Basquiat vs Pollock: dos formas de pintar desde el caos
Uno tiraba pintura al lienzo borracho. El otro pintaba textos y símbolos con la tele a todo volumen. Los dos pintaban desde el caos, pero no el mismo caos.
Dos artistas. Dos lienzos gigantes en el suelo. Los dos pintando desde algún lugar que no es exactamente la cabeza.
Uno tira pintura. Literalmente. La deja caer, la drippea, la salpica, camina encima del lienzo, se mueve alrededor como si estuviera poseído. Sin pincel. Sin figuración. Sin plan visible. Solo el acto de tirar.
El otro pinta palabras, calaveras, anatomía, coronas, graffiti, referencias al jazz, a los esclavos, a los santos, a los hospitales. Todo mezclado. Todo superpuesto. Todo rápido. Con la televisión encendida al máximo volumen y música a tope porque el silencio le resultaba insoportable.
Jackson Pollock y Jean-Michel Basquiat.
Los dos genios. Los dos caóticos. Los dos muertos jóvenes.
Y sin embargo, su caos no tiene nada que ver.
¿Qué diferencia hay entre tirar pintura y pintar el caos?
Pollock no pintaba cosas. Pollock pintaba el acto de pintar.
El drip painting, esa técnica que le hizo famoso y que al principio todo el mundo miró con cara de "esto lo hace mi sobrino de cuatro años", no era una estética elegida. Era una necesidad. Pollock necesitaba que el proceso fuera la obra. Necesitaba moverse, dejar que el cuerpo actuara antes de que la mente pudiera censurar nada.
Era alcohólico. Tenía episodios de violencia. Luchaba con una rabia que no sabía cómo gestionar de otra manera. Y el lienzo era donde esa rabia encontraba salida. No forma. No narrativa. Salida.
Cuando pintaba, Pollock estaba regulado. Cuando no pintaba, se bebía todo lo que encontraba.
Murió en 1956. Accidente de coche. Borracho. Cuarenta y cuatro años.
Basquiat, treinta y dos años después, murió de sobredosis. Veintisiete años.
El caos se los llevó a los dos. Pero de formas muy distintas.
¿Por qué el caos de Basquiat tenía tanto sentido?
Mira un cuadro de Basquiat de cerca. Primer impulso: caos total. Palabras tachadas, figuras a medio hacer, colores que no combinan, textos encima de textos, referencias que no tienen por qué estar juntas.
Segundo impulso, si te quedas un rato: todo está ahí con una razón.
Las palabras tachadas son intencionadas. Tacha cosas para que las veas más. Es una paradoja visual que funciona. Las anatomías son referencias directas a los libros de medicina que estudiaba de crío después de que le atropellara un coche y pasara tiempo en el hospital. Las coronas aparecen sobre figuras negras, sobre figuras que el sistema había decidido que no merecían coronas. Todo tiene significado. Todo está colocado, aunque parezca tirado.
Basquiat pintaba con la televisión encendida y música a todo volumen porque el silencio le ponía nervioso. No podía trabajar en quietud. Necesitaba ruido de fondo para concentrarse, lo cual suena contradictorio hasta que lo reconoces. Hasta que lo has vivido. Poner música para estudiar. Abrir tres pestañas más para poder leer una. Necesitar el ruido de fondo para que el ruido interno se calme un poco.
Era urbano y verbal donde Pollock era rural y silencioso. Basquiat creció en Brooklyn, entre graffiti y hip-hop y jazz. Pollock creció en Wyoming, con espacio físico ilimitado y silencio aplastante.
Dos cuerpos distintos en dos mundos distintos produciendo dos tipos de caos distintos, aunque el resultado en la pared tenga una textura parecida.
¿Qué tenían en común aparte del caos?
Varias cosas. Y no son menores.
Primero: los dos usaban el lienzo como regulador emocional. No como expresión artística en el sentido bonito de la frase. Como herramienta de supervivencia. El momento en que pintaban era el momento en que estaban bien. Fuera del lienzo, el mundo era complicado.
Segundo: los dos luchaban con adicciones. Pollock con el alcohol. Basquiat con la heroína. Las adicciones en personas con un sistema nervioso que funciona a otro ritmo son frecuentes. No porque sean débiles. Sino porque encuentran en esa sustancia una forma de apagar el volumen, de bajar a la tierra, de parar aunque sea un momento el motor que no para nunca.
Tercero: los dos murieron jóvenes. Pollock a los cuarenta y cuatro. Basquiat a los veintisiete. No es una estadística poética. Es el resultado de dos cerebros que no tenían herramientas para gestionar lo que les pasaba por dentro, y que encontraron atajos que funcionaban a corto plazo y destruían a largo.
Cuarto: los dos eran veloces. Pollock pintaba en sesiones intensas que duraban horas, luego paraba. Basquiat era conocido por crear obras enteras en una tarde. Esa velocidad no era técnica. Era neurológica.
¿El caos puro o el caos con significado?
Aquí está la distinción que me parece interesante.
Pollock no necesitaba que nadie entendiera lo que había dentro. El proceso era suficiente. La obra existía porque él había existido al hacerla. No era un mensaje. Era una huella.
Basquiat necesitaba comunicar. El caos era el vehículo, no el destino. Si te acercas a sus cuadros y los lees, y sí, se pueden leer porque hay palabras de verdad ahí, encuentras capas. Hay humor negro. Hay rabia política. Hay nostalgia y hay crítica y hay amor al jazz y hay angustia. Todo al mismo tiempo, todo mezclado, todo encima de todo.
Uno pintaba para vaciarse. El otro pintaba para decir algo que no podía decirse de otra manera.
Ninguno de los dos decidió su método. Los dos encontraron el único método que funcionaba para su cerebro concreto. Como Basquiat pintando en su estudio o como su salto de las calles a los museos: el entorno cambia, pero el cerebro sigue siendo el mismo.
Lo que estos dos artistas dicen sobre los cerebros que no encajan
Pollock pasó años siendo ignorado o ridiculizado. "Eso no es arte". "Lo hace cualquiera". "Un niño con un bote de pintura haría lo mismo". Hasta que alguien empezó a mirarlo de verdad y entendió que lo que estaba viendo no era negligencia técnica. Era un cerebro funcionando de una manera que el arte académico no tenía categoría para clasificar.
Basquiat fue tratado como exótico antes que como artista. Como fenómeno antes que como genio. El mercado del arte de los ochenta lo compró y lo expuso, pero también lo consumió. No había estructuras para un cerebro como el suyo que producía a esa velocidad y con esa densidad de referencias.
Los dos encontraron la forma de sacar lo de dentro. Los dos pagaron un precio enorme por ello.
Hay gente que mira esos cuadros y ve desorden. Y hay gente que los mira y reconoce algo. La necesidad de externalizar lo que hay dentro antes de que te aplaste. La velocidad de un cerebro que no espera. El caos que tiene lógica propia aunque no sea la lógica que el colegio enseñó.
Si eres del segundo grupo, hay una razón para eso. Y merece la pena entenderla.
Si reconoces en Basquiat o en Pollock algo que no sabes muy bien cómo nombrar, si tu cabeza también produce a un ritmo que no siempre puedes controlar y con una intensidad que los demás no siempre entienden, quizás te interesa saber cómo funcionan los cerebros creativos con TDAH.
Este análisis se basa en información pública y rasgos observables. No es ni pretende ser un diagnóstico clínico.
No tienes que ser artista para tener un cerebro que funciona así. Ni tienes que pintar nada para reconocerte en este patrón. Si algo de lo que has leído te ha sonado familiar, el test de TDAH existe para eso.
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