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Cantantes que reinventaron su género: cerebros sin límites

Shakira, Rosalía, Bowie, Lady Gaga. Artistas que cambiaron de género musical como quien cambia de pestaña. ¿Estrategia o necesidad neurológica?

tdahfamosos

Hay artistas que perfeccionan un sonido durante décadas. Pulen cada detalle. Sacan disco tras disco dentro del mismo género y cada uno es mejor que el anterior. AC/DC lleva medio siglo haciendo el mismo disco y vendiendo millones.

Y luego hay artistas que no pueden. Que a mitad de carrera cambian de género como quien cambia de canal en la tele. Que abandonan lo que funciona para meterse en algo completamente nuevo. Que sus fans se dividen en bandos cada vez que sacan un álbum porque "esto ya no suena como antes".

La pregunta que nadie se hace es: ¿por qué?

Porque la respuesta fácil es "estrategia de marketing". Reinventarse vende. El cambio de imagen genera titulares. Los publicistas adoran las transformaciones.

Pero hay otra respuesta. Una que no sale en las revistas de música. Una que tiene más que ver con neurología que con marketing.

¿Qué pasa cuando el éxito deja de estimular?

Imagina que acabas de sacar el disco más vendido de tu carrera. Giras mundiales. Millones de copias. Premios. Tu sonido es una marca registrada que todo el mundo reconoce en tres notas.

Lo lógico sería repetir la fórmula. Más de lo mismo. El público lo pide. La discográfica lo exige. El dinero está ahí.

Pero tu cerebro dice que no.

Tu cerebro dice que eso ya está hecho. Que la dopamina de componer esas canciones ya se agotó. Que tocar esos temas en directo se siente como recitar un texto que te sabes de memoria. Que necesitas algo nuevo o te vas a ahogar en tu propia música.

Eso no es capricho. No es estrategia. Es un cerebro que funciona con novedad como combustible. Y cuando el combustible se acaba, da igual cuánto dinero haya encima de la mesa. El motor se para.

Los músicos con TDAH conocen bien esa sensación. La música como fuente de dopamina que en algún momento deja de funcionar si no cambia.

Shakira: cuatro géneros en tres décadas

La Shakira de 1996 hacía rock latino. Guitarras, letras poéticas, Alanis Morissette en español. "Pies Descalzos" la convirtió en estrella. Funcionaba. Vendía millones. La crítica la adoraba.

Cualquier asesor le habría dicho: quédate aquí.

No pudo.

Se fue al pop global. "Whenever, Wherever" fue el primer single en inglés. Cambio de idioma, de sonido, de público, de todo. De cantar en español para Latinoamérica a competir con Britney y Christina. Como intentar ganar una carrera de Fórmula 1 después de haber sido campeona de rally. Mismo talento, deporte completamente distinto.

Y cuando eso funcionaba, se metió en el reggaetón. Colaboraciones con Bizarrap, un sonido nuevo cada vez. La BZRP Session #53 sonaba tan distinta a "Pies Descalzos" que podrían ser dos artistas diferentes.

Cuatro reinvenciones en tres décadas. No porque ninguna funcionara, sino porque todas funcionaron y ninguna fue suficiente. Shakira es el ejemplo perfecto de un cerebro que necesita más estimulación de la que un solo género puede darle.

Rosalía: del flamenco puro a Motomami

Si lo de Shakira fue una evolución gradual, lo de Rosalía fue un salto al vacío sin red.

"Los Ángeles" era un disco de flamenco. Puro. Raíz. Voces flamencas, palmas, guitarras. El mundo del flamenco la recibió como la siguiente gran cosa. Los puristas asentían con la cabeza.

Y entonces sacó "El Mal Querer".

Flamenco mezclado con electrónica, con Auto-Tune, con sonidos que parecían sacados de un videojuego. Los puristas se tiraron de los pelos. "Esto no es flamenco." Puede que no. Pero vendió millones y ganó un Grammy.

¿Y después? Motomami. Un disco que no suena a nada que existiera antes. Reggaetón, bachata, experimental, dembow, spoken word. Todo en un batido que no debería funcionar y que funcionó a lo bestia.

La trayectoria de Rosalía no tiene sentido si la analizas como estrategia comercial. Abandonar el nicho que te adora para meterte en un género que te va a criticar no es un movimiento de marketing. Es un cerebro que literalmente no puede hacer lo mismo dos veces. Que cuando domina algo, necesita destruirlo y construir otra cosa encima.

David Bowie: el rey de las identidades descartables

Bowie es el caso clínico de la reinvención.

No cambiaba de género. Cambiaba de persona. Cada álbum era un personaje nuevo con su propia estética, su propia voz, su propia forma de moverse. Ziggy Stardust (glam rock alienígena). Aladdin Sane (glam más oscuro). El Thin White Duke (soul europeo frío). La trilogía de Berlín (electrónica experimental con Brian Eno). Y así durante cuatro décadas.

Bowie

Y entre medias: actuación, pintura, moda, negocios. Lanzó bonos financieros con su nombre (los Bowie Bonds). Creó un proveedor de internet (BowieNet) en los noventa, antes de que la mayoría de la gente supiera qué era internet. Necesitaba más estímulos de los que la música sola podía darle.

Eso, en una biografía de rock, se llama genialidad. En una consulta de neurología, se llamaría otra cosa.

Lady Gaga: del pop al jazz, del jazz al country, del country al cine

Lady Gaga apareció en escena con "The Fame". Pop puro. Electro. Vestidos de carne. Huevos gigantes. Era un espectáculo visual y sonoro que no dejaba respirar.

Funcionaba. Funcionaba tanto que se convirtió en una de las artistas más grandes del planeta en tres años.

Y lo dejó.

Se sentó con Tony Bennett y grabó un disco de jazz. Standards de los años cuarenta. Sin Auto-Tune, sin vestidos de carne, sin show. Solo una voz y un piano.

Después, "Joanne". Country rock. Una Gaga con sombrero, guitarra acústica y canciones sobre su tía muerta. Los fans del electropop no entendían nada.

Después, "A Star Is Born". Cine. Un papel dramático que le dio un Oscar.

Después, "Chromatica". Vuelta al electropop. Pero distinto. Más oscuro. Más personal.

Lady Gaga

¿Qué tienen en común estos cuatro cerebros?

Mira el patrón:

Dominan un género. Tienen éxito. Y en el momento exacto en que el éxito debería darles estabilidad, se van. No porque fracasen. Porque triunfar ya no les estimula. La fórmula que los hizo grandes se convierte en una cárcel.

Es la misma dinámica que el chaval que empieza un hobby nuevo cada tres meses. O que la persona que cambia de trabajo cuando lleva dos años y ya sabe hacer todo con los ojos cerrados. O que el emprendedor que monta un negocio, lo hace funcionar, y en lugar de disfrutarlo empieza a pensar en el siguiente.

La diferencia es la escala. Shakira lo hace con géneros musicales. Rosalía lo hace con identidades artísticas completas. Bowie lo hacía con personajes. Gaga lo hace con industrias enteras. Pero el motor es el mismo: un cerebro que necesita novedad o se apaga.

¿Reinventarse es un don o un problema?

Las dos cosas.

Es un don cuando tienes el talento, la estructura y el contexto para que cada reinvención funcione. Cuando tu equipo te sostiene mientras saltas al vacío. Cuando el público es lo suficientemente amplio como para seguirte en cada giro.

Es un problema cuando cada reinvención deja proyectos a medias. Cuando saltas al siguiente antes de que el anterior haya dado frutos. Cuando la gente a tu alrededor no entiende por qué no puedes simplemente quedarte con lo que funciona.

Estos cuatro artistas tuvieron lo primero. Pero el cerebro que les empuja a reinventarse es el mismo que empuja a miles de personas a sentirse incapaces de comprometerse con una sola cosa. La única diferencia es que a Bowie le pagaban millones por cambiar de persona y a ti te dicen que eres inconstante.

¿Y si no es capricho?

Quizá la necesidad de cambiar no sea falta de compromiso. Quizá sea un cerebro que procesa la estimulación de forma diferente. Que necesita novedad como otros necesitan rutina. Que cuando la dopamina de un proyecto se agota, no puede forzarse a seguir porque el motor neurológico simplemente no arranca sin combustible nuevo.

No todos los que cambian de dirección tienen TDAH. Pero todos los que tienen TDAH conocen esa sensación de que lo que ayer les apasionaba hoy les deja fríos. Y que no es por vagancia ni por capricho. Es por cómo está cableado el cerebro.

Shakira no ha hablado públicamente de TDAH. Rosalía tampoco. Bob Dylan tampoco lo ha dicho con esas palabras. Pero cuando coges sus biografías y las pones al lado de una lista de rasgos compatibles, las coincidencias se acumulan como las reinvenciones en sus discografías.

Si te identificas con esa necesidad de cambiar, de no poder quedarte en lo que funciona, de necesitar siempre algo nuevo para sentir que tu cerebro se enciende, puede que merezca la pena saber por qué.

Hacer el test de TDAH

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