Guardo cosas por si acaso y nunca las uso: mi casa está llena de por si acasos

Guardas cosas por si acaso y nunca las usas. Tu casa está llena de por si acasos. Si acumulas sin control, esto te va a sonar demasiado.

Tengo tres cargadores de un móvil que ya no existe.

No sé ni de qué móvil eran. Creo que de un Samsung que tuve en 2019. O de un Xiaomi. O de algo que compré borracho de sueño a las 2 de la mañana en Amazon. Da igual. El caso es que están ahí. En un cajón. Enrollados con una goma. Por si acaso.

Por si acaso qué, Rubén. Por si acaso resucita el móvil. Por si acaso viajo en el tiempo. Por si acaso alguien viene a mi casa y dice "oye, ¿tienes un cargador micro-USB del 2019?". Que obviamente no va a pasar jamás en la vida.

Pero ahí están. Porque mi cerebro decidió que tirar un cargador es un riesgo que no puede asumir.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que hago esto con todo.

El otro día estaba buscando unas tijeras. Abrí el cajón de la cocina - el cajón de los trastos, ese que todo el mundo tiene - y me encontré con: dos paquetes de pilas AAA (el mando de la tele lleva pilas AA), un rollo de celo medio gastado, un destornillador pequeño, cuatro bolígrafos de los que solo funcionan dos, un imán de nevera de un viaje a Praga de 2020 que nunca pegué en la nevera, y un sobre con instrucciones de montaje de una estantería que monté hace tres años.

Las tijeras no estaban.

Pero todo lo demás sí. Todo protegido por la fuerza más poderosa del universo: el por si acaso.

¿Por qué guardas cosas que sabes que no vas a usar?

Porque tu cerebro no evalúa los objetos por lo que son. Los evalúa por lo que podrían ser.

Y esa es la trampa. Ese "por si acaso" no es lógico. Es emocional. Es tu cerebro diciendo "y si lo necesito dentro de seis meses y no lo tengo". Y como esa posibilidad existe - aunque sea del 0,3% - la tratas como si fuera del 90%.

Es como tener un seguro de incendios para un barco que no tienes. En un lago que no existe. En un país en el que no vives. Pero oye, por si acaso.

Y así, poco a poco, tu casa se va llenando de por si acasos.

Mi colección de por si acasos

Te voy a hacer la lista. Sin vergüenza. Porque sé que la tuya es parecida.

Cables que no sé a qué van conectados. Una funda de portátil de un portátil que vendí hace dos años. Manuales de instrucciones de electrodomésticos que ya ni tengo. Tres tuppers sin tapa. Dos tapas sin tupper. Un adaptador de enchufe europeo a británico que compré para un viaje a Londres en 2021. Bolsas de tela de tiendas que ya han cerrado. Y una caja de cartón vacía "por si tengo que devolver algo".

La caja lleva ahí once meses. No he devuelto nada.

Pero si la tiro, te juro que al día siguiente voy a necesitar devolver algo. Es la ley de Murphy aplicada al acumulamiento. El universo lo sabe. Está esperando a que tire la caja para mandarme un paquete defectuoso.

¿Te suena el armario de las posibilidades infinitas?

Mira, mi armario tiene ropa que no me pongo desde hace años. Camisetas de eventos de 2018. Un pantalón que "a lo mejor me vuelve a quedar bien algún día". Una chaqueta que compré en rebajas y que no me he puesto ni una vez porque "no es la ocasión".

Pues con las cosas del resto de la casa pasa exactamente lo mismo.

No guardas objetos. Guardas versiones de ti mismo que crees que vas a necesitar. El tú que viaja a Londres. El tú que devuelve paquetes. El tú que arregla cosas con ese destornillador de estrella que compraste en un arrebato de productividad doméstica y que no has tocado desde entonces.

Y esas versiones de ti no existen. Pero los objetos sí. Y ocupan espacio. Y se acumulan. Y al final tus cajones son donde las cosas van a morir sin que nadie las reclame.

Lo mismo que pasa con las cosas que pierdes a diario, pero al revés. Allí el problema es que las cosas desaparecen. Aquí el problema es que nunca se van. Tu casa es un hotel donde los objetos hacen check-in pero jamás hacen check-out.

¿Por qué cuesta tanto tirar cosas?

Porque tirar algo es tomar una decisión. Y tomar decisiones gasta energía.

A ver, ¿qué pasa? Que cuando coges ese cable y piensas "¿lo tiro o lo guardo?", tu cerebro tiene que hacer un cálculo: ¿lo voy a necesitar? ¿Cuándo? ¿Para qué? ¿Y si me arrepiento? ¿Y si lo necesito justo cuando ya no lo tenga?

Y ese cálculo es agotador. Sobre todo si tu cerebro ya de por sí tiene problemas para priorizar, filtrar información y tomar decisiones rápidas. Que, ojo, es exactamente lo que pasa cuando tienes un problema con las funciones ejecutivas.

No es que seas desordenado. Es que tu cerebro trata cada decisión de "tirar o guardar" como si fuera una decisión vital. Como si estuvieras eligiendo entre dos trabajos. Entre dos ciudades. Entre dos vidas. Y ante esa presión, elige la opción más fácil: no decidir. Guardar. Por si acaso.

Es lo que los profesionales llaman dificultad con la toma de decisiones y la regulación emocional. Y si te pasa de forma constante - no de vez en cuando, sino como patrón de tu vida - puede que haya algo detrás que no sea simplemente "ser desordenado".

Esto no sustituye un diagnóstico profesional, pero si acumulas cosas compulsivamente y sientes que no puedes parar, hablar con un psicólogo no es mala idea. No para que te organice la casa. Para que te explique por qué no puedes organizarla tú.

El método que medio funciona

No te voy a engañar. No tengo la solución mágica. Si la tuviera, no tendría tres cargadores fantasma en un cajón.

Pero lo que me ha funcionado es esto: la regla de los 12 meses. Si no lo he usado en un año, fuera. Sin pensarlo. Sin el "por si acaso". Fuera.

Y te digo más. La clave es hacerlo rápido. No cojas el objeto, lo mires, lo gires, lo huelas, te acuerdes de cuándo lo compraste y pienses en los buenos tiempos. Eso es una trampa. Cógelo, pregúntate "¿lo he usado en el último año?", y si la respuesta es no, bolsa de basura. En tres segundos. Sin despedida. Sin funeral.

¿Es perfecto? No. ¿Me he arrepentido alguna vez? Sí, una vez con un cable HDMI. Pero comprar otro cable HDMI me costó 6 euros. Vivir rodeado de 47 objetos inútiles me costaba paz mental, espacio y la sensación constante de estar enterrado en mis propias cosas.

La clave no es ser minimalista. Es que tu mesa no sea un cementerio de cosas que algún día vas a usar. Es no vivir en un museo de tu propia indecisión.

Pues eso. Que si tu casa parece un almacén de objetos que "igual algún día necesito", no estás solo. Y probablemente el problema no es que seas desordenado. Es que tu cerebro funciona de una forma que hace que tirar cosas sea casi imposible.


Si acumulas cosas sin control, te cuesta tirar cualquier cosa y sientes que tu cerebro convierte cada decisión en un drama, tengo un test de 43 preguntas que puede explicarte por qué. Es gratis, tarda 5 minutos y te puede dar las respuestas que llevas años buscando entre los cajones. Hacer el test TDAH.

Relacionado

Sigue leyendo