa persona piensa "¿he hecho algo mal?". Y la respuesta es no. No ha hecho nada mal. Pero intentar explicar que necesitas espacio porque tu cerebro se satura de estímulos sociales sin una razón concreta es muy difícil cuando la otra persona no funciona así.
He tenido discusiones por esto. He tenido conversaciones del tipo "es que parece que te molesto" y yo intentando explicar que no me molesta, que me abruma. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Molestar implica que no quieres a la persona. Abrumar implica que quieres a la persona pero tu sistema no puede con todo a la vez.
Es como cuando hablas demasiado y luego te arrepientes. No es que quieras agobiar a la gente hablando. Es que tu sistema no regula bien. Y aquí es lo mismo, pero al revés. No es que no quiera estar con la gente. Es que mi sistema de regulación social se desborda.
Y lo peor es que la gente que más te quiere es la que más te busca. Y la que más te busca es la que más agobio te genera cuando estás saturado. Es una ironía cruel. Las personas que más se preocupan por ti son las que, sin saberlo, más te agotan cuando estás en modo bajo.
¿Necesitar espacio es egoísmo?
No. Y necesito que te lo tatúes en algún sitio.
Necesitar espacio es una necesidad. Como comer o dormir. No le dirías a alguien "eres egoísta por necesitar dormir". Pues necesitar espacio mental es igual de legítimo.
El problema es que vivimos en un mundo que asocia "querer estar solo" con "rechazar a los demás". Y no es así. Puedo querer estar solo Y quererte a ti. Las dos cosas a la vez. No son excluyentes.
Lo que pasa es que mi cerebro procesa los estímulos sociales de forma más intensa que la media. Cada conversación, cada demanda, cada "¿estás ahí?" ocupa más espacio mental del que debería. Y cuando se acumula, necesito vaciar. Resetear. Quedarme a solas en silencio hasta que mi cabeza deje de zumbar.
He aprendido una cosa con los años: si no me tomo ese espacio voluntariamente, mi cerebro lo toma a la fuerza. Y cuando lo toma a la fuerza es peor. Porque en vez de decir "necesito una hora", me cierro emocionalmente durante dos días. En vez de pedir espacio con calma, exploto con la persona equivocada en el momento equivocado. Mi cerebro va a conseguir ese espacio de una forma u otra. La pregunta es si lo hago yo de forma controlada o si lo hace él de forma caótica.
¿Cómo gestiono la necesidad de espacio sin destrozar relaciones?
Comunicando. Siempre comunicando.
He aprendido a decir "necesito un rato solo" antes de llegar al punto de querer lanzar el teléfono. Porque si espero a estar saturado, lo digo mal. Lo digo con tono. Lo digo de una forma que hiere. Pero si lo digo cuando noto que empiezo a saturarme, puedo decirlo con calma.
También he aprendido a dar contexto. No solo "necesito estar solo" sino "necesito un par de horas sin estímulos para recargar y luego estoy contigo al cien por cien". La diferencia entre las dos frases es brutal. La primera suena a rechazo. La segunda suena a plan.
He creado rutinas de espacio. Todos los días tengo un bloque de una hora donde el teléfono está en modo avión. Mi gente lo sabe. Saben que en esa hora no voy a contestar. Y como lo saben de antemano, no se preocupan. No hay "¿por qué no contestas?". No hay agobio.
Y he aprendido a no sentirme culpable. Que es lo más difícil de todo. Porque cada vez que cierro la puerta del despacho y pongo el teléfono en silencio, una parte de mí piensa "estás siendo egoísta". Y tengo que recordarme que no. Que si no recargo, voy a estar presente pero ausente. Y eso es peor que estar ausente un rato y volver de verdad.
Si te agobia socializar de una forma que no puedes explicar, si necesitas espacio pero te sientes culpable por pedirlo, si sientes que tu energía social es completamente impredecible y que todo te cuesta más, puede que no sea egoísmo.
Puede que tu cerebro procese los estímulos sociales con más intensidad de lo normal. Y eso tiene un nombre. Un nombre que cuando lo descubres, te quita un peso de encima que llevabas años cargando.
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