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Houdini: el escapista que convertía la muerte en espectáculo

Houdini necesitaba riesgo extremo para sentirse vivo. Su obsesión con escapar, sus mil proyectos y su impulsividad encajan con un patrón muy reconocible.

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Harry Houdini se hacía encadenar, meter en baúles bajo agua y enterrar vivo. No era un truco de magia. Era un hombre que necesitaba la adrenalina más extrema para sentir que estaba vivo.

Y eso tiene un nombre.

El niño que no paraba quieto

Erik Weisz nació en Budapest en 1874 y aterrizó en Estados Unidos con cuatro años. Su familia era pobre, se mudaban constantemente, y el pequeño Erik era lo que cualquier profesor de la época habría descrito como "ingobernable".

No podía estarse quieto. No podía esperar su turno. No podía hacer una sola cosa durante más de diez minutos sin que su cabeza ya estuviera en la siguiente.

Con nueve años ya actuaba en circos callejeros como "Ehrich, el príncipe del aire". A los trece se fue de casa. A los diecisiete ya había adoptado el nombre de Harry Houdini y estaba recorriendo el país haciendo trucos de cartas en bares y ferias.

Un chaval de diecisiete años que no puede quedarse en un sitio, que necesita estímulos constantes y que se reinventa cada pocos meses. Si eso no te suena a un patrón concreto, es que no has convivido con un cerebro que funciona a otra velocidad.

¿Tenía Houdini rasgos de TDAH?

Houdini no fue diagnosticado de TDAH. Nació en 1874. El concepto ni existía. Así que no voy a decirte que lo tenía porque sería mentirte.

Lo que sí puedo decirte es que su comportamiento encaja con un patrón que hoy reconocemos bastante bien.

Búsqueda de estímulos extremos. No le bastaba con hacer trucos de cartas. Pasó de las cartas a las esposas. De las esposas a las camisas de fuerza. De las camisas de fuerza a ser enterrado vivo. De ser enterrado vivo a la Celda de Tortura China, donde le metían boca abajo en un tanque de agua con los pies encadenados. Cada número tenía que ser más peligroso que el anterior. Si no había riesgo real de muerte, a Houdini le parecía aburrido.

Eso es exactamente lo que pasa con la búsqueda de estimulación en un cerebro que necesita más intensidad que la media para activarse. Es el mismo patrón que ves en la búsqueda de riesgo de Francis Drake o en la de Jim Morrison. Gente que necesita acercarse al borde para sentir que está viva.

Mil proyectos a la vez. Houdini no era solo mago. Era aviador (fue el primer hombre en volar un avión en Australia). Era actor de cine (protagonizó varias películas de acción). Era escritor. Era editor de revistas. Era coleccionista obsesivo de libros sobre magia. Era detective amateur que se dedicaba a desmontar espiritistas y médiums fraudulentos. Y hacía todo esto al mismo tiempo.

Eso no es ser polifacético. Eso es un cerebro que no puede parar.

Impulsividad. Houdini retaba públicamente a cualquiera que dijera que podía hacer algo que él no. Si alguien decía que tenía una cerradura imposible de abrir, Houdini aparecía al día siguiente y la abría delante de la prensa. No evaluaba el riesgo. No calculaba si le convenía. Lo hacía y punto. Porque su cerebro necesitaba la descarga inmediata de demostrar que podía.

De hecho, murió por eso. Un estudiante le pegó varios puñetazos en el abdomen para "probar" que podía aguantar cualquier golpe. Houdini no estaba preparado. Le reventaron el apéndice. Y en vez de ir al hospital, siguió actuando con fiebre durante días. Porque parar no era una opción que su cerebro contemplase.

Energía inagotable. Sus ayudantes contaban que dormía cuatro o cinco horas y se despertaba con más energía que nadie. Ensayaba números de escapismo hasta la madrugada. Viajaba sin parar. Actuaba cada noche. Y cuando no actuaba, escribía, investigaba o planeaba su siguiente número imposible.

El escapismo como metáfora perfecta

Hay algo casi poético en que el hombre que dedicó su vida a escapar fuera alguien que probablemente no podía escapar de su propia cabeza.

Porque eso es lo que hace un cerebro que funciona así. Te encadena por dentro. Te mete en un baúl de pensamientos que no paran. Te sumerge en un tanque de emociones que no puedes regular. Y la única forma de sentir que controlas algo es buscando situaciones extremas donde tu capacidad de reacción rápida, tu tolerancia al caos y tu necesidad de intensidad sean exactamente lo que se necesita.

Houdini encontró en el escapismo literal lo que muchos cerebros inquietos buscan de otras formas: un entorno donde el modo "todo a la vez" no sea un problema, sino la herramienta de supervivencia.

Es parecido a lo que le pasaba a Bruce Lee con su energía. Otro cerebro que no cabía en un solo arte, que necesitaba inventar el suyo propio porque ninguno de los existentes le daba suficiente estimulación.

Lo que queda cuando desaparece el truco

Houdini murió en 1926 con cincuenta y dos años. Dejó un legado que sigue siendo referencia un siglo después. Pero lo interesante no son los trucos. Lo interesante es el cerebro que los necesitaba.

Un cerebro que se aburría con lo seguro. Que necesitaba el riesgo para activarse. Que saltaba de proyecto en proyecto no por capricho, sino porque la dopamina se agotaba y había que buscar la siguiente fuente. Que convertía la impulsividad en espectáculo y la hiperactividad en una carrera legendaria.

No estoy diciendo que Houdini tuviera TDAH. Estoy diciendo que su vida entera tiene sentido cuando la miras desde esa lente. Y que si alguna vez te has sentido como alguien que necesita encadenarse y escapar para sentir que controla algo, quizá no sea un problema. Quizá solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.

Si alguna vez has sentido que necesitas más intensidad que los demás para activarte, que tu cabeza salta de idea en idea sin freno y que lo "normal" te aburre hasta el dolor, puede que no sea falta de disciplina. Puede que sea tu cerebro pidiéndote que lo entiendas.

Hacer el test de TDAH

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