Cuando me enfado no puedo pensar con claridad: veo todo en rojo
Te enfadas y tu cerebro se apaga. No puedes razonar, no puedes hablar con calma, no puedes pensar. No es mal carácter. Es un cortocircuito real.
Alguien dice algo que te toca. No tiene que ser algo terrible. No tiene que ser un insulto ni una falta de respeto brutal. Basta con un tono. Una palabra. Una mirada. Y de repente tu cerebro se apaga.
No metafóricamente. Literalmente se apaga. La parte que razona, que analiza, que te permite decir "a ver, vamos a pensar esto con calma". Esa parte desaparece. Y lo que queda es emoción pura. Rabia sin filtro. Sin matices. Sin contexto.
Ves rojo. Y en ese rojo no cabe nada más.
¿Por qué pierdo la capacidad de razonar cuando me enfado?
Porque el enfado secuestra tu corteza prefrontal. Que es la parte del cerebro encargada de pensar con claridad, tomar decisiones racionales y no decir burradas en momentos inoportunos. Cuando la emoción es muy intensa, tu amígdala (la parte primitiva, la de "lucha o huye") toma el control y manda a paseo a la corteza prefrontal.
Es como si el director general de una empresa se fuera de vacaciones y el becario asumiera el mando. El becario tiene mucha energía y muy poca experiencia. Y las decisiones que toma en esos minutos no son las que tomaría el director general.
Y no dura cinco segundos. Ese es el problema. A mucha gente le dura cinco segundos y luego recuperan el control. A ti te puede durar minutos. A veces media hora. A veces más. Minutos en los que estás funcionando con el becario al mando. Minutos en los que dices cosas que no piensas, tomas decisiones que no quieres, y generas daños que luego no sabes cómo reparar.
El enfado como tren sin frenos
A ver, no es que no te enfades por cosas legítimas. Muchas veces sí. El problema no es el enfado. El problema es la proporción. Y sobre todo, la duración.
Imagínate un tren. Un tren normal frena cuando tiene que frenar. Ve una curva, frena. Ve una estación, frena. Ve un obstáculo, frena. Tu tren no frena. Tu tren ve la curva, la estación, el obstáculo, y sigue a toda velocidad. Y tú estás dentro del tren pensando "para, para, para" y el tren no para.
Y lo peor es que lo ves todo desde dentro. Ves lo que estás haciendo. Ves que estás siendo desproporcionado. Ves que la otra persona no se merece esa intensidad. Pero no puedes frenar. Es como estar encerrado en tu propio cuerpo mientras otro conduce.
Y después, cuando el tren por fin para, miras alrededor y ves los destrozos. Y ahí viene la culpa. La vergüenza. El "¿por qué he hecho eso?". El "soy una persona horrible". Y empiezas a disculparte. Y la otra persona te dice "ya vale, no pasa nada". Pero tú sabes que sí pasa. Porque la próxima vez va a ser igual.
Lo que pasa después del enfado
La culpa post-enfado es casi peor que el enfado en sí. Porque el enfado dura minutos. La culpa dura días. Semanas. A veces meses.
Te acuestas por la noche y tu cerebro decide que es buen momento para reproducir en HD la escena del enfado. Con sonido surround. Con cada detalle amplificado. Con tu cara diciendo cosas que preferirías no haber dicho. Y piensas: "Tengo que aprender a controlarme". Y lo intentas. Y a veces lo consigues. Y a veces no.
Si te suena eso de que te sientes culpable por todo, incluso lo que no es tu culpa, este es el combustible. Cada explosión emocional alimenta esa máquina de culpa que llevas dentro.
Y la gente te aconseja cosas. Respirar. Contar hasta diez. Retirarte de la situación. Y sí, son buenos consejos. Pero son consejos para un cerebro que tiene freno. El tuyo tiene un freno que funciona cuando quiere. Y cuando la emoción es fuerte, no quiere.
No es que tengas mal carácter
Déjame que te diga algo. Esa explosividad. Esa incapacidad de pensar con claridad cuando te enfadas. Esa sensación de que la emoción te desborda antes de que puedas hacer nada. No es mal carácter. No es que seas "una persona difícil". Es un cerebro que no tiene regulador de volumen emocional.
Y eso tiene nombre. Se llama TDAH. Y la desregulación emocional es uno de los aspectos menos conocidos y más impactantes del TDAH en adultos. No es solo falta de atención. No es solo hiperactividad. Es un sistema emocional que va sin el filtro que la mayoría de gente tiene por defecto.
No soy tu médico. Esto no sustituye una evaluación profesional. Pero si además de esto sientes que todo te cuesta más que a los demás y llevas años sin entender por qué, quizá merece la pena hablar con alguien.
Si te has visto en esto, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No diagnostica nada, pero puede ser el primer paso para entender que no eres una persona horrible. Eres una persona con un cerebro diferente. Puedes hacerlo aquí.
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