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La inquietud de Bob Marley: música, espiritualidad y un cerebro que no paraba

Bob Marley no era un adicto al trabajo. Su inquietud venía de un cerebro que necesitaba moverse en todos los frentes a la vez. Así creó una revolución.

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Bob Marley grabó más de 200 canciones en una carrera de 15 años. Mientras tanto, jugaba al fútbol a diario, lideraba movimientos políticos, viajaba sin parar y fundaba una religión musical. Su inquietud no era energía normal. Era otra cosa.

Porque hay gente que trabaja mucho. Y luego hay gente que no puede parar. Y la diferencia entre una cosa y la otra es más importante de lo que parece.

Un hombre que no se quedaba quieto en ningún sitio

Si miras la agenda de Bob Marley en cualquier semana de los setenta, parece un error de impresión.

Por la mañana, partido de fútbol en el patio de su casa en Hope Road, Kingston. No un partidillo suave. Un partido a muerte, con equipos completos, entradas duras, y Marley corriendo como si la final de la Copa del Mundo dependiera de ello. Todos los días. Sin excepción.

Por la tarde, al estudio. Horas grabando, probando, descartando, volviendo a empezar. No porque tuviera un deadline. No porque el sello discográfico le estuviera presionando. Porque su cabeza no le dejaba hacer otra cosa. Si no estaba creando algo, la inquietud se lo comía vivo.

Por la noche, reuniones con líderes políticos, activistas, gente del movimiento rastafari. Bob Marley no se limitaba a cantar sobre la justicia social. Estaba metido hasta las cejas. Mediando entre partidos rivales en Jamaica. Poniendo su cuerpo en el escenario dos días después de que le pegaran un tiro. Literalmente.

Y cuando no estaba en Kingston, estaba de gira. África, Europa, América. Pueblo tras pueblo. Ciudad tras ciudad. Avión, autobús, escenario, hotel, repetir.

Eso no es disciplina.

Eso es un cerebro que necesita estar en movimiento constantemente o se apaga.

¿Por qué la inquietud de Bob Marley era diferente a la de un adicto al trabajo?

Un adicto al trabajo hace una cosa y la machaca hasta el infinito. Se obsesiona con el resultado. Con el éxito. Con el número. Trabaja doce horas al día en lo mismo porque cree que si para, pierde.

Bob Marley hacía diez cosas a la vez porque su cerebro se lo pedía. No buscaba resultado. Buscaba estímulo.

El fútbol no era ejercicio. Era descarga. Una válvula de escape para un cuerpo que acumulaba tanta energía que si no la quemaba físicamente, no podía funcionar. Muchas personas con TDAH necesitan movimiento para poder pensar. No es una preferencia. Es una necesidad neurológica. Sin esa descarga, la cabeza se convierte en un motor acelerado sin marcha puesta. Mucho ruido, poco avance.

La música no era su trabajo. Era su regulador emocional. En el estudio, Marley entraba en un estado donde el mundo exterior desaparecía. Las horas pasaban sin que se diera cuenta. No era disciplina ni fuerza de voluntad. Era hiperfoco. Ese modo en el que un cerebro con TDAH se engancha a algo y lo devora entero, olvidándose de comer, de dormir, de todo lo demás.

La política y la espiritualidad no eran hobbies. Eran canales adicionales para una mente que necesitaba estar procesando en múltiples frentes o se ahogaba. Igual que Jimi Hendrix necesitaba explorar cada sonido posible con su guitarra, Marley necesitaba explorar cada idea posible con su vida entera.

No era ambición. Era supervivencia cerebral.

El fútbol como medicina sin receta

Hay algo que siempre me llama la atención de las biografías de Marley: el fútbol aparece en todas. En todas.

No como anécdota. Como rutina sagrada. Como lo primero que hacía cada mañana. Como algo de lo que nunca prescindía, ni de gira, ni grabando discos, ni en medio de una crisis política.

Y cuando lo lees con ojos de alguien que entiende el TDAH, tiene todo el sentido del mundo.

El ejercicio físico intenso es uno de los reguladores más potentes para un cerebro hiperactivo. Baja el ruido. Quema el exceso de energía que no te deja pensar con claridad. Te da los veinte minutos de calma que necesitas para poder sentarte después y hacer algo que requiera concentración.

Marley no sabía nada de dopamina ni de neurotransmisores. Pero su cuerpo sí. Y le pedía fútbol cada mañana como quien pide oxígeno.

El precio de no poder parar

Aquí es donde la historia deja de ser inspiradora y se vuelve real.

En 1977, a Bob Marley le diagnosticaron un melanoma en el dedo gordo del pie. Los médicos le dijeron que había que amputar. Era la opción más segura.

Marley se negó.

No por motivos religiosos, aunque eso fue lo que se dijo. Amputar el dedo significaba dejar de jugar al fútbol durante meses. Significaba parar las giras. Significaba quedarse quieto.

Y su cerebro no podía quedarse quieto.

Así que siguió. Siguió tocando. Siguió viajando. Siguió jugando al fútbol. El cáncer se extendió. Y en 1981, con 36 años, Bob Marley murió.

Treinta y seis años.

Es la parte del TDAH de la que nadie quiere hablar. La inquietud que te hace crear cosas extraordinarias es la misma inquietud que te impide parar cuando parar es lo único sensato. Es el mismo motor. El mismo combustible. La misma incapacidad de frenar.

Freddie Mercury tenía esa misma energía que le convertía en el mejor frontman del mundo

Lo que la inquietud de Marley nos dice sobre el TDAH

Que un cerebro inquieto no es un cerebro vago. Es un cerebro que necesita más canales, más estímulos, más frentes abiertos para funcionar. Lo que desde fuera parece caos, desde dentro es la única forma de no ahogarse.

Que el movimiento físico no es un extra. Para muchas personas con TDAH es tan necesario como dormir. Sin él, todo lo demás falla.

Que la inquietud no es ambición. Un adicto al trabajo para cuando consigue su objetivo. Una persona con TDAH no para porque no puede. El objetivo es secundario. Lo que manda es el cerebro.

Y que el precio de no poder parar puede ser altísimo. Marley creó una discografía que cambió el mundo. Pero también ignoró un diagnóstico médico porque su cabeza le decía que parar no era una opción.

No es un superpoder. No es una maldición. Es un cerebro que funciona diferente. Y lo más importante es saber que funciona diferente. Porque cuando lo sabes, puedes buscar tus partidos de fútbol, tus estudios de grabación, tus múltiples canales. Y también puedes aprender a parar cuando toca.

Aunque cueste la vida.

Si alguna vez te han dicho que eres demasiado inquieto, que no puedes estarte quieto, que necesitas calmarte, puede que el problema no sea la inquietud. Puede que nadie te haya explicado de dónde viene.

Hacer el test de TDAH

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