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El perfeccionismo extremo de Steve Jobs: cuando no hay suficientemente bueno

Jobs probó 83 tonalidades de beige para un Macintosh. Rechazaba prototipos 50 veces. ¿Perfeccionismo o hiperfoco fuera de control?

tdahfamosos

Ochenta y tres tonalidades de beige.

Eso es lo que Steve Jobs hizo evaluar para el color del primer Macintosh. Ochenta y tres. No diez. No veinte. Ochenta y tres versiones distintas de un color que el noventa y nueve por ciento de la humanidad describiría simplemente como "beige".

Y cuando le preguntaron por qué, no dijo nada particularmente revelador. Simplemente no había encontrado el beige correcto. Los ochenta y dos anteriores no eran suficientemente buenos.

Esa frase, "no es suficientemente bueno", fue probablemente la más repetida en toda la historia de Apple. Y esconde algo que va mucho más allá del buen gusto o la exigencia profesional.

¿El perfeccionismo de Jobs era virtud o síntoma?

Hay una línea muy fina entre el perfeccionismo productivo y el perfeccionismo patológico. El primero te hace mejorar las cosas. El segundo te impide terminarlas. Y Jobs bailaba sobre esa línea como un funambulista borracho.

Los tornillos interiores del Macintosh. Los que nadie iba a ver nunca. Los que estaban dentro de la carcasa, invisibles al usuario. Jobs exigió que estuvieran perfectamente alineados y acabados. Un ingeniero le dijo que nadie los vería. Jobs contestó: "Yo los veré."

Eso no es atención al detalle. Eso es un cerebro que no puede soltar algo hasta que encaja con la imagen que tiene en la cabeza. Y esa imagen no negocia con la realidad. No le importa el plazo. No le importa el presupuesto. No le importa que nadie en el planeta vaya a notar la diferencia entre el tornillo alineado y el que no lo está. Si no es perfecto en su cabeza, no existe.

El post principal sobre Jobs y su cerebro

Los 50 prototipos que rechazó antes de decir "sí"

Jony Ive, el diseñador que trabajó con Jobs durante años, ha contado que presentar un prototipo a Steve era como ir a una audición donde el jurado tiene la respuesta "no" preparada antes de que abras la boca.

Rechazaba diseños que cualquier otra empresa habría aprobado sin pestañear. Los rechazaba no porque fueran malos, sino porque no coincidían con lo que él veía en su cabeza. Y lo que él veía en su cabeza era un nivel de perfección que no existía hasta que él lo exigía.

El iPhone pasó por iteraciones que habrían sido productos finales en cualquier otra compañía. El iPod fue rediseñado desde cero varias veces cuando ya estaba prácticamente listo para fabricar. La tienda Apple de la Quinta Avenida fue demolida y reconstruida porque el cristal no era lo bastante transparente.

¿Perfeccionismo? Sin duda. Pero ese nivel de obsesión con el detalle no es algo que puedas elegir. No decides un día que vas a examinar ochenta y tres beiges. Eso te pasa. Tu cerebro se engancha a un detalle y no te suelta hasta que lo resuelve. Es hiperfoco aplicado a la estética. Y el hiperfoco, como sabe cualquiera que lo haya experimentado, no se controla. Se gestiona, con suerte.

La "reality distortion field": hiperfoco aplicado a los demás

Los empleados de Apple acuñaron el término "campo de distorsión de la realidad" para describir lo que pasaba cuando Jobs entraba en una habitación y decidía que algo tenía que ser de determinada manera.

No era persuasión. No era carisma, aunque también tenía. Era algo más intenso. Cuando Jobs se obsesionaba con una idea, la realidad a su alrededor se deformaba. Lo imposible dejaba de serlo. Los plazos dejaban de importar. Las limitaciones técnicas se convertían en excusas de gente que no quería trabajar lo suficiente.

Edison tenía algo parecido

Y es que cuando un cerebro con hiperfoco se fija en un objetivo, no solo se obsesiona él. Arrastra a todo su entorno. No porque sea malvado ni manipulador. Porque genuinamente no entiende que los demás no lo vean con la misma claridad. Para él es obvio. El beige número 47 no es el correcto. ¿Cómo es posible que nadie más lo vea?

Cuando el perfeccionismo cruza la línea

El lado oscuro de todo esto es real y merece decirse sin adornos.

Jobs hacía llorar a empleados. Humillaba públicamente a gente que presentaba trabajo que no cumplía sus estándares. Destruía la autoestima de personas brillantes porque un píxel estaba desalineado o una frase de marketing no le "sonaba bien".

Eso no es exigencia. Es un rasgo descontrolado que cruza la línea del perfeccionismo y entra en territorio de tiranía. Y es algo que muchas personas con rasgos de TDAH reconocen en versiones más suaves: esa frustración desproporcionada cuando algo no sale como tu cerebro espera. Esa impaciencia que te hace reaccionar de forma brutal ante imperfecciones que los demás ni notan.

La diferencia es que la mayoría de la gente no tiene el poder de Jobs. No puede exigir que se rehaga un producto entero porque el cristal no refleja la luz como debería. Pero la frustración interna es la misma. Esa sensación de que el mundo no está a la altura de lo que tu cerebro ve.

El perfeccionismo como motor y como cárcel

Phelps canalizaba su hiperfoco en metros de piscina

Pero los tres pagaron un precio. Y en el caso de Jobs, el precio fue visible: relaciones rotas, equipos quemados, una reputación personal que oscilaba entre el genio y el tirano.

El perfeccionismo de Jobs no era una elección consciente. No era filosofía de diseño. Era un cerebro que no podía aceptar nada que no coincidiera con la imagen perfecta que tenía dentro. Y eso es algo que cualquiera con tendencia al hiperfoco entiende en sus huesos. Esa incapacidad de soltar. De decir "ya está bien". De aceptar que el ochenta por ciento es suficiente cuando tu cerebro grita que no lo es.

No se trata de admirar a Jobs ni de justificar su forma de tratar a la gente. Se trata de entender el mecanismo. Porque si reconoces ese perfeccionismo en ti, si sabes lo que es no poder entregar algo porque "no está listo" aunque lleves semanas retocándolo, si alguna vez has rehecho un trabajo entero a las dos de la mañana porque un detalle te estaba matando, entonces sabes exactamente de qué hablamos.

Y la pregunta no es si tienes el cerebro de Jobs. La pregunta es si estás gestionando el tuyo o dejando que te gestione a ti.

Ochenta y tres tonalidades de beige. Si eso te parece normal, si entiendes por qué alguien haría eso, puede que tu cerebro funcione de una forma que merece la pena entender mejor.

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