La rutina me aburre pero sin ella no funciono: la paradoja

Odias la rutina pero sin estructura te hundes. No sabes si necesitas más orden o más caos. Tranquilo, no eres el único.

Necesito una rutina para funcionar. Pero la rutina me aburre hasta el punto de querer tirar el portátil por la ventana.

Esto es la paradoja de mi vida. Y probablemente de la tuya.

Sin estructura, mi día es un caos total. Empiezo mil cosas, no termino ninguna, como a las 5 de la tarde, me acuesto a las 3 de la mañana y al día siguiente no sé ni qué día es. Necesito orden. Necesito un marco. Lo sé.

Pero cuando tengo ese orden, cuando la rutina lleva tres días funcionando, algo dentro de mí empieza a gritar. "Esto es aburrido. Esto es predecible. Necesito hacer algo diferente." Y saboteo todo lo que había construido.

¿Por qué tu cerebro quiere dos cosas opuestas al mismo tiempo?

Porque necesitas estructura para funcionar pero novedad para sentirte vivo. Y esas dos cosas, en su forma pura, son incompatibles.

La estructura te da predictibilidad. Sabes qué viene después. Sabes qué hacer. No tienes que decidir todo desde cero. Y eso es un alivio para un cerebro que se satura con las decisiones.

Pero la novedad te da energía. Dopamina. Motivación. Ganas de levantarte por la mañana. Sin novedad, la estructura se siente como una cárcel. Una cárcel cómoda, sí. Pero cárcel al fin y al cabo.

Y tu cerebro oscila entre las dos como un péndulo. Caos total durante un tiempo. Rutina estricta durante otro. Caos otra vez. Rutina. Y así.

Es lo que le pasa a la gente que no puede ser constante aunque quiera. No es que no valoren la constancia. Es que su cerebro la rechaza activamente cuando dura demasiado.

La trampa del "todo o nada"

Y aquí viene la trampa. Porque como la rutina se rompe, piensas que el problema es que tu rutina no era lo suficientemente buena. Así que diseñas una mejor. Más detallada. Más optimizada. Más perfecta.

Y la nueva rutina funciona. Otra vez. Tres días. Quizá cinco. Y luego se rompe. Otra vez. Y diseñas otra. Otra vez.

Es el ciclo de comprar una agenda nueva cada tres meses buscando la definitiva. No es la agenda. No es la rutina. Es que tu cerebro no está diseñado para la repetición infinita sin variación.

Y mientras sigues cambiando de sistema, de app, de método, el problema real sigue ahí: no sabes cómo convivir con un cerebro que necesita estructura Y caos al mismo tiempo.

¿Cómo se resuelve algo que no tiene solución obvia?

No se resuelve. Se gestiona. Y eso es menos glamuroso pero más honesto.

Lo que a mí me funciona es lo que llamo "estructura flexible". Suena a contradicción pero no lo es.

Tengo horarios marco que no negocio. Me levanto, trabajo, como, trabajo, paro. Esos bloques existen todos los días. Pero dentro de cada bloque hay libertad total. No decido la noche anterior qué voy a hacer en cada bloque. Lo decido en el momento. Según lo que me pida el cuerpo. Según lo que me motive. Según lo que sea urgente.

Es como tener un esqueleto fijo pero dejar que los músculos se muevan libremente. El esqueleto te da forma. Los músculos te dan vida.

¿Es perfecto? No. Hay días que el sistema se cae. Hay días que ni los bloques se respetan. Pero funciona más del 60% de las veces, y eso, para alguien que antes funcionaba un 10%, es un cambio brutal.

Cuando la paradoja es más que una anécdota

Si esta paradoja te define, si vives en ese péndulo constante entre el caos y la estructura, si sientes que todo te cuesta más que a los demás y no entiendes por qué, para. Un segundo.

Porque esto no es "ser desordenado". No es "ser vago". No es "no tener disciplina". Es un patrón. Un patrón que tiene explicación. Y que tiene nombre.

No te voy a diagnosticar nada. No soy quién para hacerlo. Pero sí te voy a decir que si llevas años en este péndulo y ya has probado de todo sin resultado, puede que el problema no sea el método. Puede que sea el cerebro que intenta usar el método.

Y entender eso cambia todo.

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