La procrastinación de Da Vinci: 16 años para terminar la Mona Lisa
Da Vinci tardó 16 años en terminar la Mona Lisa y abandonó cientos de proyectos. No era pereza. Era un cerebro que no podía elegir.
Leonardo Da Vinci empezó a pintar la Mona Lisa en 1503. La terminó (más o menos) en 1519. Dieciséis años. Para un cuadro de 77 por 53 centímetros.
No es que estuviera pintándola sin parar durante dieciséis años, claro. Es que la dejaba, volvía a ella, la dejaba otra vez, se iba a diseñar máquinas voladoras, volvía, la retocaba un poco, se largaba a diseccionar cadáveres, volvía, le daba otra capa de barniz, y así hasta que se murió con el cuadro todavía en su estudio.
Si eso no es procrastinación, no sé qué lo es.
El hombre que no podía terminar nada
Da Vinci es uno de los casos más claros de probable TDAH en la historia
Los números son brutales.
Da Vinci dejó menos de 20 pinturas terminadas en toda su vida. Veinte. El tío que la humanidad considera el mayor genio de la historia tiene menos obras completas que un estudiante medio de Bellas Artes.
Pero sus cuadernos. Madre mía, sus cuadernos.
Más de 7.000 páginas conservadas (se estima que se han perdido otras 6.000). Llenas de ideas, bocetos, diseños, inventos, anotaciones, dibujos anatómicos, planos de máquinas imposibles. Todo mezclado. Sin orden. Saltando de un tema a otro en la misma página.
En una hoja encuentras el diseño de un puente militar, un estudio de cómo fluye el agua, un boceto de la musculatura del brazo humano y una nota que dice "recuerda preguntar al carnicero cómo corta la lengua del buey". Todo junto. Todo a medio hacer.
Eso no es genialidad desordenada. Eso es un cerebro que no puede elegir a qué prestar atención.
¿Era Da Vinci un procrastinador o un cerebro que no podía elegir?
La palabra "procrastinador" le queda pequeña a Da Vinci. Lo que tenía era algo mucho más profundo.
Un procrastinador clásico sabe lo que tiene que hacer y no lo hace. Evita la tarea. Se distrae con otras cosas. Siente culpa.
Da Vinci no evitaba las tareas. Las empezaba todas. Con una intensidad salvaje. Pero en cuanto la novedad se apagaba, en cuanto el reto inicial desaparecía, su cerebro ya estaba en otra cosa. No porque no le importara el proyecto anterior. Porque literalmente no podía mantener la atención en él.
La Adoración de los Magos. Encargada en 1481. Nunca terminada. San Jerónimo en el desierto. Empezada. Abandonada. El caballo de bronce para los Sforza. Un proyecto colosal que consumió años de planificación y bocetos. Nunca se hizo. El bronce se acabó usando para hacer cañones.
La procrastinación y el TDAH tienen una relación que la gente no entiende
Da Vinci quería terminar esos proyectos. Hay cartas suyas expresando frustración por no poder acabar lo que empezaba. No era que no le importara. Es que su cerebro no le dejaba.
Los cuadernos: 7.000 páginas de hiperfoco desordenado
Los cuadernos de Da Vinci son el ejemplo más claro de cómo funciona un cerebro neurodivergente cuando tiene rienda suelta.
No hay organización temática. No hay índice. No hay capítulos. Hay flujo de conciencia puro. Una idea lleva a otra, que lleva a otra, que lleva a un dibujo que no tiene nada que ver con lo anterior pero que en la cabeza de Leonardo tenía todo el sentido del mundo.
En un mismo cuaderno puedes encontrar estudios de anatomía, diseños de armas de guerra, reflexiones sobre la luz, bocetos de plantas, ideas para espectáculos teatrales y recetas de cocina. Todo mezclado. Todo brillante. Todo incompleto.
Es el equivalente renacentista de tener 47 pestañas abiertas en el navegador. Y si tienes TDAH, reconoces eso al instante. No es caos. Es cómo funciona tu cerebro cuando nadie te obliga a cerrarte a una sola cosa.
Lo fascinante es que esa "dispersión" es precisamente lo que hizo a Da Vinci único. Sus conocimientos de anatomía mejoraron su pintura. Sus estudios de la luz cambiaron cómo representaba las sombras. Sus obsesiones mecánicas alimentaron sus diseños de ingeniería. Todo estaba conectado en su cabeza, aunque por fuera pareciera un desastre.
Ese patrón de hobby tras hobby, interés tras interés, sin terminar nada pero aprendiendo de todo
El precio de un cerebro que no puede elegir
Da Vinci murió en 1519 con un legado que la humanidad sigue estudiando 500 años después. Pero también murió con una montaña de proyectos sin acabar, encargos sin entregar y potencial sin materializar.
Sus mecenas lo odiaban. El Papa León X dijo: "Este hombre nunca terminará nada, porque empieza pensando en el final antes de empezar el principio." Los Sforza perdieron la paciencia con el caballo de bronce. Los monjes de Santa Maria delle Grazie tuvieron que aguantar años de retrasos con La Última Cena.
Y Da Vinci lo sabía. En uno de sus cuadernos escribió: "Dime si alguna vez se hizo algo. Dime. Dime si alguna vez se terminó algo." Una frase que cualquier persona con TDAH podría tatuarse en el brazo.
No era falta de talento. No era falta de voluntad. Era un cerebro que tenía demasiado dentro y no podía gestionarlo. Que veía posibilidades en todas partes y no podía elegir cuál perseguir. Que necesitaba la novedad para funcionar y la novedad siempre estaba en el siguiente proyecto, nunca en el actual.
Lo que Da Vinci nos enseña sobre la procrastinación (y sobre nosotros)
Si te identificas con este patrón, si empiezas mil cosas y no terminas ninguna, si tus cuadernos están llenos de ideas brillantes que nunca ejecutas, si la gente te dice que "te falta disciplina" cuando lo que te falta es dopamina, Da Vinci es el recordatorio de que ese cerebro tuyo no es defectuoso.
Es un cerebro que funciona diferente. Que necesita novedad. Que necesita estímulo. Que produce cosas increíbles cuando el contexto es el adecuado y se bloquea por completo cuando no lo es.
Da Vinci no tenía las herramientas que tenemos hoy. No tenía nombre para lo que le pasaba. No tenía estrategias, ni terapia, ni sistemas diseñados para cerebros como el suyo. Y aun así, cambió la historia de la humanidad.
Eso sí, tardó dieciséis años en terminar un cuadro. Nadie es perfecto.
Si la procrastinación es tu compañera constante, si empiezas todo y terminas poco, si la gente te llama vago cuando sabes que no es eso, puede que tu cerebro simplemente necesite entender cómo funciona.
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