Kerouac vs Hemingway: dos escritores que necesitaban moverse para crear
Kerouac cruzaba América en autostop. Hemingway cazaba leones. Los dos necesitaban movimiento para escribir. El TDAH explica por qué.
Kerouac cruzaba América en autostop. Hemingway cazaba leones en África. Los dos necesitaban el movimiento para poder escribir. Y ninguno podía parar hasta que el cuerpo decía basta.
Dos de los escritores más importantes del siglo XX. Estilos opuestos, vidas opuestas, filosofías opuestas. Pero con un patrón en común que nadie parece querer nombrar: la incapacidad absoluta de quedarse quietos.
Y no hablo de inquietud metafórica. Hablo de coger un coche, un barco o un avión y largarse al otro lado del mundo porque la silla del escritorio se había convertido en una cárcel.
¿Qué tenían en común Kerouac y Hemingway más allá de las letras?
A primera vista, nada.
Kerouac era un tío flaco, nervioso, que se juntaba con poetas y vagabundos. Vivía con lo puesto. Escribió "En el camino" en tres semanas, alimentado a base de café y benzedrina, en un rollo de papel continuo de treinta metros porque cambiar la hoja le rompía el ritmo.
Hemingway era un tío que parecía un oso con máquina de escribir. Cazaba, pescaba, boxeaba, iba a guerras por deporte y escribía de pie porque sentarse le parecía una forma de rendirse.
Pero si rascas un poco la superficie, el motor es el mismo.
Los dos necesitaban estímulos externos constantes para funcionar. Los dos escribían mejor justo después de experiencias intensas. Los dos tenían una relación brutal con el alcohol. Los dos eran incapaces de mantener una vida doméstica estable. Y los dos producían sus mejores obras cuando estaban en movimiento, no cuando estaban sentados.
Eso no es coincidencia. Es un patrón que se repite en muchos escritores que necesitaban moverse para crear.
Kerouac: escribir como quien conduce a 160 por una carretera vacía
Jack Kerouac tenía un método de escritura que haría llorar a cualquier profesor de literatura: la prosa espontánea. Nada de planificar. Nada de esquemas. Nada de reescribir. Te sientas y dejas que salga todo de golpe, como un grifo que llevas años intentando cerrar y que por fin decides abrir del todo.
Y le funcionaba. Pero solo le funcionaba después de semanas o meses de movimiento.
Kerouac no escribía en un despacho tranquilo mirando al jardín. Kerouac cruzaba el país una y otra vez, dormía en coches, en casas de desconocidos, en bancos de estaciones de autobús. Acumulaba experiencias como quien acumula leña. Y cuando tenía suficiente, se encerraba y lo volcaba todo en el papel.
El hiperfoco de Kerouac era legendario. Tres semanas sin parar para escribir una novela entera. Luego, meses sin poder escribir una frase. Ese ciclo de todo o nada no es pereza. Es un cerebro que necesita llenarse antes de poder vaciarse.
Hemingway: la calma que solo llega después de la tormenta
Ernest Hemingway funcionaba al revés. O eso parece.
Hemingway tenía una rutina de escritura aparentemente disciplinada: se levantaba temprano, escribía de pie hasta mediodía, contaba las palabras que había escrito y paraba. Suena a lo contrario de Kerouac.
Pero mira lo que hacía el resto del día.
Pescaba marlins en Cuba. Corría con los toros en Pamplona. Se iba de safari a Kenia. Cubría guerras como corresponsal. Boxeaba con cualquiera que aceptara el reto. Bebía cantidades de alcohol que harían palidecer a un vikingo.
Lo que Hemingway nos enseña sobre buscar estímulos extremos es exactamente esto: la escritura era la parte calmada de su vida. Necesitaba todo lo demás para poder sentarse a escribir esas frases cortas, secas, perfectas que le hicieron famoso.
Su cerebro necesitaba el caos para producir orden.
¿Por qué el movimiento y la escritura están tan conectados?
Hay un patrón que se repite en los escritores que funcionan así: la quietud no es productiva. Es paralizante.
Un cerebro que necesita estímulos constantes no puede crear en el vacío. Necesita llenarse de experiencias, de sensaciones, de conversaciones, de lugares nuevos. Y luego, cuando está saturado, puede sentarse y convertir todo eso en palabras.
Es como una esponja. No puedes escurrir una esponja seca.
Kerouac lo hacía acumulando kilómetros. Hemingway lo hacía acumulando adrenalina. El mecanismo es el mismo: llenar el depósito para poder vaciarlo en el papel.
Y cuando el depósito estaba vacío, ninguno de los dos podía escribir. Kerouac se hundía en depresiones alcohólicas. Hemingway se volvía irascible y autodestructivo. Los dos sabían que necesitaban moverse, pero el cuerpo no siempre podía seguir el ritmo del cerebro.
Es algo parecido a lo que les pasaba a Dickens y Dostoievski con la presión. Cerebros que solo funcionan en ciertas condiciones muy concretas. Y que cuando esas condiciones desaparecen, se apagan.
Lo que nadie dice cuando habla de estos dos genios
Se habla de su talento. De su estilo. De sus novelas. De sus premios.
Pero nadie habla del coste.
Kerouac murió a los 47 años. Hemingway se quitó la vida a los 61. Los dos fueron alcohólicos. Los dos destruyeron relaciones. Los dos vivieron vidas que desde fuera parecen épicas y desde dentro debían ser agotadoras.
Porque un cerebro que no puede parar es fascinante cuando produce arte. Pero ese mismo cerebro sigue funcionando cuando no hay papel delante. Sigue buscando estímulos a las tres de la mañana. Sigue necesitando movimiento cuando el cuerpo ya no da más. Sigue sintiendo todo a volumen máximo cuando lo que necesitas es silencio.
El TDAH no diagnosticado en el siglo XX no se gestionaba. Se automedicaba. Con alcohol, con aventuras, con riesgo. Y a veces con obras maestras.
Pero las obras maestras no justifican el sufrimiento. Solo lo hacen visible.
Dos formas de lo mismo
Kerouac y Hemingway son la prueba de que el mismo patrón puede producir resultados completamente distintos. Uno escribía a borbotones, sin filtro, como un río desbordado. El otro tallaba cada frase como si fuera mármol.
Pero los dos necesitaban lo mismo antes de sentarse a escribir: haber vivido algo intenso. Haber movido el cuerpo. Haber llenado la cabeza de algo que no fuera silencio.
Hoy sabemos ponerle nombre a eso. Hoy sabemos que hay cerebros que funcionan así. Que no es vicio, ni rebeldía, ni carácter difícil. Es neurología.
Lo que no sabemos todavía es cuántos Kerouacs y Hemingways se quedaron por el camino sin haber escrito ni una línea. Porque no tuvieron la suerte, el contexto o el momento para convertir esa necesidad de movimiento en algo que el mundo pudiera leer.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro necesita movimiento para funcionar, que las ideas aparecen cuando caminas y desaparecen cuando te sientas, puede que no sea falta de disciplina. Puede que sea tu forma de funcionar.
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