Lo que Kafka nos enseña sobre escribir con un cerebro que te sabotea
Kafka odiaba su trabajo, su escritura y no poder dejar de escribir. Vivía atrapado entre crear y destruirse. Si eso no te suena, enhorabuena.
Kafka odiaba su trabajo, odiaba su escritura y odiaba no poder dejar de escribir. Vivía atrapado entre la necesidad de crear y la certeza de que no era suficiente. Si eso no te suena, enhorabuena.
Porque a mí me suena a cada martes a las once de la noche cuando llevo tres horas delante de una pantalla en blanco, convencido de que lo que voy a escribir es basura antes de haber escrito una sola línea.
Franz Kafka es uno de los escritores más influyentes de la historia de la literatura. Y también fue uno de los seres humanos más torturados por su propia cabeza. No por falta de talento. Por exceso de ruido interno.
¿Quién era Kafka más allá de los libros de texto?
Nació en Praga en 1883. Estudió Derecho porque su padre lo presionó. Trabajó en una compañía de seguros porque necesitaba dinero. Y escribía por las noches, a escondidas del mundo y a veces de sí mismo, porque no podía evitarlo.
Su vida entera fue un tira y afloja entre lo que sentía que debía hacer y lo que su cerebro le pedía a gritos. El trabajo de oficina le drenaba. Las relaciones le agotaban. La escritura le obsesionaba pero nunca se sentía suficiente.
Escribió "La metamorfosis" en una sola noche. De un tirón. Como si algo dentro de su cabeza se hubiera desbloqueado de golpe y necesitara sacarlo todo antes de que se cerrase la ventana.
Eso tiene un nombre. Se llama hiperfoco. Y cualquiera que haya vivido uno sabe exactamente de qué hablo.
¿Puede un cerebro con TDAH crear obras maestras odiándose a sí mismo?
Kafka no está diagnosticado con TDAH. Murió en 1924, décadas antes de que existiera el concepto tal y como lo conocemos. Pero cuando lees sus diarios, sus cartas, su forma de describir cómo funcionaba su cabeza, el patrón es difícil de ignorar.
Procrastinación crónica en el trabajo que no le interesaba. Hiperfoco brutal en la escritura cuando llegaba la noche. Incapacidad de mantener rutinas estables. Relaciones que empezaba con intensidad y abandonaba sin saber muy bien por qué. Una autocrítica tan feroz que pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos cuando muriese.
Todos. Los quería destruidos. Incluida "El proceso". Incluido "El castillo". Incluida toda la obra que hoy se estudia en universidades de medio mundo.
Brod, por suerte o por criterio, no le hizo caso. Y gracias a eso tenemos a Kafka.
Pero piensa en lo que eso significa. Un cerebro tan brillante que generó algunas de las obras más importantes de la literatura del siglo XX. Y tan saboteador que su dueño quería borrarlas todas de la existencia.
Si eso no es el TDAH en estado puro, se le parece mucho.
La escritura nocturna como único refugio
Kafka trabajaba de día en la oficina de seguros. Odiaba cada minuto. Pero era un empleado eficiente, porque su cerebro funcionaba en modo automático mientras su mente estaba en otro sitio completamente distinto.
Por las noches, cuando el mundo se callaba, escribía.
No por disciplina. No por hábito. Sino porque a las once de la noche, cuando el estímulo del día ya se había agotado y no quedaba nada más que hacer, su cerebro por fin encontraba silencio suficiente para crear.
Es lo mismo que le pasaba a F. Scott Fitzgerald, que solo podía crear en el caos. O a Dostoievski escribiendo bajo presión, apostando hasta el último rublo y con el plazo de entrega pisándole los talones. Cerebros que necesitan condiciones extremas para desbloquear lo que llevan dentro.
Kafka escribía "La metamorfosis" del tirón y luego pasaba semanas sin poder tocar un papel. No era pereza. Era un cerebro que funcionaba a ráfagas. Todo o nada. Hiperfoco o parálisis. Sin punto medio.
La carta al padre y el diálogo interno que no para
Si quieres entender cómo funciona un cerebro que se sabotea a sí mismo, lee la "Carta al padre" de Kafka. Son más de cien páginas escritas a su padre Hermann que nunca llegó a enviar.
Cien páginas.
Para decir lo que sentía. Sin poder resumirlo. Sin poder simplificarlo. Sin poder dejarlo en un "papá, me hiciste daño" y seguir con su vida.
Porque un cerebro como el de Kafka no funciona así. Un cerebro como el de Kafka le da vueltas a las cosas hasta que las vueltas se convierten en obra literaria. El monólogo interno se convierte en texto. La ansiedad se convierte en prosa. La incapacidad de soltar un pensamiento se convierte en cien páginas dirigidas a alguien que probablemente nunca las habría entendido.
Eso es exactamente lo que hacen los cerebros dispersos que cambiaron la literatura. No eligen darle vueltas a las cosas. Sus cerebros no les dan otra opción. Y los que encuentran una forma de canalizar esa espiral, a veces crean algo que el resto del mundo no puede dejar de leer.
Lo que Kafka te enseña sin querer
Que tu peor crítico eres tú. Kafka quería destruir toda su obra. Si le hubieran hecho caso, no existiría uno de los pilares de la literatura moderna. La voz que te dice que lo que haces no vale suele mentir. No siempre. Pero suele.
Que el hiperfoco no es productividad constante. Es una ráfaga que aparece cuando le da la gana y se va sin avisar. Kafka podía escribir una obra maestra en una noche y luego estar semanas bloqueado. No eres vago por tener días de parálisis después de un día brillante. Así funciona tu cerebro.
Que necesitar condiciones específicas para crear no es una excusa. Kafka necesitaba la noche, el silencio, la soledad. No era capricho. Era que su cerebro solo se desbloqueaba en ese contexto. Encuentra tu contexto. No copies el de otro.
Que odiar el proceso no significa que no debas hacerlo. Kafka odiaba escribir. También odiaba no escribir. Si algo te atrae y te repele al mismo tiempo con la misma intensidad, probablemente es exactamente lo que deberías estar haciendo.
El escritor que no podía parar de escribir ni dejar de odiarse por hacerlo
Kafka murió a los cuarenta años. De tuberculosis, no de autocrítica, aunque a veces parece que la segunda lo mató más lentamente que la primera.
Dejó un puñado de obras publicadas en vida, una montaña de manuscritos que quería destruidos, y una forma de mirar el mundo que todavía hoy define cómo entendemos la absurdidad de la existencia moderna.
Todo eso salió de un cerebro que su dueño consideraba defectuoso.
Si tu cabeza funciona como la de Kafka, si alternas entre ráfagas de genialidad y días de parálisis, si no puedes parar de darle vueltas a las cosas, si la voz interna es tu peor enemiga y a veces tu mejor aliada, no eres raro. Solo tienes un cerebro que necesita entenderse antes de poder usarse.
Y el primer paso es saber qué tipo de cerebro tienes.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza te sabotea justo cuando más necesitas que funcione, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona.
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