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5 conquistas que no existirían sin un cerebro impulsivo

La historia la escribieron personas que actuaron sin pensar. 5 conquistas donde la impulsividad cambió el mapa del mundo para siempre.

tdahfamosos

La historia la escribieron personas que tomaron decisiones que nadie en su sano juicio habría tomado. Impulsividad pura. Y algunas de esas decisiones cambiaron el mapa del mundo para siempre.

No estamos hablando de estrategia militar medida al milímetro. No estamos hablando de generales que se sentaron con un mapa, analizaron los riesgos y eligieron la opción más segura.

Estamos hablando de gente que dijo "vamos" cuando todo el mundo decía "ni de broma".

Y eso, queramos admitirlo o no, suena a algo muy concreto.

¿Puede la impulsividad cambiar el curso de la historia?

Hay un relato oficial donde los grandes conquistadores son genios estratégicos. Visionarios que calcularon cada movimiento como en una partida de ajedrez. La realidad es bastante menos elegante. Muchas de las decisiones que cambiaron el mapa del mundo fueron tomadas en caliente, sin plan B, y con una cantidad de información disponible que daría risa.

Vamos a repasar cinco de esas decisiones. Cinco momentos donde la impulsividad fue el motor, no el obstáculo.

Aviso: no estoy diciendo que estos personajes tuvieran TDAH diagnosticado. Nadie puede diagnosticar a alguien que murió hace siglos. Pero los patrones de comportamiento que muestran, la impulsividad, la toma de decisiones arriesgadas, la incapacidad de quedarse quietos, encajan con lo que hoy sabemos sobre ciertos cerebros que funcionan de forma diferente.

1. Hernán Cortés quemando las naves (1519)

Esta es posiblemente la decisión más impulsiva de la historia militar.

Cortés llega a la costa de México con unos seiscientos hombres. Frente a él, el Imperio azteca. Millones de personas. Una civilización entera. Y detrás de él, Cuba, donde el gobernador Diego Velázquez le ha retirado la autorización para la expedición. Técnicamente, es un rebelde.

¿Qué hace? Inutiliza sus propios barcos. Destruye la única posibilidad de volver.

Piénsalo un segundo. Seiscientos hombres en territorio desconocido, superados en número de forma absurda, sin autorización oficial, y el tipo destruye la opción de retirarse. Eso no es estrategia. Eso es un cerebro que toma decisiones antes de que la parte racional pueda intervenir.

Y funcionó. No porque fuera una buena idea sobre el papel. Funcionó porque cuando no hay vuelta atrás, la gente pelea diferente. La impulsividad de Cortés transformó a seiscientos hombres con dudas en seiscientos hombres sin opción.

2. Francis Drake atacando puertos sin permiso

Francis Drake tenía una relación muy creativa con las órdenes. La reina Isabel I le daba ciertas instrucciones. Drake las interpretaba como le daba la gana.

Su ataque a Cádiz en 1587 es un ejemplo perfecto. Tenía orden de hostigar al comercio español, algo relativamente discreto. Lo que hizo fue entrar directamente en el puerto de Cádiz, destruir unos treinta barcos y retrasar la salida de la Armada Invencible un año entero.

Cuando le preguntaron si eso estaba dentro de sus órdenes, la respuesta fue básicamente "más o menos".

Drake actuaba primero y justificaba después. Tomaba decisiones en el momento, basándose en lo que veía delante, no en lo que le habían dicho en Londres semanas antes. Eso le convertía en un pesadilla para sus superiores y en una pesadilla peor para los españoles. Porque no podías predecir lo que iba a hacer. Ni él mismo podía predecirlo.

Ese patrón de actuar por impulso y que el resultado acabe siendo genial, o un desastre, es algo que cualquiera que conviva con la impulsividad reconoce al instante.

3. Colón insistiendo diez años hasta que alguien le hizo caso

Cristóbal Colón no descubrió América por ser un genio de la navegación. Sus cálculos sobre la distancia a Asia estaban equivocados. Terriblemente equivocados. Si América no hubiera estado en medio, su tripulación habría muerto de hambre en mitad del océano.

Lo que Colón tenía no era precisión. Era obstinación.

Pasó casi diez años pidiendo financiación. Le dijeron que no en Portugal. Le dijeron que no en Castilla. Le dijeron que no varias veces más. Los expertos de la época le demostraron con datos que sus cálculos eran incorrectos. Y tenían razón.

Pero Colón no podía soltar la idea. No porque tuviera datos mejores que los demás. Sino porque su cerebro se había enganchado a esa visión y no existía un botón de apagar.

Esa perseverancia irracional, esa incapacidad de aceptar el "no" cuando tu cabeza ya ha decidido que sí, no es exactamente lo que aparece en los libros de texto como virtud. Pero es lo que llevó a tres carabelas a cruzar el Atlántico en 1492.

Como explican en el artículo sobre cómo el TDAH cambió la historia de la exploración, muchos de los grandes descubrimientos los hicieron personas que simplemente no podían quedarse quietas.

4. Alejandro Magno cruzando el Helesponto

Alejandro tenía veintidós años cuando cruzó el Helesponto con unos cuarenta mil hombres para invadir el Imperio persa. Un imperio que controlaba desde Egipto hasta la India. Con millones de súbditos. Con un ejército profesional que multiplicaba al suyo.

Los números no tenían ningún sentido.

Pero a Alejandro los números le daban igual. Siempre le habían dado igual. Con dieciséis años ya gobernaba Macedonia mientras su padre estaba de campaña. Con dieciocho lideró la caballería en Queronea. No esperaba. No calculaba riesgos de forma convencional. Veía una oportunidad y se lanzaba.

En la batalla del Gránico, su primer enfrentamiento con los persas, sus generales le recomendaron esperar al amanecer para cruzar el río. Alejandro cruzó inmediatamente. Se puso en primera línea. Casi muere.

Y ganó.

Ese patrón se repitió durante toda su vida. Decisiones que sobre el papel eran suicidas y que funcionaban porque la velocidad de ejecución no dejaba tiempo al enemigo para reaccionar. Impulsividad convertida en ventaja táctica.

5. Napoleón escapando de Elba

Esta es la más loca de todas.

Napoleón está exiliado en la isla de Elba. Ha perdido. Su imperio ha caído. Toda Europa ha firmado su sentencia. Se acabó.

Y un día decide que no se ha acabado. Con unos mil hombres, desembarca en Francia y empieza a caminar hacia París. Sin ejército real. Sin aliados. Sin plan más allá de "voy a volver".

Lo que pasó después es de película. Los regimientos que le enviaron para detenerle se fueron uniendo a él uno por uno. Cuando llegó a París, Luis XVIII ya había huido. Napoleón recuperó el trono sin disparar un solo tiro.

Los Cien Días son la apuesta más descabellada de la historia moderna. Un hombre derrotado, exiliado, dado por muerto políticamente, que decide volver porque sí. Porque su cerebro no acepta el punto final. Porque la inactividad le resulta literalmente insoportable.

Ese rechazo visceral a la quietud, esa necesidad de movimiento, de acción, de hacer algo aunque las probabilidades sean ridículas, es un patrón que aparece también en conquistadores como Genghis Khan. Cerebros que no fueron diseñados para quedarse sentados esperando.

Lo que estas historias tienen en común

Ninguno de estos tipos hizo lo sensato. Lo sensato era negociar, esperar, calcular, retirarse. Lo sensato era aceptar las circunstancias y adaptarse.

Pero sus cerebros no funcionaban así.

Funcionaban a base de impulsos, de decisiones en caliente, de una incapacidad estructural para aceptar que algo no se podía hacer. Y a veces eso les llevó al desastre. Napoleón acabó en Santa Helena. Cortés fue marginado políticamente. Drake murió de disentería en una expedición que no salió bien.

La impulsividad no es una garantía de éxito. Es un motor que no tiene punto muerto. A veces te lleva a conquistar un imperio. A veces te lleva a estrellarte contra un muro. Pero lo que nunca hace es dejarte parado.

Y la historia, nos guste o no, la escriben los que se mueven. No los que calculan.

Si alguna vez te han dicho que eres demasiado impulsivo, que actúas sin pensar, que te lanzas a las cosas sin medir las consecuencias, puede que tengas razón. Y puede que tu cerebro funcione de una forma que merece la pena entender.

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