Howard Hughes: el magnate obsesivo que conquistó Hollywood y el cielo
Howard Hughes compró aerolíneas, batió récords y produjo películas épicas. La misma obsesión que lo hizo grande lo encerró para siempre.
Howard Hughes compró una aerolínea porque le gustaban los aviones. Produjo las películas más caras de su época porque nadie le decía que no. Y acabó encerrado en una habitación de hotel durante años, sin cortarse las uñas, sin ver a nadie.
La misma obsesión que lo hizo todo, lo destruyó todo.
Y esa es la historia más honesta que te puedo contar sobre lo que pasa cuando un cerebro que no sabe frenar encuentra recursos ilimitados para acelerar.
Un huérfano de dieciocho años con todo el dinero del mundo
Cuando Howard Hughes heredó la empresa de su padre a los dieciocho años, la mayoría de chicos de su edad estaban decidiendo si estudiar derecho o ingeniería. Él decidió algo diferente: irse a Hollywood.
No a ser actor. No a buscar trabajo. A producir películas.
Con dieciocho años.
Con el dinero de la empresa de su padre.
Sin experiencia.
Sin que nadie le pidiera que lo hiciera.
Eso ya te dice bastante. Un chaval que hereda un negocio petrolero perfectamente funcional y decide que lo que necesita el mundo es una película de aviación. Y no cualquier película. La más cara que se había hecho jamás.
Hell's Angels. Una película sobre pilotos de la Primera Guerra Mundial que tardó tres años en rodarse. Tres años. Porque Hughes no estaba satisfecho con las tomas aéreas. Porque compró aviones reales. Porque hizo que los pilotos volaran en formación para las escenas de combate. Porque reescribió el guion cuando llegó el cine sonoro y rehízo media película desde cero.
¿Perfeccionismo? Puede ser. ¿Un cerebro incapaz de soltar algo una vez que se engancha? Eso también.
¿Cómo se ve el posible TDAH en la vida de Howard Hughes?
Empecemos por lo que sí está confirmado: Howard Hughes tenía TOC diagnosticado. Trastorno obsesivo-compulsivo severo que fue empeorando con los años hasta convertirlo en un recluso que vivía en habitaciones de hotel con las ventanas tapadas, sin ver a nadie, sin cortarse las uñas, obsesionado con los gérmenes.
Eso no es TDAH. Eso es TOC.
Pero debajo de ese TOC hay un patrón que cualquiera que conozca el TDAH reconoce al instante.
La incapacidad de mantener un solo proyecto. Hughes pasó de las películas a la aviación, de la aviación a las aerolíneas, de las aerolíneas a los casinos en Las Vegas, de los casinos a la electrónica militar. No era diversificación empresarial. Era un cerebro que se aburría cuando algo dejaba de ser estimulante y necesitaba el siguiente cohete de dopamina.
La obsesión total cuando algo le interesaba. No le gustaban los aviones. Le obsesionaban como a Marie Curie le obsesionó la radiactividad. Diseñó aviones. Pilotó aviones. Batió récords mundiales de velocidad en avión. Compró la TWA porque quería controlar una aerolínea entera. Eso no es un hobby. Es un hiperfoco con chequera ilimitada.
La impulsividad con consecuencias millonarias. Comprar una aerolínea porque te gustan los aviones es el equivalente empresarial de comprarte una guitarra de tres mil euros después de ver un vídeo de YouTube a las dos de la mañana. Solo que multiplicado por varios ceros.
El desastre con las relaciones. Hughes tuvo romances con Katharine Hepburn, Ava Gardner, decenas de actrices de Hollywood. Pero ninguna relación duraba. Porque estaba ahí hasta que dejaba de estar. Porque su cabeza ya estaba en el siguiente proyecto, en el siguiente avión, en la siguiente idea que le quitaba el sueño. Las personas pasaban a segundo plano cuando el cerebro encontraba algo nuevo que perseguir.
El avión más grande del mundo que solo voló una vez
Si quieres entender lo que pasa cuando la obsesión no tiene freno, mira el Spruce Goose.
Hughes convenció al gobierno americano de que podía construir el avión de transporte más grande del mundo. Un hidroavión gigantesco hecho de madera porque el metal estaba racionado por la guerra. El proyecto se retrasó años. Costó una fortuna. Cuando la guerra terminó, ya no tenía sentido militar.
¿Lo abandonó? Claro que no.
Lo terminó. Lo llevó al agua. Lo pilotó personalmente. Voló durante un minuto a veinte metros de altura.
Y nunca más volvió a volar.
Un avión de setenta metros de envergadura que voló sesenta segundos. Cualquier persona con un cerebro que funcione a velocidad normal habría cancelado el proyecto cuando dejó de tener sentido. Pero un cerebro enganchado no suelta. No puede. Igual que Tesla no podía dejar de trabajar aunque no durmiera. La lógica dice para. El cerebro dice un poco más, ya casi está, solo un detalle más.
Y cuando terminas, miras alrededor y te das cuenta de que has gastado millones en algo que nadie necesitaba. Pero lo has terminado. Y eso es lo único que importaba.
La parte que nadie quiere contar
Los últimos años de Howard Hughes son los que la gente prefiere no mencionar cuando habla de genios excéntricos.
Encerrado en habitaciones de hotel en Las Vegas. Sin ver la luz del sol. Sin cortarse las uñas ni el pelo durante meses. Obsesionado con la contaminación. Rodeado de asistentes que le obedecían en todo porque les pagaba fortunas por ello.
El TOC se lo comió vivo.
Y aquí es donde la historia de Hughes se vuelve incómoda. Porque es fácil romantizar la obsesión cuando produce películas y récords de aviación. Es fácil decir "qué genio, qué visionario" cuando la obsesión construye imperios.
Pero la obsesión no tiene interruptor. No puedes encenderla para los proyectos bonitos y apagarla para el resto. Si tu cerebro funciona así, funciona así para todo. Para los aviones y para los gérmenes. Para las películas y para el miedo a que el aire esté contaminado.
Hughes murió en 1976 en un avión privado camino a un hospital. Pesaba cuarenta y pocos kilos. Tenía agujas rotas en los brazos. El hombre que una vez fue el más rico del mundo, el productor de Hollywood, el piloto que batió récords, el dueño de aerolíneas y casinos, murió prácticamente irreconocible.
Lo que Hughes nos enseña sobre los cerebros que no frenan
Que la misma energía que construye imperios puede destruir a la persona que los construye.
Que la obsesión no es buena ni mala. Es potente. Y sin estructura, sin apoyo, sin alguien que te diga "para, descansa, esto ya no tiene sentido", esa potencia se vuelve contra ti.
Que hay una diferencia enorme entre tener recursos ilimitados y tener las herramientas para gestionar tu cabeza. Hughes tenía todo el dinero del mundo. Podía comprar aviones, estudios de cine, aerolíneas enteras. Pero no podía comprar un cerebro que funcionara de otra manera.
Y que muchos empresarios con TDAH reconocen en Hughes algo que les resulta familiar. Esa capacidad de meterse en un proyecto hasta las cejas, de no soltar hasta que está hecho, de cambiar de obsesión cuando una se agota. La diferencia es que hoy sabemos ponerle nombre. Sabemos qué es. Y eso cambia las reglas del juego.
Porque no es lo mismo pilotar un avión sin saber que no tienes frenos que pilotar sabiendo exactamente dónde falla el sistema.
Si a veces sientes que tu cabeza no para, que saltas de una cosa a otra sin control, que te obsesionas con algo hasta que de repente desaparece el interés, puede que no sea un defecto. Puede que sea un cerebro que nadie te ha explicado cómo funciona.
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