Matar una idea cuando todavía crees que puede funcionar

La parte más dura del emprendimiento no es abandonar lo que ya sabes que ha fallado. Es soltar lo que todavía crees que podría funcionar.

Hay un tipo de abandono que nadie habla.

El abandono de algo que todavía podría funcionar. No el cierre del proyecto muerto, ese en el que ya nadie cree y que llevas meses manteniendo por inercia. Hablo de cerrar algo que todavía tiene potencial, que todavía tiene gente interesada, que todavía te ilusiona un poco.

Eso es mucho más difícil.

Y con TDAH, casi imposible. Porque tu cerebro siempre ve el potencial. Siempre tiene razones para creer que la siguiente iteración puede ser la que lo cambie todo. La siguiente versión, el siguiente lanzamiento, el siguiente mes con más constancia.

El siguiente mes nunca acaba de llegar.

¿Por qué seguimos invirtiendo en ideas que no escalan?

La falacia del coste hundido. Ya llevas seis meses en esto. Ya invertiste dinero, tiempo, energía. Ya construiste algo. Y tu cerebro interpreta ese tiempo pasado como una razón para seguir, cuando en realidad el tiempo pasado no es ninguna razón para nada. Lo que importa es lo que viene, no lo que fue.

Pero decírselo a un cerebro que lleva meses emocionado con una idea es muy fácil en teoría y muy complicado en la práctica.

Hay otro factor: el ego. Cerrar un proyecto significa admitir que te equivocaste. Significa que la apuesta no fue correcta. Y aunque nadie más lo sepa ni le importe, tú lo sabes. Y para un emprendedor que ya lucha con el síndrome del impostor, admitir que una idea no funcionó activa exactamente los mecanismos que más quieres evitar.

¿Cuándo una idea tiene potencial real y cuándo solo lo parece?

Esta es la pregunta que importa. Y la respuesta honesta es que a veces no puedes saberlo hasta que lo has intentado lo suficiente. Pero hay señales.

Potencial real: hay personas que han pagado por algo parecido. Hay conversaciones donde la gente te dice que lo necesita sin que tú lo hayas preguntado. Los problemas que aparecen son de ejecución o recursos, no de validación. Cuando explicas la idea a alguien que no te conoce, lo entiende y le interesa.

Potencial aparente: la idea te emociona mucho a ti pero las conversaciones con posibles clientes son tibias. Las métricas de interés son de atención, no de intención de compra. Llevas meses ajustando el mensaje y el problema sigue siendo el mismo. La gente dice que es buena idea pero nadie paga.

La diferencia entre las dos es incómoda porque implica que tus emociones sobre la idea no son datos fiables. Tu entusiasmo no es validación.

¿Cómo decides cuándo es suficiente?

Pon un criterio antes de empezar, no después. Si antes de lanzar decides que vas a necesitar X conversiones en Y tiempo para seguir adelante, y no las consigues, el criterio ya está definido. No hay que negociar con el cerebro. No hay que buscar razones para darle otra oportunidad.

El problema es que la mayoría de la gente no pone el criterio antes. Lo pone después de que los primeros resultados no son los esperados. Y en ese momento el criterio ya no es objetivo: está contaminado por el deseo de que la cosa funcione.

Con TDAH hay un patrón adicional: cambias de estrategia tan rápido que nunca dejas que nada demuestre si funciona o no. Antes de que el primer enfoque haya tenido tiempo real de dar resultados, ya estás con el siguiente. Y luego con el siguiente. Y al final tienes una idea que ha tenido doce versiones distintas y ninguna ha durado suficiente como para saber si era el problema de la idea o el problema de la ejecución.

¿Qué ganas cuando sueltas?

Primero, nada. Un rato de sensación incómoda. La duda de si lo hiciste bien.

Luego, espacio. Capacidad cognitiva que estabas usando en mantener esa idea en el aire. Energía que vuelve a estar disponible.

Y después, si tienes suerte y eres honesto en el análisis de lo que pasó, aprendizaje. Las lecciones que vienen de los errores que más dinero te han costado son las más útiles que tienes. No las de los libros. Las tuyas. Las que vienen de haber apostado por algo, haberlo visto no funcionar, y haber entendido por qué.

Matar una idea que todavía crees que podría funcionar es de las cosas más difíciles del emprendimiento. Y también de las más necesarias. Porque el coste de seguir con algo que no tiene futuro real no es solo tiempo y dinero. Es la atención que le quitas a lo que sí puede funcionar.

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