El año que facturé menos que el anterior y pensé seriamente en dejarlo todo

Después de un año récord, el siguiente facturé un 40% menos. Nadie habla de los años malos. Yo te cuento qué se siente y qué hice.

El primer año bueno te engaña.

Te hace creer que los números solo van para arriba. Que si facturaste X, el año que viene serán X por dos. Que has encontrado la fórmula. Que ya está.

Y entonces llega el año siguiente y facturas un 40% menos. Sin saber por qué. Sin haber hecho nada diferente. O quizás sí, quizás hiciste demasiadas cosas diferentes y ninguna funcionó.

Bienvenido al año malo. El que nadie publica en LinkedIn.

¿Cómo se vive un año de caída?

Se vive con miedo. Con un miedo constante, de fondo, que no se va ni cuando te acuestas. Abres el banco y las cifras son más bajas que el mes anterior. Miras la facturación y la gráfica va para abajo. Cada mes te dices "el próximo será mejor" y cada mes es igual o peor.

Y lo peor no son los números. Lo peor es la cabeza.

Porque cuando emprendes, tu identidad está pegada a tu negocio. Si el negocio va bien, tú vas bien. Si el negocio va mal, tú eres un desastre. No hay separación. Tu negocio eres tú, aunque sabes que no debería serlo.

Con TDAH, esto se amplifica. Tu cerebro no procesa "estoy teniendo un mal año" como algo temporal. Lo procesa como "soy un fracasado" con carácter permanente. La regulación emocional no está para matices. Estás arriba o estás en el suelo. Y ese año estuve en el suelo.

Los tres meses en los que pensé en dejarlo

Hubo un trimestre, entre septiembre y noviembre, en el que cada mañana me levantaba pensando en buscar trabajo. No empleo de oficina a las 8, que eso ya sabía que no era para mí. Algo freelance, quizás. Algo que pagara fijo. Algo donde alguien más tomara las decisiones y yo solo tuviera que ejecutar.

Ese pensamiento se sentía como traición. Llevaba años construyendo algo. Había dejado un trabajo estable. Le había dicho a todo el mundo que esto era lo mío. ¿Y ahora iba a volver con el rabo entre las piernas?

Pero al mismo tiempo se sentía como alivio. No más incertidumbre. No más meses de 600 euros. No más noches calculando si llego a fin de mes.

Es una lucha interna que no tiene solución limpia. No hay un momento eureka en el que dices "no, voy a seguir" y todo se arregla. Es un día sí y otro también de preguntarte si merece la pena.

Lo que me hizo seguir

No fue motivación. No fue un vídeo inspiracional. No fue un tablero de sueños ni una frase de Steve Jobs.

Fue una hoja de cálculo.

Me senté una tarde y anoté tres cosas: qué ingresé cada mes, de dónde vino cada euro, y qué hice diferente respecto al año anterior. Y lo que vi me dejó claro el problema.

El año bueno, el 80% de mis ingresos venía de dos fuentes: un producto digital que vendía bien y un cliente grande de servicios. El año malo, el producto dejó de vender porque no lo actualicé, y el cliente grande terminó su proyecto.

No era que mi negocio hubiera muerto. Era que se me habían secado dos grifos y no había abierto otros.

Eso era arreglable. Jodido, pero arreglable.

La meseta es parte del camino

Ahora sé que los años malos vienen. Siempre vienen. No importa cuánto planifiques, cuánto diversifiques, cuánto te prepares. Habrá años en los que las cosas van peor. Y tu trabajo no es evitarlos, sino sobrevivirlos sin quemarte.

Lo que me salvó fue no tomar decisiones grandes con el cerebro en modo supervivencia. Cuando estás asustado, tu cerebro TDAH te dice "cambia todo ahora". Reinvéntate. Pivota. Tira lo que tienes y empieza de cero.

A veces eso es lo correcto. Pero la mayoría de las veces, lo correcto es mirar los números, entender qué se rompió, y arreglarlo. Sin drama. Sin reinvención épica. Solo diagnosticar y reparar.

El año siguiente facturé un 60% más que el año malo. No porque fuera un genio, sino porque abrí tres grifos nuevos y dejé de depender de dos.

Los años malos no te definen. Lo que haces durante ellos, sí. Y emprender con TDAH significa aprender a sentarte con la incomodidad en vez de salir corriendo.

Que es exactamente lo contrario de lo que tu cerebro te pide.

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