La colaboración que parecía perfecta y fue un desastre

Valores alineados, audiencias complementarias, sinergias perfectas en papel. Y luego la realidad: ego, expectativas no dichas y una amistad profesional.

Quedamos a comer.

Hablamos durante tres horas. De nuestros proyectos, de lo que queríamos construir, de cómo nuestras audiencias encajaban sin solaparse. Salí de esa comida convencido de que iba a ser la mejor colaboración del año.

Fue la peor.

No porque ninguno de los dos fuera mala persona. Sino porque dos personas buenas con expectativas distintas y sin contrato claro es una receta perfecta para el desastre. Y tardé demasiado en entenderlo.

¿Por qué las colaboraciones entre iguales son tan complicadas?

Porque nadie quiere hablar de dinero antes de empezar.

Cuando dos emprendedores se juntan para colaborar, la conversación inicial es siempre sobre el proyecto. El potencial. Lo que puede salir. Y hay una especie de pudor colectivo en introducir la pregunta de quién cobra qué, quién pone qué, y qué pasa si las cosas no salen como esperamos.

Ese pudor cuesta muy caro.

Porque cuando el proyecto avanza y aparecen los primeros roces - y siempre aparecen - no hay un marco de referencia. No hay un acuerdo al que volver. Solo hay dos versiones distintas de lo que cada uno creía que era el trato.

Y en ese momento es cuando descubres que lo que considerabas un acuerdo, el otro lo consideraba una sugerencia. O al revés. Y ninguno miente. Simplemente nunca habéis hablado de lo mismo.

¿Cuándo el ego empieza a matar la colaboración?

Antes de lo que crees.

En toda colaboración hay un momento en que alguien asume que está poniendo más que el otro. Puede ser verdad o puede ser percepción. Da igual. En cuanto ese pensamiento aparece, la colaboración cambia.

Empieza el conteo invisible. El "yo hice esto y tú no hiciste aquello". El "mi audiencia es más grande" o "yo pongo más horas". Nadie lo dice en voz alta. Pero lo piensa. Y ese pensamiento contamina cada conversación, cada decisión, cada reunión.

Cuando llegamos a esa fase en mi colaboración, ya no había manera de salir bien. No porque hubiera mala voluntad. Sino porque el resentimiento acumulado sin decirse convierte cualquier conversación en una batalla encubierta.

Lo que debería haber hecho en el momento uno: decir las expectativas en voz alta. Aunque fuera incómodo. Aunque pareciera que desconfiaba. Porque la incomodidad de esa conversación al principio vale la mitad del dolor de lo que vino después.

¿Qué hacer cuando ves que una colaboración se está torciendo?

Hablar antes de que sea tarde. Que casi siempre es más pronto de lo que te parece.

El instinto es aguantar. Pensar que va a mejorar solo. Que es una mala racha. Pero las colaboraciones no mejoran solas. Las relaciones profesionales no se curan con el tiempo si no hay conversaciones de por medio.

La señal de que tienes que hablar es cuando empiezas a hacer cosas por la colaboración con desgana. Cuando contestas sus mensajes tarde sin una razón concreta. Cuando en las reuniones ya no aportas ideas, solo gestionas.

Eso no es cansancio del proyecto. Es que la relación está enferma y tu cuerpo ya lo sabe aunque tu cabeza no quiera verlo.

Y cuanto más esperas para tener esa conversación, más se complica. Porque cada semana que pasa hay más cosas no dichas que gestionar.

¿Se puede aprender algo útil del desastre?

Sí. Pero no lo que la gente dice.

La gente dice "aprende a elegir mejor a tus colaboradores". Como si el problema fuera haber elegido mal a alguien. El problema no fue la persona. El problema fue el proceso. No hablar de expectativas, no definir roles, no poner sobre la mesa los escenarios incómodos.

Lo que aprendí es que la parte más importante de una colaboración es la que ocurre antes de empezar. Las conversaciones que dan vergüenza tener. El "qué pasa si esto no funciona". El "quién decide qué cuando no nos ponemos de acuerdo". El "qué consideramos un éxito".

Si no has tenido esas conversaciones, no has empezado a colaborar. Estás en la fase de entusiasmo mutuo. Que es bonita, pero no es trabajo.

Emprender con TDAH es un deporte de riesgo en el que nadie te da manual.

Ahora, antes de cualquier colaboración, pongo todo en papel. No por desconfianza. Por respeto. Porque orgullo de no pedir ayuda con claridad acaba costando más que cualquier conversación incómoda inicial. Y porque ya sé que el precio de no hacerlo lo pago yo. Siempre.¿Tu TDAH está saboteando tu negocio? Hice un test de 15 preguntas que diagnostica cómo afecta a tu negocio en 5 dimensiones: dinero, foco, decisiones, energía y mentalidad. 5 minutos y sabes dónde se te escapa el dinero.

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