Digo cosas que hieren a los demás sin darme cuenta

Dices algo y la otra persona se ofende, y tú no entiendes por qué. No eres cruel. Tu cerebro habla antes de que el filtro se active.

Estás en una conversación normal. Dices algo. Te parece inofensivo. Y la otra persona se queda callada. O cambia de cara. O directamente te dice "eso ha estado fuera de lugar".

Y tú piensas: ¿qué he dicho?

No con cinismo. Con perplejidad real. Porque lo que has dicho, en tu cabeza, no era nada del otro mundo. Era un comentario, una broma, una observación. Pero algo en la forma o en el momento ha hecho que aterrice como una hostia en la cara de la otra persona.

Y no es la primera vez. Ni la segunda. Ni la trigésima.

¿Por qué dices cosas que hieren si no quieres hacer daño?

Porque entre lo que piensas y lo que dices no hay suficiente filtro.

En la mayoría de la gente, hay un proceso que va así: pensamiento → evaluación ("¿esto es apropiado?") → decisión ("sí/no lo digo") → acción (hablar). Es rápido, casi automático, y funciona como un semáforo interno que filtra lo que sale por la boca.

En tu caso, ese proceso va más bien así: pensamiento → acción. El filtro llega tarde. O directamente no llega.

No es que no tengas filtro. Es que tu filtro funciona con delay. Como esos subtítulos en directo que van tres segundos por detrás. Cuando el filtro se activa y dice "ojo, eso no deberías haberlo dicho", ya lo has dicho. Y no puedes rebobinar.

Y lo peor es el momento de darte cuenta. Porque ahí viene la avalancha. "¿Por qué he dicho eso?" "¿Cómo no me he dado cuenta?" "Soy un desastre." Todo eso, en bucle, durante horas.

¿Es falta de empatía o falta de control?

Falta de control. Siempre falta de control.

Porque si fuera falta de empatía, no te sentirías fatal después. No te pasarías la noche repasando la conversación. No te comerías la cabeza pensando en cómo arreglarlo. La gente sin empatía dice cosas que hieren y sigue con su vida sin pestañear. Tú dices algo que hiere y no puedes dormir esa noche.

La empatía la tienes. Lo que no tienes es el freno entre el pensamiento y la boca.

Es exactamente el mismo mecanismo por el que hablas demasiado y luego te arrepientes. El cerebro genera un pensamiento, ve una conexión, y lo suelta. Rápido. Sin consultar al departamento de relaciones públicas que debería revisar si eso es prudente decirlo en ese momento, de esa manera, a esa persona.

A veces lo que sueltas es gracioso y la gente se ríe. A veces es brillante y aporta. Y a veces es una bomba que explota en la cara de alguien.

El problema es que tú no controlas cuál de las tres va a ser.

¿Qué pasa cuando te das cuenta de que has metido la pata?

Sobrecompensación. Eso es lo que pasa.

Te disculpas mil veces. Intentas explicar lo que querías decir en realidad. Mandas un mensaje a las tres de la mañana diciendo "oye, lo que dije antes no era lo que quería decir". Te pasas de largo por el otro lado, intentando arreglar algo que quizá la otra persona ya ni recuerda.

Y esa sobrecompensación a veces es peor que el comentario original. Porque convierte algo puntual en un tema. La otra persona piensa "vale, no era para tanto, pero ahora que le estás dando tantas vueltas me preocupo".

Es un patrón que conozco bien. Decir algo sin filtro → darte cuenta tarde → machacarte → sobrecompensar → generar más incomodidad. Círculo perfecto.

¿Y si no eres una persona insensible sino alguien cuyo cerebro procesa demasiado rápido?

Esto es lo que cambia las cosas cuando lo entiendes.

En personas con TDAH, la impulsividad verbal es uno de los síntomas más comunes y más destructivos socialmente. No la impulsividad de "salto desde un trampolín". La impulsividad de "digo lo que pienso antes de pensar si debería decirlo".

El DSM-5 lo llama "dificultad para esperar turno" y "respuestas precipitadas". En la vida real se traduce en comentarios fuera de lugar, bromas que no tocan, sinceridad brutal cuando no la han pedido, y observaciones que técnicamente son verdad pero que nadie necesitaba escuchar en ese momento.

Y no es que seas cruel. Es que tu cerebro va demasiado rápido para su propio bien.

Que conste: no estoy diagnosticando a nadie. Si esto te suena demasiado familiar, háblalo con un profesional. Pero entender que existe una causa neurológica detrás de tus meteduras de pata sociales cambia mucho la conversación interna.

Pasas de "soy una mala persona" a "tengo un cerebro rápido con un filtro lento". Y eso, aunque no solucione el problema, te ayuda a dejar de pensar que todo te cuesta más que a los demás por defecto de carácter.

¿Se puede mejorar el filtro?

No te voy a mentir: no desaparece. No vas a dejar de soltar cosas inapropiadas de un día para otro. Pero sí puedes reducir la frecuencia y el daño.

Lo que mejor me funciona a mí es la pausa de dos segundos. Antes de hablar, contar hasta dos. Parece absurdo. Parece poco. Pero esos dos segundos le dan tiempo al filtro para activarse. No siempre funciona. Pero cuando funciona, te ahorras un comentario que habrías tenido que disculpar luego.

Y lo otro es avisar a la gente cercana. "A veces digo cosas sin filtro. Si alguna vez te digo algo que te molesta, dímelo en el momento, porque es probable que no me haya dado cuenta." No es una excusa. Es un protocolo de seguridad.

Porque los daños que no detectas a tiempo son los que se acumulan. Y las amistades que pierdes por comentarios que ni recuerdas haber hecho son las que más duelen.

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