Por qué me identifico con Phelps (y tú probablemente también)
Phelps tenía 9 años cuando le dijeron que nunca se concentraría. Tenía TDAH y una piscina. Yo tenía TDAH y un portátil. La historia me suena demasiado.
A Michael Phelps le dijeron que nunca se concentraría.
Tenía 9 años. Le habían diagnosticado TDAH hacía poco. Y su profesora le dijo a su madre, con toda la convicción del mundo, que ese niño no llegaría a nada porque era incapaz de mantener la atención.
El niño que no se concentraría acabó ganando 23 medallas de oro olímpicas.
El atleta más condecorado de la historia del olimpismo moderno.
Así que ya puedes imaginarte lo que pienso sobre el valor de ciertos pronósticos.
¿Por qué me suena tanto esta historia?
Porque a mí me dijeron algo parecido.
No con esas palabras exactas. Nadie me miró a los ojos y me dijo "no llegarás a nada, Rubén". Pero hay mil formas de decirlo sin decirlo. Las notas. Los comentarios del tipo "es listo pero no se esfuerza". La sensación constante de que algo en ti estaba mal calibrado y que los demás funcionaban con un manual que a ti se te había extraviado.
Y durante años, lo creí.
No del todo. Pero lo suficiente como para que me frenara.
La diferencia entre Phelps y yo es que él encontró la piscina antes que yo encontrara el portátil. Pero el mecanismo es el mismo.
¿Qué es "encontrar tu piscina"?
Esto es lo que más me interesa de Phelps y lo que menos se cuenta.
El diagnóstico llegó a los 9. La medicación también. Su madre, Debbie, buscó algo que le diera a su cerebro lo que necesitaba: movimiento, estructura, un objetivo concreto con feedback inmediato.
La natación era perfecta para eso.
No porque el agua cure el TDAH. No es magia chamánica. Es que el deporte de élite tiene una característica que el colegio convencional no tiene: te dice exactamente si lo estás haciendo bien o mal, cada entrenamiento, sin ambigüedad.
El cerebro con TDAH necesita eso. Necesita resultados que no se demoren seis meses. Necesita saber si avanza. La recompensa diferida, ese "esfuérzate ahora que en diez años lo agradecerás", es lo que peor procesa un cerebro dopaminérgicamente roto.
Phelps en la piscina tenía tiempos. Tenía marcas. Tenía al entrenador Bob Bowman diciéndole exactamente qué mejorar cada día. Tenía hiperfoco en algo que su cuerpo necesitaba como el agua.
Nunca mejor dicho.
Yo con el portátil tenía algo parecido. Cuando escribía, cuando programaba, cuando montaba algo que funcionaba y veía el resultado en tiempo real, mi cerebro dejaba de ser el problema. Era la solución.
El entrenador que no se rindió
Bob Bowman se merece más crédito del que le dan.
Cuando empezó a entrenar a Phelps, no vio un niño con TDAH que iba a ser difícil. Vio un talento brutal que necesitaba un sistema adaptado. Así que lo construyó.
Le enseñó a visualizar cada carrera antes de nadarla. Detalle por detalle. Cada brazada. Cada vuelta. El cerebro de Phelps, que era incapaz de sentarse quieto en clase, podía pasar horas visualizando una carrera que duraba menos de dos minutos.
Eso no es contradicción. Eso es hiperfoco.
El mismo cerebro que se aburre en veinte minutos de clase puede pasar seis horas leyendo sobre un tema que le importa. El mismo cerebro que pierde el hilo en mitad de una conversación puede estar completamente absorto durante una sesión de trabajo en algo que le engancha.
Bowman entendió eso antes de que la neurociencia del TDAH estuviera donde está ahora. Y usó esa capacidad en lugar de intentar eliminarla.
¿Cuántos Phelps hay ahí fuera que nunca encontraron a su Bowman?
Lo que le dijeron a los 9 años
Vuelvo a la profesora.
No la cuento para señalarla. La cuento porque representa algo que todavía pasa. El sistema educativo no está diseñado para cerebros con TDAH y eso genera una cantidad brutal de pronósticos erróneos que la gente se lleva a casa, los carga durante décadas, y a veces nunca suelta.
"Nunca se concentrará."
Mira. Entiendo de dónde viene. Un niño con TDAH en clase es un niño que se mueve, que interrumpe, que parece no escuchar, que entrega tarde o que no entrega. Desde el punto de vista de alguien que evalúa concentración como "capacidad de estar quieto y callado durante 45 minutos", ese niño no se concentra.
Pero el problema no es la concentración.
El problema es la definición de concentración que se está usando.
Phelps se concentraba perfectamente. Solo que en cosas distintas a las que el sistema pedía que se concentrara. La natación lo demostró. Bob Bowman lo demostró. Los 23 oros lo demostraron.
Justin Timberlake tiene una historia similar con el TOC y la ansiedad
¿Y cuando llegó Atenas 2004?
Aquí hay un detalle que me encanta.
En los Juegos de Atenas, en los 200 metros mariposa, las gafas de Phelps se inundaron. Completamente. Nadó los últimos 150 metros sin poder ver nada.
Y ganó el oro. Con récord mundial.
¿Cómo es eso posible?
Porque Bowman le había enseñado a contar brazadas. Phelps sabía exactamente cuántas brazadas necesitaba para cada segmento. Sabía cuándo girar. Sabía cuándo empujar. No necesitaba ver la pared porque la tenía memorizada en el cuerpo.
Eso es adaptación real. No "superar el TDAH". Encontrar sistemas que funcionen con el cerebro que tienes, no contra él.
Y cuando el sistema falla, el cerebro entrenado para adaptarse sigue funcionando.
Eso me parece más interesante que los 23 oros.
La conexión que no es casualidad
Lo que me identificó con Phelps cuando leí su historia no fueron los oros. Fue el patrón.
El diagnóstico temprano. La sensación de no encajar en el sistema estándar. Encontrar ese sitio donde el cerebro por fin funcionaba como debía. Y entonces, en ese sitio, hacerlo a un nivel que los demás no esperaban.
No porque el TDAH sea un superpoder. Eso es una narrativa que me cansa porque simplifica demasiado.
Sino porque cuando encuentras el entorno correcto, cuando construyes los sistemas correctos, cuando tienes a alguien que entiende cómo funciona tu cerebro en lugar de pelearse con él, lo que antes era el problema se convierte en algo distinto.
No en ventaja automática. En material con el que trabajar.
Phelps tenía la piscina y a Bowman. Yo tenía el portátil y, más tarde, el diagnóstico que le puso nombre a todo.
Tú tienes lo tuyo. Puede que todavía no lo hayas encontrado. Puede que lo hayas encontrado y no lo hayas reconocido. O puede que lo tengas delante y alguien te haya dicho que no sirves para eso.
Que no te concentras.
Que no llegarás a nada.
Que ya veremos.
Si llevas tiempo con la sensación de que tu cabeza funciona diferente y nunca has puesto nombre a eso, tengo un test basado en escalas clínicas reales. 43 preguntas. Diez minutos. Más contexto del que probablemente hayas tenido hasta ahora.
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